El Congreso Nacional, integrado por el Senado de la República y la Cámara de Representantes, es el órgano de representación popular que compone una de las tres ramas del poder público: la legislativa. En un régimen como el nuestro, de excesivo poder presidencialista, acontece un círculo vicioso perverso para la democracia y el justo equilibrio de poderes: para mantener mayorías y gobernabilidad, el ejecutivo coopta al legislativo y la generalidad de los integrantes del poder legislativo, viven, pasan a vivir a expensas del poder ejecutivo. No interpretan lenguaje distinto que el contractual, los cupos, los fondos de inversión y la burocracia. Varios de ellos hacen su balance al final de su gestión, no sobre cuantos actos legislativos y leyes impulsaron y sacaron adelante, sino sobre cuánto dinero quedo en sus arcas privadas por concepto de comisiones y coimas regularizadas. Es una vergüenza aquí y en otras latitudes, pero sucede que en Colombia es una práctica real y lamentablemente aceptada.

La función legislativa está hoy, en manos y bajo la voluntad del poder ejecutivo y fundida en lo que vulgarmente se llama la “mermelada” que no es otra cosa, que el alimento de la corrupción colombiana, la misma que esta semana se destacaba por la celebración del día de su lucha. Ese frasco de mermelada, que alimenta a la zoopolítica colombiana, manjar al que privilegiadamente tienen acceso delfines, dinosaurios, toda especie de lagartos y batracios, también vacas sagradas y mansas palomas, fieras, bestias y últimamente hasta conejos, que se rehúsan a cambiar o irse del Congreso Nacional. Todos unidos comen y mantienen el círculo para que ningún otro animal ingrese, apareciendo en escena hasta micos, como mecanismo de autocontrol para que lo que no alcancen a consumir, hay que dañarlo o podrirlo. Abundan los que tienen comportamiento de perro, de lobo y de abeja. Y ya cada quien imaginará que más especies existen en esa sofisticada zoopolítica legislativa colombiana, en la hay también aquellos que viven como aves de carroña, alimentándose de los muertos de esta guerra, reclamando como víctimas, la obligación popular de elegirlos.

En ese escenario animal en el que para colmo hay sanguijuelas y zánganos, transcurre nuestra dinámica legislativa en la que con ausencia de debates se imponen leyes como la reforma tributaria que va rumbo a tapar el hueco fiscal causado por el enriquecimiento desmedido de una clase política que ha adoptado un comportamiento inadecuado, de espaldas a su pueblo, porque en su mayoría siguen pensando que los votos se compran y mantienen la filosofía que la política ya no es con ideas y que las elecciones se hacen con plata.

Sin embargo no todo es oscuro. Los ciudadanos comienzan a entender que en Colombia también podemos y que se cuenta con un arma fundamental para la lucha democrática: el voto, como manifestación de poder popular y ejercicio de la ciudadanía política. Los colombianos llevamos muchos años ejerciendo las ciudadanías social y civil; y comienzan a entender el valor de la ciudadanía política la cual resulta esencial para el disfrute pleno de las dos primeras. En esto último estarán de acuerdo todas las tendencias ideológicas que defiendan la democracia. Al final del caos aparecerá la luz.

@AlirioMoreno