Hago parte de los millones de colombianos que le damos gracias a Dios por la elección de Iván Duque como  nuevo presidente de Colombia.
Con Duque renace la esperanza que Santos echó a perder con sus enormes desaciertos. Y nos libramos de haber caído en garras de un personaje demoníaco, como lo es Petro.
Vuelvo sobre lo que escribí hace algunas semanas: de Petro solo podíamos esperar pesadillas; con todo, no le pidamos maravillas a Duque, pues lo que se ha ganado es, simple y llanamente, la rifa del tigre.
Afortunadamente es un hombre joven lleno de energía y dotado de cualidades excepcionales, las que se requieren para gobernar un país que ahora sí, como diría Carlos Lleras Restrepo, está descuadernado.
La herencia que deja Juan Manuel Santos está erizada de conflictos y enredos de toda índole.
Afortunadamente, hay dos asuntos que, mal de su grado, quizás deje resueltos.
El primero, la corrupción política, pues la llevó a tales extremos que ya ha tocado fondo. En lo sucesivo, las relaciones con el Congreso tendrán que manejarse de otra manera, con transparencia y corrección. Después de lo que ha confesado Musa Besaile sobre la ruta de la mermelada, será imposible seguir comprando descaradamente a los congresistas del modo como lo ha hecho Santos.(Vid. La ruta de la mermelada y sus protagonistas).
Duque puede reclamar para sí, como dijera López Michelsen en su momento, un verdadero mandato claro al que necesariamente tendrán que plegarse los congresistas, sin perjuicio de su derecho de proponer, discutir e incluso disentir, en función de su deber de votar consultando la justicia y el bien común.
El segundo, las Farc. La situación con el que ahora es un partido político legal es muy diferente a la que tuvieron que enfrentar los gobiernos anteriores. Hay con ellas un acuerdo muy deficiente que tarde o temprano habrá que corregir, no obstante los alegatos que  se están aduciendo acerca de su intangibilidad. Pero ha quedado claro que sus dirigentes están desacreditados hasta el punto de que en las pasadas elecciones ningún candidato presidencial se atrevió a exhibir su apoyo. Y los exiguos resultados que arrojó su votación para el Congreso muestran que ya no están en capacidad de intimidar a la población con sus exigencias. Como vulgarmente se dice, en las relaciones con sus dirigentes habrá que tragarse buena cantidad de sapos, pero no todos los que desean.
No me atrevo a hacerle recomendaciones al Presidente electo. Mejor, las hago a la comunidad, en el sentido de ofrecerle el respaldo necesario para que según su leal saber y entender dirija la nave del Estado por el mejor rumbo posible, a sabiendas de los escollos y los malos vientos que ciertamente se atravesarán en su trasiego por mares dificultosos.
Dentro de esos escollos aparece una Corte Constitucional armada al gusto de Santos y con período que abarca el de Duque. Él verá cómo protegerse de sus asechanzas.
Es hora de reiterar lo que, palabra más palabra menos, dijo el presidente Kennedy al iniciar su mandato:”No pregunte qué puede hacer el gobierno por usted, sino qué puede hacer usted por el país”.
Sabedor de lo que le esperaba, el presidente Barco anunció, sin poder llevarlo a cabo, que no vacilaría en acudir al pueblo para sacar adelante sus proyectos. La Constitución, pese a sus defectos, ofrece ahora distintos escenarios para el ejercicio de la democracia participativa. Es verdad que dichos espacios están cercados, como dijera Gabriel Turbay en célebre oportunidad, por “una alambrada de garantías hostiles”. Pero ahí están y, en caso necesario, habrá que acudir a ellos.
Duque es hombre de fe. Pidámosle a Dios que lo ilumine y estimule en la muy ardua empresa que con su ayuda le hemos encomendado los colombianos.
Jesús Vallejo Mejía
Publicado: junio 21 de 2018