Lo que sucedió con Timochenko, refleja la realidad del resultado de los acuerdos suscritos entre el Gobierno Nacional y las Farc para darle fin a la confrontación armada de más de 50 años entre el Estado colombiano y la guerrilla más antigua del mundo. “Con insultos, gritos y arengas los armenios recibieron al candidato de las Fuerzas Alternativas Revolucionarias del Común, Farc, Timochenco en la capital del Quindío. Timo recorrió la carrera 14 de Armenia y no hubo ciudadano que no lo insultara, varias personas se enfrentaron verbalmente con seguidores de la campaña, incluso hasta rasgaron varias banderas. Sin embargo, el momento más tenso se vivió a las afueras de una emisora local, hasta donde llegó la multitud con piedras, palos y hasta huevos; varios vehículos terminaron pinchados, y con gases lacrimógenos, el Esmad de la Policía tuvo que dispersar a los ciudadanos enardecidos.” Es la transcripción cruda, de la narración hecha por Caracol Radio sobre la situación vivida.

La absurda convocatoria a un plebiscito que no pretendía refrendar los acuerdos, puesto que no era ese el mecanismo constitucional idóneo de refrendación; los falsos argumentos expuestos por quienes promovieron el voto por el SÍ, como aquel que si ganaba el NO, nos iríamos a la guerra y se desbarataría todo lo acordado, involucraron a la sociedad colombiana en una polarización cuyas consecuencias aún no se conocen. El pueblo colombiano terminó asimilando como verdad, que lo engañaron, y que el único beneficiado con tales acuerdos fueron las Farc; a tal punto que muchos ciudadanos, la mayoría, consideran que el Presidente Juan Manuel Santos “se bajó los pantalones” ante los “bandidos” de las Farc. Al Presidente Santos, le falto estrategia, no fue capaz de socializar nada de lo que estaba sucediendo y la arrogancia del frasco de mermelada, junto a la desfachatez de sus consumidores que desde el poder legislativo actuaban como áulicos, nos dejaron de herencia un nuevo régimen constitucional y legal de participación política que la ciudadanía se niega a aceptar. Es decir, que el poder público en Colombia está en altísimo riesgo de dejar de ser soberano.

Colombia es un Estado fallido y si su poder público deja de ser soberano, la anarquía y el caos sobrevendrán. La crisis de la administración de justicia, los escándalos de corrupción del poder legislativo y las dudas sobre el origen los dineros de la campaña presidencial ponen al país en incertidumbre. Constitucional y legalmente hablando, Timochenco está habilitado para participar en política y en las elecciones, pero la sociedad no lo acepta. Hay desobediencia civil al ordenamiento jurídico y por más que el Estado le haya concedido la amnistía y el indulto, la ciudadanía, el pueblo donde reside la soberanía, no le ha otorgado el perdón. Las Farc van a reclamar su derecho a la participación y el derecho a la implementación de los acuerdos; al fin y al cabo lo hicieron ante un Estado legitimado. Un Estado fallido con un régimen constitucional desobedecido, su territorio puede convertirse en una Nación en crisis de unidad.

El Presidente Santos pareciera acostarse rogando que amanezca en 7 de agosto. Sin embargo la realidad lo acosa. Unas elecciones legislativas extrañas, con unas clientelas ansiosas por recaudar algo de la mermelada y una oposición sin un proyecto político que atraiga masivamente para

legitimar la transformación, y una ciudadanía en desobediencia, le atormentan el Premio Nobel de Paz que pareciera arrebatárselo la otra guerrilla, la del ELN cuyo proceso se está quedando en veremos pues sus integrantes miran por el retrovisor lo que le está sucediendo a Timo y a las Farc y apelan a las disidencias y demás actores armados. Con la grave perturbación del orden público que atenta contra la estabilidad institucional, la seguridad de Estado y la convivencia pacífica, están servidos en la mesa del presidente y sus ministros, todos los ingredientes del Estado de conmoción interior para reunificar la Nación y salvar la República.

@AlirioMoreno

Publicado: febrero 6 de 2018