Muchas encuestas, que exhiben una tremenda impopularidad del presidente Santos, al mismo tiempo indican que la mayoría ciudadana se muestra inclinada a votar por el candidato presidencial del Centro Democrático.

Aquella favorabilidad por el partido del presidente Uribe es el reflejo de la confianza que las ideas uribistas despiertan en un amplio sector del electorado. A la gente le tiene sin cuidado, por ahora, quién vaya a ser el candidato. Lo que importa es que haya uno, para efectos de promoverlo y llevarlo a la presidencia en las elecciones que tendrán lugar el año entrante.

En el Centro Democrático, por ahora hay 5 precandidatos: Carlos Holmes Trujillo, Iván Duque, Paloma Valencia, María del Rosario Guerra y Rafael Nieto Loaiza. A todos se les podría calificar de “uribistas triple A”, pero tienen un problema tremendo: un bajísimo nivel de reconocimiento, el cual se materializa en una casi inexistente intención de voto.

Se da por descontado que Óscar Iván Zuluaga retomará su precandidatura en las próximas semanas, cuando el consejo electoral decrete la caducidad de la investigación contra su campaña de 2014. Zuluaga dirá, con algo de razón, que el hecho de no haber sido investigado y menos sancionado por el tribunal electoral colombiano, lo habilita plenamente para aspirar a la presidencia en 2018, al margen de la imborrable mácula de orden ético que lo acompaña por el confirmado pago por parte de Odebrecht de una millonaria suma de dinero al publicista de su campaña, el brasilero Duda Mendonça. (Al respecto, no deje de leer “Odebrecht compró las elecciones de 2018”).

Los precandidatos del Centro Democrático, que parecen no ser conscientes de su infinito nivel desconocimiento, están dejando pasar una irrepetible oportunidad para que uno de ellos gane las elecciones de 2018. Hace mucho tiempo debieron decidir cuál será el mecanismo para seleccionar al candidato único. Y en ese aspecto, no se han puesto de acuerdo. Todos acuden al lugar común de que debe emplearse un procedimiento “democrático”, sin especificar cuál de ellos. Algunos propugnan por que se emplee una consulta popular abierta, otros porque se haga una suerte de elecciones primarias en distintos departamentos del país, emulando al sistema norteamericano. Otros creen que un sistema de encuestas a nivel regional, sería la solución.

Ningún mecanismo es perfecto y sobre todos puede haber serios y sustentados cuestionamientos. La consulta popular abierta, por ejemplo, tiene el riesgo de que en esta participen electores de otros partidos, con el mandato de votar a favor del candidato uribista menos viable.

Existe un antecedente que en el Centro Democrático no pueden desatender: la consulta conservadora de 2010, en la que hubo un millón de votos más de los que obtuvo la candidata de esa colectividad, un mes después en la primera vuelta. Aquello demuestra que en el proceso de escogencia del candidato conservador, fuerzas políticas externas se inmiscuyeron con el propósito de facilitar la victoria de Noemí Sanín quien era fácilmente derrotable por Santos en la primera vuelta.

La realización de elecciones primarias, además de ser inédita, tiene dificultades prácticas, pues las autoridades electorales colombianas no tienen dispuesta la infraestructura para ese tipo de votaciones. A ello habría que sumarle los costos, pues los precandidatos tendrían que sufragar 4 o 5 elecciones, en vez de una sola.

En el panorama uribista, sigue rondando el fantasma de la convención, mecanismo anacrónico y poco transparente que se presta para toda suerte de trampas y amaños. En 2013, el naciente Centro Democrático decidió equivocadamente seleccionar a su candidato en una convención que estuvo signada por la ilegitimidad. El costo que se tuvo que sumir fue muy grande, pues se generaron fracturas que hoy, pasados 4 años, aún subsisten.

Las convenciones son emulaciones en las que hay vencedores y vencidos y en política no es muy común que los derrotados se resignen, máxime cuando la victoria del rival se obtuvo con trampas. Designar al candidato uribista en una convención, es garantía de que el partido se dividirá y la consecuencia puede ser catastrófica en la primera vuelta presidencial.

Lo que muchos esperan es que el presidente Uribe, consciente del callejón sin salida en el que se encuentra su partido, decida de manera libérrima el nombre de quién debe ser el candidato, cosa que no sucederá. Él se ha mantenido y se mantendrá sobre la misma línea de acción: que los precandidatos resuelvan entre ellos el procedimiento y quien resulte ganador, será receptor del apoyo de todo el partido.

Así que en manos de los precandidatos está el encontrar una solución rápida, inteligente y, sobre todo, eficaz en términos políticos. De seguir filosofando entorno al procedimiento, sin tomar acción, se arriesgan a que se esfume la posibilidad de que el Centro Democrático tenga la presidencia de la República el año entrante.

@IrreverentesCol

Publicado: junio 20 de 2017