Las neuronas de la vergüenza

Las neuronas de la vergüenza

En un interesante experimento, investigadores de la Universidad de California determinaron el área cerebral donde se encuentran las neuronas de la vergüenza. ¡Las células que reaccionan cuando la embarramos! A un grupo de 79 pacientes le grabaron un video mientras cantaban una popular canción. Luego hicieron que se vieran sin la melodía de fondo. Sabemos que cantar sin música y verse genera vergüenza. Esta original prueba, permitió detectar con nombre las zonas cerebrales que se activaban: la parte anterior de la corteza del cíngulo. Simultáneamente se registraron cambios en los signos vitales como hipertensión, taquicardia y alteración de la respiración. Con estos datos de referencia hicieron la misma prueba en paciente con enfermedades neurológicas degenerativas y notaron que la activación tenía menor intensidad. A este grupo enfermo no le importaba.

El área donde están las neuronas de la vergüenza requiere de orientación para encontrarlo. Imaginen el cuerpo calloso, el puente que conecta y une los dos hemisferios cerebrales. Contiene millones de fibras comisurales para convertir dos individuos, hemisferio cerebral derecho e izquierdo, en una sola persona. En el techo de este puente maravilloso de integración esta la circunvolución del cíngulo y allí en donde se alojan las neuronas que nos avergüenzan. Le llegan dos autopistas de cuatro carriles: la primera del lóbulo temporal y del sistema límbico, semilla de las emociones. La segunda, vía directa y expresa es con el lóbulo frontal, donde está la racionalidad.

Algo claro en la vergüenza es el patrón de personalidad del individuo que ejecuta el hecho y determina como experimenta ese sentimiento. Las personas empáticas y generosas sienten más vergüenza que las egoístas, codiciosos y de corte narcisistas. Para unos la ilegitimidad de los actos no les preocupa – aparentemente- mientras que para los otros el juicio de la autoconciencia no los deja dormir tranquilos porque saben el dictamen: su proceder fue indelicado.

Pero el barrio cerebral donde queda la vergüenza tiene algunos vecinos y entre estos la culpabilidad. Vergüenza y culpabilidad con paredes débiles comparten el mismo transformador que da luz. Este vecindario lo podíamos denominar el cerebro moral del ser humano donde, la amígdala del lóbulo temporal es el poste de las emociones.

Sentir vergüenza ajena es una reacción emocional coordinada por las neuronas espejo mediadoras de la empatía. Nos trasladamos al interior del responsable de la ilegitimidad y nuestro cerebro emocional experimenta la vergüenza de la falsedad y del engaño. Como no la reconocen, nos quedamos con parte de ella. Por ejemplo, siento vergüenza ajena por el daño sucesivo y estereotipo que la corrupción le ha dado a la imagen de región. El Cartel de la Hemofilia, empresa calificada por la Fiscalía como criminal, privó a los departamentos de Córdoba y Sucre de duplicar la oferta de UCI. Se robó la gratuidad del pregrado de los 12 mil estudiantes de la Universidad de Córdoba de los estratos 1,2 y 3. Su escandaloso delito y el desvió de recursos de la salud nos avergüenza a todos los cordobeses. Y qué decir del desfalco cognitivo: robarles a nuestros muchachos la oportunidad de educarse.

La vergüenza y la culpabilidad son emociones negativas que se hacen conscientes después de reflexionar sobre nuestro comportamiento. Hay un fiscal interior, nuestros valores y principios íntimos, que no admite grises. Es implacable y las justificaciones quedan por fuera de plenaria. Son esos momentos en que no se puede defender con argumentos lo indefendible y la terapia de constricción es pedir genuinas excusas. Así, la inquieta paz que anhelamos todos los colombianos necesita estos nutrientes: reconocer la verdad, pedir perdón y reparar las víctimas. Esta es la ecuación de la reconciliación y lo que el remordimiento en particular solicita.

Las equivocaciones en los seres humanos bioquímicamente buenos se comprenden. Pero hay algunos que tienen una tétrica racionalidad que incluso llegan a controlar el eritema de la decencia, el sonrojo, y sus falsas verdades lo maquillan. No se les nota cuando mienten: derrotan el polígrafo. Estos individuos de mentes perversos son los tóxicos sociales que atentan contra las libertades individuales. Sus intenciones dañinas hay que denunciarlas y castigarlas.

Todos los días cometemos errores y en algunas ocasiones llegamos al ridículo. Normal, son los condimentos del cerebro social que nos llenan de experiencias. Pero que diferente estos hechos con la intencionalidad de ciertos actos que persiguen otros propósitos. Mentir para ganar o falsear para triunfar y sostenerse en el engaño es la pérdida del eritema púdico tan frecuente en ciertos personajes que han adiestrado el lóbulo frontal para la hipocresía. Dueños de cerebros predadores e insolentes que se disfrazan de grandes victimas para incendiar las organizaciones.

Las barreras del cerebro moral tienen una reja elaborada por la base biológica de la especie, la genética del individuo y la cultura del entorno. Esta frontera la conocemos como escrúpulos. Cuando me piden que los defina siempre hago esta analogía: el que miente y engaña, no se pone colorado o suda en ese instante… simplemente es un ser maquiavélico e inescrupuloso. Hace mucho apagaron el botón de la vergüenza y suprimieron el suiche de la empatía y generosidad.

@Rembertoburgose

Publicado: marzo 25 de 2021

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