Andrés Pastrana es, de lejos, uno de los expresidentes más impopulares de Colombia. A pesar de haber salido del gobierno hace 18 años, el país no olvida ni perdona su desgobierno y la manera torpe como manejó los asuntos nacionales, empezando por la entrega de más de 40 mil hectáreas de territorio para que las Farc ejercieran soberanía plena. 

Su reencauche surgió de la mano del uribismo, corriente política que le tendió la mano generosa y lo invitó a que se sumara al bloque opositor al régimen corrupto de Juan Manuel Santos.

No fueron pocos los que encontraron una profunda contradicción en Pastrana que en 1998 le regaló una inconmensurable zona de distención a las Farc con el propósito de lisonjear a la guerrilla con la que pretendió firmar un acuerdo de paz, pero que en 2010 se opuso con pies y manos a los diálogos de Santos en La Habana. 

Pareciera que el expresidente estaba movido por la rabia de que fuera Santos y no él quien perfeccionara un pacto de impunidad con la guerrilla narcoterrorista, pues el único dirigente político coherente y consistente en su oposición a que los guerrilleros sean premiados ha sido el presidente Uribe, quien en su momento fue un fuerte crítico del ‘Caguán’ y de la impunidad de Santos en La Habana.

Pastrana, colgado de la popularidad de Uribe y de la fortaleza política del Centro Democrático, terminó en la coalición que llevó a Iván Duque a la presidencia. Con afecto y generosidad, el uribismo incluyó a Marta Lucía Ramírez -ficha suya- en el tiquete electoral y, una vez fue confirmada la victoria en 2018, importantes figuras del pastranismo fueron designadas en el alto gobierno, como la ministra de Transporte, o el director de la agencia de defensa jurídica del Estado, por no hablar de las cuotas diplomáticas que le fueron asignadas. 

Desde hace algunos meses, Pastrana se ha convertido en un verdadero incordio para el gobierno. Su furia empezó a enervarse cuando su valido Camilo Gómez no fue elegido como fiscal general de la nación, como si la Casa de Nariño tuviera la culpa de que ese nombre fuera rechazado de plano por la corte suprema de justicia. 

Igualmente, Pastrana se ha dedicado a cuestionar al ministro de Defensa, Carlos Holmes Trujillo. De la noche a la mañana, y sin que media una razón de fondo, quien supuestamente es socio político del gobierno nacional se consolidó como un feroz crítico del jefe de la cartera de Defensa Nacional. 

No deja de ser sorprendente la actitud de Pastrana. Antes de que el uribismo lo rescatara, él estaba -como se dice popularmente- chamuscado políticamente. Su resurrección política es consecuencia de la amplitud de los presidentes Uribe y Duque. 

Su comportamiento totalmente autodestructivo sirve para confirmar que el exmandatario de origen conservador es un hombre soberbio y mezquino, al que poco le importa el país y quien, en vez de lanzar cargas de profundidad contra el gobierno que lo ha tratado con deferencia, debería estar preparando las pruebas para defenderse de las acusaciones que se le hacen respecto de su estrecha relación con el pedófilo Jeffrey Epstein. 

@IrreverentesCol

Publicado: diciembre 1 de 2020