El nobel Juan Manuel Santos, despreciado durante su mandato por sus compatriotas como lo demostraban las encuestas, terminó su oprobioso gobierno asegurando que él no se metería en el de su sucesor. No obstante, ha habido constantes muestras de su pretensión de incidir en temas de alta política, sobre todo en lo atinente a ese oscuro legado de una paz de mentiritas por la que se han puesto en duda sus méritos para recibir tan destacada distinción, el Premio Nobel de Paz.

Tanta es su impertinencia, que le ha pedido a Timochenko que le envíe una carta en la que le proponga, como cosa suya, plantearle al presidente Duque la necesidad de hacer una reunión —con sabor a negociación— para salvar el proceso de paz; cónclave en el que Santos pondría su mejor póker face para fingir que su interés por la paz es genuino y que su único afán ahora es el de detener los asesinatos de exguerrilleros y líderes sociales.

Sin embargo, la excusa para proponer semejante reunión es inaceptable. En el último año y medio de la administración Santos abundaron estos crímenes sin que nadie se quejara. Solo vinieron a hacerlos visibles en el gobierno de Duque, como también ocurrió con los supuestos «líderes sociales», denominación que antes no se usaba. Hoy, según Naciones Unidas, existen 23 tipologías de «líderes sociales» en las que caben más de 8 millones de colombianos, algo verdaderamente absurdo.

Y a diferencia de lo que dicen personajes como José Miguel Vivanco, aquí no hay un exterminio sistemático de «líderes» y exguerrilleros por parte del Estado, ni tampoco lo hubo en los tiempos de la Unión Patriótica, con lo que un periodista quiere enlodar la memoria de Virgilio Barco. A la UP no la exterminó el Estado sino, principalmente, el capo Gonzalo Rodríguez Gacha, aunque se sabe que las mismas Farc halaron el gatillo en contra de muchos de los suyos.

Hoy no es muy diferente. Las disidencias de las Farc, la retaguardia que dejaron activa tras la negociación en aras de mantener la combinación de todas las formas de lucha, son las que más han asesinado a exguerrilleros y «líderes sociales». A esto se suman otros grupos armados enfrentados por la coca, actividad que no han dejado combatir la gente de Santos, los de las Farc y las comunidades que viven de ese ilícito. El mapa de los muertos, los cultivos y las rutas, coincide a la perfección.

Según Indepaz, del 24 de noviembre de 2016, día de la firma del acuerdo, hasta el 7 de agosto de 2018, cuando terminó la administración Santos, fueron asesinados 399 «líderes sociales». Y desde que asumió Iván Duque hasta el 31 de enero pasado, han sido asesinados 735. Es decir, de los 1.134 supuestos líderes asesinados, el 65% corresponde a la administración Duque y el 35% a la de Santos; pero de esos 1.528 días, el 60% corresponde al gobierno de Duque y el 40% al de Santos. A Santos le mataron 0,6 líderes por día y a Duque 0,8. Entonces, que no venga Santos a hacerse el tonto: ¿qué hizo para solucionar el problema en vez de heredárselo a su sucesor?

El traidor Juan Manuel no puede lavarse las manos solo con mostrarse magnánimo al ventilarse que las Farc iban a matarlo. Esa aseveración solo tiene fines propagandísticos con el objeto de atraer titulares de prensa y ambientar una reunión inverosímil, orquestada por unas cartas espurias a las que se les ven los tornillos, igual que a ese montaje cubano dizque para alertar por un gigantesco atentado del ELN en Bogotá. Un mensaje desesperado para que Colombia no siga pensando que estamos en la mira de Cuba y hacernos creer que los líderes elenos no saben nada de las actividades criminales de su gente. Y a ver si el bobo de Biden los excluye de la lista de países que apoyan el terrorismo.

A todas estas, se pregunta uno si Santos no está dando un salto hacia adelante cuando cada vez está más claro que su campaña fue ilegalmente financiada con dineros de Odebrecht. No son cartas cualesquiera, son cartas de tahúr profesional.

EN EL TINTERO: Legalizando a los venezolanos, Duque les da una bofetada a las hordas de izquierda. Pero decir que la economía va a crecer porque los migrantes también consumen, se parece mucho al ilusorio «dividendo de la paz». Promesas ambas realmente contraevidentes.

Nunca un avión había traído tanta esperanza ni tan valioso cargamento. Ni el del Papa, ni el de Potus, ni el de algún artista o deportista. Llegó la esperada vacuna. ¿Qué no habrían dado por recibirla los 60.000 colombianos que ya no tendrán esa oportunidad?

@SaulHernandezB

Publicado: febrero 16 de 2021