¿Cómo se pudo realizar el vertiginoso proceso de disolución del imperio británico sin producir mayores pérdidas a sus sociedades respectivas?

La independencia de la India en manos de Gandhi ha sido considerada como un hito en la historia de la humanidad. Gandhi, como casi todos los líderes que marcan diferencia, terminó hacia 1925: Historia de mis experiencias con la verdad, que no es más que una autobiografía de sus hechos durante su agitada vida.

Gandhi, sostiene que: “No, recuerdo haber dicho una sola mentira durante ese periodo de mi vida, durante toda mi vida, ni a los profesores, ni a los condiscípulos, ni a mi pueblo. Siempre he vivido con mi verdad” (Ver, Laureano Gómez, el Cuadrilátero).

Lo anterior, para plantear que recientemente se celebraron 5 años del acuerdo de paz entre las FARC de Timochenko, con el gobierno corrupto y amoral de Juan Manuel Santos.

Si hay un acuerdo de paz en Colombia que surgió de la mentira fue, precisamente, ese: El del teatro Colón con un esfero en forma de bala que diseñó la inefable Gina Parody.

De ese acuerdo, nació el engendro de la justicia especial para la paz (en minúscula por que no merecen mayúsculas) – J.E.P-  hoy, dirigida por el  magistrado Cifuentes, quien sostuvo durante la reciente visita de la CPI a Colombia, nos encanta participar en cuanto organismo se presente, que no entiende la personalidad del presidente de la República, a propósito de sus arrogantes y displicentes declaraciones sobre la intangibilidad de la JEP.

Poco agradecido el magistrado Cifuentes, con la generosidad del pueblo colombiano quien le regala a su haber un presupuesto anual superior de $230.000 millones.

Habrá que recordarle al magistrado Cifuentes, que la J.E.P nace de una mentira, no de una verdad. Lejos, por lo demás, se encuentra la comisión de la verdad, la J.E.P y demás instituciones nacidas del acuerdo de Colón, de los principios morales de Gandhi.

La mentira ha sido una constante en todos los procesos de paz en Colombia. La mentira es una característica colombiana inigualable, sin la cual este país no tendría su razón de ser.

Desde su independencia, Colombia es un país que ha vivido con base en su mentira.

Pareciera que es la marca registrada de los colombianos, as.

Sobre todo, la de creerse sus propias mentiras.

Ya, para el 16 de marzo de 1781, dicen que interpretando el sentimiento de sus agobiados y airados paisanos, la santandereana Manuela Beltrán volvió añicos el decreto a través del cual España el disuelto impuesto de Barlovento buscaba urgentemente refinanciar su déficit provocado por la guerra contra Inglaterra.

Sin proponérselo y con una sarta de mentiras, doña Manuela fue la chispa que encendió el conocido movimiento de los Comuneros, quienes multitudinariamente, tampoco es tan cierto, querían invadir a Santa Fe para que en unión de los habitantes de la capital les aprobaran unas Capitulaciones en las cuales se exigía la abolición impositiva.

¿Si, el impuesto ya había sido disuelto por la Corona, cuál fue la verdadera necesidad de doña Manuela de fomentar semejante mentira?

Más adelante, vino el tratado de Santa Rosa.

En desarrollo de la primera guerra civil entre centralistas y federalistas, luego de los sucesos de 1810, el presidente de la provincia Tunja: Juan Nepomuceno Niño, decidió enfilar las baterías en contra de don Antonio Nariño, presidente centralista de la provincia de Cundinamarca, con una fila de mentiras que se fueron regando de boca en boca como el encendido de un fósforo.

El enfrentamiento entre los dos bandos fue in crescendo para llegar a un acuerdo de paz firmado en Tunja el 30 de julio de 1812.

Todo hacía presagiar que la paz había llegado pero sucedió todo lo contrario. Porque dicho acuerdo se suscribió con base en la mentira, no con la verdad. Más adelante, Santander, el mito de Santander, se convertiría en el enemigo acérrimo de Nariño y de Sucre haciéndolo blanco de mentirosas acusaciones que ni siquiera respetaron su enfermedad en sus días finales (Ver Correa, Larga marcha buscando un acuerdo definitivo de paz, 2016).

Ni hablar, del pacificador Murillo.

Ni hablar, del tratado de paz que firmó Belisario Betancurt con el M19, autores del secuestro impune de AGH, quien creyó ingenuamente que entregando taxis dejarían su violento y radical accionar.

Petro, por lo demás, fiel reflejo de quien se cree sus propias mentiras.

Bien, lo sostuvo Goebbels: Lo mejor de las mentiras es que de tanto creerlas y decirlas se convierten en verdad.

Mientras tanto, vamos para 26 años de impunidad en el caso de Álvaro Gómez Hurtado, lleno de mentiras, falto de verdad.

Rafael Gómez Martínez

Publicado: noviembre 2 de 2021