Para nadie es un secreto que el procurador Carrillo está en campaña presidencial. Desde siempre, ha soñado con la primera magistratura de la nación. Es, como casi todos los políticos, ambicioso y megalómano.

La coherencia no ha sido lo suyo. Ha brincado, como Roy Barreras, por buena parte de las corrientes ideológicas, buscando su ascenso político. 

Pero su momentum fue durante el gobierno de Santos. Ahí, se finiquitó su reencauche después de algunos años de ostracismo como consecuencia de la quemada que tuvo con ocasión de la fuga de Pablo Escobar, en 1992. 

No yerra el presidente Pastrana, cuando se refiere a Carrillo como el ‘camarero’ de Escobar, pues fue él quien, como ministro de Justicia de Gaviria, diseñó y puso en marcha la tristemente célebre cárcel La Catedral, desde donde el jefe del ‘Cartel de Medellín’ puso de rodillas al Estado colombiano. 

Carrillo no ha sido ajeno a los escándalos. Uno de ellos, sin duda el más delicado, tuvo relación con un asesinato ocurrido en mayo de 1992, cuando un grupo de mercenarios al servicio del empresario Eitan Koren mató a un humilde vigilante de un edificio en el norte de Bogotá.

Koren, para efectos de tapar el crimen, buscó la ayuda de quien fuera el ministro de Justicia de la época e íntimo amigo suyo -y de su amante de entonces, Isaac Lee-, Fernando Carrillo Florez quien movió todos los hilos para garantizar la impunidad. 

Han pasado más de 28 años de la muerte del desvalido vigilante, y los responsables nunca respondieron por el crimen, fina atención del hoy Procurador General de la Nación. 

En un par de meses, culminará su periodo al frente del Ministerio Público y queda claro que no piensa salir discretamente, sino apuntalándose como posible candidato presidencial.

Pero también está aprovechando sus últimas semanas para, como si fuera un mafioso, ajustar cuentas con aquellos a los que él ha graduado de enemigos.

Uno de ellos, el fiscal general de la Nación. 

Múltiples fuentes confirman que la fallida campaña de desprestigio que se ha pretendido poner en marcha en contra de Francisco Barbosa tiene como autor intelectual a Fernando Carrillo, quien se pasea por las redacciones de algunos medios tradicionales de comunicación llevando chismes y proponiendo la existencia de crisis que solo existen en su imaginación, y que oportunamente han sido desmentidas, como efectivamente ocurrió en el caso de la embajada de los Estados Unidos, legación diplomática que negó de manera tajante la existencia de un enfriamiento en la cooperación judicial con la fiscalía de Barbosa.

De hecho, no hay antecedentes de expresiones públicas de la Embajada americana respaldando la gestión de un funcionario, como ocurrió el sábado pasado, cuando esa misión emitió un comunicado en el que se exalta la fluida relación que existe con el actual fiscal general de Colombia. 

Otro de los viciosos objetivos de Carrillo consiste en hacerle daño al presidente de la República, a quien ha fustigado por sus intervenciones en televisión durante la crisis desatada por el COVID-19.

No deja de ser preocupante que el procurador general, que entre sus funciones está la de evitar que los servidores públicos participen en política, se haya imbuido en esa práctica dañina y vil que tanto daño le hace a la democracia.

En vez de estar haciendo politiquería, Carrillo debería ponerle la cara al país y contar -aprovechando que el caso está prescrito- porqué demonios ayudó a encubrir un asesinato en la década de los 90 del siglo pasado. Por lo menos, que empiece por ahí porque se da por descontado que de su participación en el caso Odebrecht, no dirá una sola palabra.

@IrreverentesCol

Publicado: octubre 27 de 2020