Durante las últimas semanas fue noticia en redes sociales y medios de información la sonada consulta “anticorrupción”. Y más allá de que si la votamos o no, o de todas las publicaciones que se veían por esos días en las redes, creo que el verdadero debate, o mejor, la verdadera consulta que debemos hacernos es la interna.

Es decir, muchos nos jactamos al manifestar que no apoyamos la corrupción, que estamos hastiados de observar cómo se roban nuestros recursos, que estamos cansados de tantas promesas incumplidas y de la ausencia de un gobierno -llámese municipal, departamental o nacional- amigo, que esté presente en cada rincón del territorio etc., etc. Pero muchos de los que expresan o expresamos tales comentarios, no somos capaces de analizar nuestro propio actuar diario. Y es por ello que, creo yo, las verdaderas preguntas que debería formularse cada ciudadano antes de criticar y señalar a los demás son las siguientes: ¿respetamos las filas o los turnos? ¿Si el cajero nos da un peso extra que no corresponde, lo devolvemos o nos lo quedamos? ¿Botamos basura en las calles? ¿Cumplimos con todos los deberes que un padre tiene para con sus hijos? ¿Acatamos las señales de tránsito? ¿Hemos sobornado alguna vez a alguien? ¿Hemos buscado algún tipo de favoritismo en determinado momento? ¿Hemos hecho trampa en algún examen? ¿Hemos adquirido algún producto ilegal o de forma ilegal? ¿Somos transparentes a la hora de pagar nuestros impuestos? ¿He mentido para beneficio propio? ¿He respetado el o los derechos de los demás? ¿He perturbado la tranquilidad de mi vecino? ¿Me he colado en el transporte público? ¿Guardé silencio cuando presencié un hecho en materia de corrupción, por mínimo que sea? 

Si hemos respondido aunque sea a uno solo de estos cuestionamientos afirmativamente, déjeme decirle que también es un corrupto. Quizá no en la escala de otras personalidades como los Ñoños, los Nule o los partícipes del escándalo de Odebrecht; pero al final, corruptos igual. No podemos caer en esas distinciones doble moralistas que impiden el avance de una sociedad. Si alguien roba 100 pesos, 1.000 pesos o un millón, es un ladrón, sin matiz alguno. Entonces a lo que debemos llegar es a un cambio cultural en nuestra sociedad, eliminar del consciente colectivo la ley del “avispado”, y en lugar de aplaudirla debemos denunciarla y condenarla, tanto judicial como socialmente. Quizá ese cambio de chip no sea tarea fácil, pero debemos empezar desde ya, en el hogar, en los colegios, para que al cabo de unos años la legalidad este impresa en cada ciudadano y poder así, finalmente, dar un vuelco necesario y urgente a este país. De lo contrario, seguiremos criticando la paja en el ojo ajeno sin fijarnos en la viga del ojo propio.

¡Vamos, que sí se puede!

 @AndresSaavedra_

Publicado: agosto 30 de 2018