La reconciliación se ha convertido en una retórica sin dueño y sin doliente hasta ahora. Es parte de esas palabras mágicas con las cuáles nació el personaje de la paz santista, que embrujó en sus comienzos, desde el teatro de La Habana, a tantos ciudadanos que de buena fe han creído en los paraísos de la terminación del conflicto y del posacuerdo.

Cuando se desmovilizaron las autodefensas agrupadas en las AUC,  se dieron actos de encuentro entre víctimas y los victimarios de los llamados paramilitares. En esos momentos ocurría un hecho importante: las víctimas salieron de sus estados de miedo y temor, expresaron públicamente sus aspiraciones a la verdad y la justicia. De parte de las autodefensas, a quienes se aplicaba la primera vez una ley con elementos de “justicia transicional”, la ley 975  de 2005, buscaron contacto con las nuevas organizaciones de las víctimas y en varias ocasiones se realizaron actos de perdón y reconocimiento mutuo, actos que se dieron en las cárceles de Itaguí y en Bellavista. Pero simultáneamente aparecieron asesores y voces de los “humanitarios” nacionales e internacionales señalando que no se aceptara por las víctimas la reconciliación, porque primaba la reparación, es decir, la indemnización económica. Y hasta ahí llegó la reconciliación.

Sin embargo quedaba demostrado que la reconciliación es, ante todo, un hecho emocional, político y de hondura genética basada, en lo posible, por el perdón entre las víctimas y sus ofensores o agresores. El perdón, además, no se puede ordenar por decreto. El perdón hay que merecerlo. El causante de un crimen que afecta a una familia, a una comunidad y sobre todo a la persona que muere, al secuestrado, al afectado en su integridad personal, debe pedir, solicitar el perdón. Y los parientes de la víctima mortal estarán en su libertad y criterio de dar o negar el perdón.

Conceder el perdón con este condicionamiento es acto de sanación, de liberación de una carga negativa y diabólica que es la venganza. El perdón también puede ser concedido autónomamente por la víctima en razón de sus creencias religiosas y es igualmente válida. Perdón y reconciliación son actitudes humanas distintas, pero ligadas inexorablemente. Las iglesias y en especial la católica, deberían ser las abanderadas de estos dos pilares de la concordia. Pero la Iglesia católica está más al lado de procesos de paz, la mayor parte fracasados por la dogmática guerrillera, cuando su papel morigerador  en las personas y comunidades ofendidas es fundamental. Pero la jerarquía carga más en favor de los propósitos oficiales por razones de Estado.

Hay quienes sostienen la tesis monista de que la reconciliación es para todos los colombianos porque todos somos culpables, de una u otra manera, culpables de la violencia, el terrorismo, la destrucción y la mortandad en el conflicto. Una especie de pecado original que lleva cada colombiano en su conciencia. Y proclaman como una obligación misionera un acto nacional de reconciliación. Nada más peligroso que esta universalización  de la culpa por la cual quedamos todos  igual a los bandidos, a los violentos. Vestirnos a todos los colombianos con el hábito de culpables de este horror que aún padecemos es una manera auto sugestiva para crearle al régimen y a las Farc un vacío donde reemplazan la crítica y la autonomía personal por la sumisión y la aceptación de la culpa. Y  así dizque partimos de cero para recrear el tejido social y la paz.

Semejante pecado de ser colombianos encubre a los verdaderos causantes de los crímenes de guerra y delitos de lesa humanidad.  Esa postura les abre las puertas del cielo. Llevamos, según esa tesis, un pecado, una falta, una mancha que debemos lavar con un acto de reconciliación general convocado por algún Mesías, por un predicador especializado en repetidos mea culpa, aunque sea necesario importarlo.

Acompañar y solidarse con las víctimas, procurar su reivindicación legal y social es tarea de los ciudadanos de bien. Pero las víctimas, reales o presuntas, no pueden marcar el rumbo del país, convirtiéndonos a todos en victimarios virtuales, cuando ciertas almas pías y jesuíticas nos piden, a quienes no hemos ofendido al prójimo, que nos reconciliemos entre nosotros. Esa propuesta de pecadores  que nace de predicamentos fundamentalistas oscurece y soslaya la imputación a los verdaderos causantes del desastre.

Por otra parte la no repetición tendrá origen en el arrepentimiento cierto del victimario y en la aplicación de la justicia que lo domine y eduque para ello. ¿Cómo atreverse a hablar de reconciliación cuando los mayores causantes de dolor se niegan a reconocer sus crímenes y tienen la osadía de que ellos son víctimas también?  Si preparan una campaña de reconciliación tiene que estar anclada  en la justicia, en la verdad confesada por los autores de los crímenes. Solo así nace la confianza para el perdón y la concordia. Nos falta aún buena parte de la obra teatral en varios actos escrita por los más conspicuos intelectuales de este octenio, Juan Manuel Santos y Rodrigo Londoño Timochenko, marca registrada. Ahora estamos en el acto llamado plebiscito. Pero volverán por lo que dejaron sembrado de mala fe.