El episodio de la nueva captura del capo del narcotráfico, alias Jesús Sántrich, es la muestra perfecta de un Estado de derecho que no se rinde ante el crimen, a pesar de los alevosos atentados que le propinan desde instituciones que fingen ser legítimas. 

La decisión adoptada por la JEP, de concederle al narcotraficante Sántrich la denominada “garantía de no extradición” fue arbitraria y evidentemente atentatoria contra nuestro sistema democrático. 

Colombia quedó al nivel de una narcodemocracia por cuenta de la decisión de 3 magistrados que merecen ser investigados, pues su fallo más que un supuesto servicio a la paz fue, en la práctica, un mandado al narcotráfico. Llaman poderosamente la atención los antecedentes de los 3 individuos -comandados por la samperista de extrema izquierda, Caterina Heyck- que en un insoportable auto de 148 páginas resolvieron desconocer las demoledoras pruebas contra Sántrich y procedieron, en consecuencia, a ordenar su libertad. 

Hay que decirlo hasta la saciedad: Sántrich fue agarrado prácticamente en flagrancia mientras negociaba 10 toneladas de cocaína con enviados del narcotraficante mexicano, Rafael Caro Quintero, capo con el que el invidente cabecilla de las Farc tiene una estrecha cercanía, al extremo de haberle enviado un dibujo de su autoría, acompañado por una sentida dedicatoria: “Para don Rafa Caro con aprecio y esperanza de paz”.

La libertad de Sántrich era una bofetada a sus víctimas y a la democracia colombiana. Dejar que ese delincuente salga de la cárcel significa permitir que en el país se consolide la antijuridicidad. 

Una vez en la calle, el desafiante Sántrich, ese mismo que burlándose de quienes padecieron el rigor violento de las Farc  al decirles cantando que su  estructura terrorista “quizás, quizás, quizás” reconocerá y hará las respectivas reparaciones, seguramente correrá al Capitolio a reclamar la curul que Juan Manuel Santos le obsequió.

Aquello es volver a la Colombia de hace más de 35 años, en la que por los corredores del Congreso se paseaba el mafioso Pablo Escobar. Ninguna diferencia hay entre Sántrich y quien fungió como líder del Cartel de Medellín.

El Estado generalmente logra imponerse ante el mal. A pesar del poder de quienes lo desafían, éste encuentra las herramientas para superar las dificultades que se le plantean.

Y eso fue lo que ocurrió con ocasión de la nueva captura del narcotraficante Sántrich, segundos después de que se cumpliera la orden de libertad expedida por la cuestionada Jurisdicción Especial para la Paz, JEP. 

Presidente Duque aplaude la receptora del mafioso Jesús Sántrich

A la fiscalía llegaron nuevas y demoledoras pruebas que confirman lo que ya se sabe: que Sántrich traficó estupefacientes después de la firma del acuerdo espurio entre Santos y la banda terrorista Farc. 

Esta vez, además de los videos con audios que demuestran que ese capo estaba ultimando los detalles de la transacción criminal, se arrimó al proceso la demoledora declaración del ahora testigo protegido de las autoridades norteamericanas, el compinche de Sántrich, Marlon Marín.  

Cuando la JEP ordenó la liberación de Sántrich, dijo que en adelante el caso quedaba en manos de la justicia ordinaria, le corresponderá ahora a la fiscalía legalizar la captura del desesperado bandido que para llamar la atención se ha hecho algunos rasguños en sus brazos, para dar a entender que está dispuesto a quitarse su miserable vida. 

Ese espectáculo desagradable del supuesto intento de cortarse las venas, que estuvo antecedido de una simulada huelga de hambre, demuestra que Sántrich es muy valiente para ordenar secuestros, violar niños, planificar el asesinato de personas inocentes, negociar estupefacientes, pero a la hora de enfrentar el ineludible destino que les espera a los criminales, se convierte en un despreciable cobarde. 

Las Farc durante décadas intentaron acabar con nuestra democracia, a través del uso indiscriminado de los fusiles y la dinamita. Después del acuerdo que les regaló Santos, vieron en la JEP el mecanismo idóneo para lograr su cometido. Antes atentaban contra el Estado de derecho con camuflado y ahora lo hacen a través de aliados ideológicos disfrazados con una toga.

Pero esta vez, el intento de salirse con la suya en el caso del narcotraficante Sántrich, les ha fallado. El Estado les ganó el pulso. Ese capo seguirá en la cárcel y seguramente terminará en el lugar que le tiene reservado el destino: una gélida y deprimente celda en los Estados Unidos.  

Acá, independientemente de las diferencias idológicas o partidistas, el país entero debe agradecer el compromiso y la verticalidad del presidente Duque, de la fiscalía y demás instituciones que hicieron lo que les correspondía para evitarle la vergüenza de ver al mafioso Sántrich libre e impune. Como bien lo resumió el presidente Uribe en su cuenta de Twitter: “Gracias presidente Iván Duque; gracias Fiscal Néstor Humberto Martínez; gracias autoridades colombianas”.

Trino del presidente Uribe

Reacciones desesperadas de la extrema izquierda

Como era previsible, la extrema izquierda y los adláteres de las Farc, esos mismos que con su complicidad permitieron que Colombia se llenara de matas de coca, reaccionaron agresivamente ante la oportuna recaptura de Sántrich. El más virulento de todos fue el senador comunista, Iván Cepeda quien antes de reunirse con la cúpula de las Farc, grabó un video en el que se delataba su desespero. Según Cepeda, el procedimiento adelantado en contra de Sántrich fue “un acto de extrema arbitrariedad; un abuso de poder; un ataque frontal contra el proceso de paz”.

Reunión de cabecillas de las Farc, luego de la recaptura del mafioso Sántrich

Es por lo menos curioso que de la boca de Cepeda nunca haya salido una sola palabra para rechazar que su compañero Sántrich haya participado en una estructura criminal que planificaba inundar a los Estados Unidos con cocaína.

El corrupto senador santista, Roy Barreras -que posa de abogado sin serlo-  pidió la intervención de la corte constitucional -esa misma en la que sus magistrados están en la mira de las autoridades norteamericanas, no propiamente por ser unos arcángeles, respetuosos de las leyes-. 

De la tristeza, en un abrir y cerrar de ojos, Colombia pasó al alborozo y a la gratitud hacia el gobierno del presidente Iván Duque y la fiscalía general de la nación. La recaptura de Sántrich fue una absoluta escena kafkiana en la que un país adolorido veía en vivo y en directo cómo un capo de la mafia salía de la cárcel y, segundos antes de que esta se consumara, del cielo bajó un helicóptero que traía la orden de un juez con la que se evitó la ignominia. 

@IrreverentesCol

Publicado: mayo 18 de 2019