Aseverar que Juan Manuel Santos es un mentiroso es redundante. Todo en él, sus palabras, sus poses, sus movimientos, son falaces. Es, sin duda ninguna, un estafador en todo el sentido de la palabra. 

Nada hará que Santos deje de ser una de las personas más repudiadas de Colombia. Desde que salió de la presidencia, el país ha conocido nuevas evidencias del asqueroso nivel de corrupción de su gobierno, frente a las cuales él no ha puesto la cara, ni ha dado las explicaciones que los ciudadanos exigen.

Ha quedado irrefutablemente comprobado que sus campañas presidenciales fueron financiadas con dinero de la corrupción de Odebrecht y de otras empresas relacionadas con el sector de la infraestructura. El gerente de las mismas y compinche suyo, el reo Roberto Prieto Uribe, evidentemente nutrió a la tesorería del santismo con plata sucia, delito por el que Santos, quien participó directamente en la operación, deberá responder penalmente. 

A pesar del repudio que despierta en Colombia, Santos tuvo el descaro de pedir que un periódico español le publicara una columna, la cual fue intitulada, “Dejar la paz en paz”.

Se trata de un artículo cargado de imprecisiones, mentiras y comentarios sibilinos y bellacos contra el presidente de la República, doctor Iván Duque. 

Según Santos, su pacto de impunidad con la banda terrorista de las Farc, “es el primer acuerdo exitoso que se negoció bajo el paraguas del Estatuto de Roma”. 

Una brutal mentira. En el año 2005, cuando ya estaba en plena vigencia la norma que le dio vida a la denomina corte penal internacional, en Finlandia -y bajo el acompañamiento del expresidente de ese país y Nobel de Paz, Martti Ahtisaari-, se suscribió un acuerdo de paz entre el gobierno de Indonesia y la banda separatista de la provincia de Aceh, cuyos integrantes cometieron todo tipo de delitos atroces. 

Lo que santos presenta como una proezasuya, claro que tiene antecedentes. La diferencia es que su negociación con los terroristas de las Farc, se constituyó en una amnistía de facto, en virtud de la cual, los cabecillas de esa estructura mafiosa fueron cobijados con un manto de insoportable impunidad. 

Una vez más, y de forma miserable, el canalla expresidente de Colombia insiste en dividir a los colombianos entre amigos y enemigos de la paz, al decir que “todo proceso de paz encuentra enemigos. Siempre habrá descontento de lado y lado, pues en el fondo, se trata de trazar una raya entre justicia y paz… Una guerra de más de cincuenta años, atravesada por la flecha venenosa del narcotráfico, genera todo tipo de intereses macabros que se benefician con la violencia y el desorden. Y, por supuesto, a los intereses políticos que se nutren del miedo y de la guerra tampoco les interesa la normalidad. Por eso hicieron todo lo posible para que fracasara la paz y muchos siguen tratando de sabotearla. Por fortuna no han podido… ni podrán”.

¿A cuál normalidad se refiere el presidente-testaferro de Odebrecht? ¿Para él es “normal” que los peores genocidas de la historia de Colombia -Timochenko, Catatumbo, Lozada, Sandino- posen como dirigentes políticos? ¿Lle parece “normal” que, a pesar de la impunidad otorgada, los capos Sántrich e Iván Márquez, apoyados por el descuartizador alias El Paisa, hayan continuado controlando el tráfico de estupefacientes?

Que Santos no siga mintiendo agresivamente: el de él y Timochenko está en las antípodas de lo que efectivamente es un proceso de paz. 

@IrreverentesCol

Publicado: agosto 14 de 2019