Keiko Fujimori y su equipo asesor se equivocaron en toda la estrategia de campaña -especialmente en la segunda vuelta- al creer que el solo hecho de que Pedro Castillo representaba el socialismo era suficiente razón para que los peruanos votaran contra quien hoy anuncia una nueva constitución para el Perú.

Seguí con atención el debate presidencial realizado en Arequipa el 30 de mayo y quedé decepcionado de la poca capacidad de Keiko para innovar, proponer, impactar, para mover emociones y entusiasmo, y de su frialdad para convencer en un momento donde los resultados de las encuestas no le favorecían.

La obligación de Keiko Fujimori y la de su equipo asesor era la de haber jugado a fondo unas líneas argumentativas que le permitiera ganar el voto de los indecisos, movilizar el voto de quienes se mantenían en el ausentismo (que fueron en segunda vuelta cerca de 6.500.00 25.50%), y demostrar por fin que merecía la presidencia por sus méritos no por ser la hija de Keiko y la única opción.

Keiko prefirió mantener la misma narrativa antisocialista que se construyó, repitió y advirtió hasta el cansancio en toda la campaña, en los medios de comunicación y redes sociales; Keiko no fabricó mensajes con nuevas ideas, focalizados, diferenciales (simbolismos), para la alta montaña (la sierra) que no tiene acceso a internet, ni menos datos en los teléfonos móviles, y donde el analfabetismo ronda el 5,9%. Keiko no implemento una estrategia para comunicarse con el Perú real, sino que mantuvo un lenguaje técnico, académico, preciso, que solo lo entiende un sector social que vive y le interesa la suerte del área metropolitana de Lima.

Los peruanos de centroderecha que hoy lamentan el triunfo de Pedro Castillo cometieron otro error histórico y que les puede costar la vida democrática: no haber decantado las precandidaturas presidencial y acordar una consulta popular que permitiera filtrar los 20 candidatos presidenciales que llegaron a la primera vuelta donde se les coló, Pedro Castillo. En el Perú como en Colombia, quien crea tener activos electorales o capacidad para influir en algún sector de la sociedad se siente candidato presidencial sin entender que el mundo electoral es un mostro de siete cabezas difícil de manejar y entender.

En el Perú como en Colombia también los empresarios -quien genera un puesto de trabajo o miles- pretenden quedar bien con todos los gobiernos y todos los sectores ideológicos, porque tienen la idea que los gobiernos tienen que girar entorno a sus gremios o asociaciones como habitualmente ocurre, sin entender que un cambio de gobierno por uno como el de Pedro Castillo o Hugo Chávez es la sentencia de liquidación de sus patrimonios y la ruina para sus países. Con ellos también es el debate político.  

Los mejores aliados para deslegitimar a los políticos, partidos, e institucionalidad, además de los medios de comunicación y las redes sociales, son los empresarios. Ellos creen -como ocurrió en Venezuela- que, por el solo hecho de subirse a la tarima de los populistas, progresistas, socialistas, o del ganador, preservan sus intereses y beneficios que le otorgan con frecuencia los gobiernos democráticos y garantistas de las libertades económicas.

En Colombia, por ejemplo -durante todo el mes de mayo, el mes del caos la anarquía y el crimen- los empresarios prefirieron estar del lado del discurso aniquilador de la reforma tributaria que prendió la mecha de las protestas, antes que proponer  alternativas que hubieran permitido salvar la reforma que debió debatirse, modificarse y ajustarse en el Congreso de la República, como corresponde a los países democráticos; cuando el bumerán se les devolvió ahí sí se levantaron y propusieron alternativas y buscaron a los políticos e institucionalidad que aborrecen con frecuencia.   

@LaureanoTirado

Publicado: junio 15 de 2021