La policía nacional nace en las primeras épocas republicanas, en las ciudades y en el campo se formaron las milicias urbanas como parte de la estructura republicana y con el explícito mandato de defender la vida y los bienes. Desde entonces la policía ejerce el mandato de las leyes y los servicios obligatorios de la sociedad como son el orden público, la convivencia y el buen vivir.

A la policía le corresponde  proteger a la familia en su sentido demográfico y cultural. Aunque la gente del  común considera la relación con el estado como sujetos unicelulares, dueños de los derechos y con la notoria ausencia del conocimiento de sus deberes que le asignan las leyes y la constitución. La policía ha tenido luces y sombras a lo largo de la historia colombiana, pero ella ha mantenido su presencia, no solo en el sentido físico de resolver los conflictos entre las personas de la comunidad. La policía cuida de noche lo que fuese construido de día y nos libra de los bandidos que no respetan la ley. Para que exista una policía buena  se requiere que los jueces sean buenos, no en  el sentido dadivoso y romántico, sino sustentado en el buen ejemplo de la vida cuotidiana, del ciudadano que puede ser maestro, intelectual y dinamizador de la educación.

Durante muchos años la policía era tratada con una reserva para someter a los vencidos. Se dividió entre policía  municipal  al alcance de los alcaldes y de la jauría bipartidista que la enlazaba al Ministerio  de Gobierno. La policía nacional dependía del Gobierno central con características que las distinguía. La policía ha alcanzado niveles de conocimientos y comportamiento con el ciudadano de la calle, pero el estado no ha sido capaz de suprimir la constante desacreditación por parte de los estudiantes y de un profesorado resentido, cuyos resultados pueden medirse con la violencia de las marchas.

El Esmad es una rama especializada de la policía y  tiene como fin que los disturbios provocados por vándalos no conduzcan a que la sociedad civil, echa de carne y hueso, se alce en armas al amparo de la legítima defensa.

 La policía colombiana es atípica y ejemplar por su actuación en medio de los narcotraficantes y guerrilleros, sus roces internos entre  oficiales y los roces con el ejército y otras entidades. Se hace necesario el debate sobre sus responsabilidades y derechos, protocolos de ascenso y, desde luego,  con el Código de Policía ( o de Convivencia) que es su carta de navegación en relación con la comunidad. La “castidad” que le exigen  a la policía en sus procederes, admite una reflexión: ¿es la policía colombiana un brazo de la “dictadura” de Iván Duque?  Si no existe una dictadura, como es evidente, ni siquiera una pizca de “dicta blanda”, en cambio un Presidente con coraje, inteligencia y conciencia de futuro ¿debe satisfacer a 100 mil ciudadanos  en sus peticiones, cuando hace quince meses lo elegimos 10 millones de ciudadanos, que tenemos las manos limpias y el corazón en el pecho? Unas marchas que extinguen por sí mismas, que amenazan con “emoción proletaria” y terminan en “conmoción parasitaria”, pues su sopa de letras   la configuran los sindicatos de profesores, maestros, empleados oficiales, empleados contristas (una tercera parte de la burocracia oficialista, distrital,  del estado central y las empresas comerciales del Estado tienen su asiento en Bogotá, capital de la República de Colombia, consagrada al SC de Jesús, en Vos Confío, y luego a otro Jesús… Santrich, en el cual no había qué confiar). Pues esa es la base de la masa, masa, masa con la cual construirán una nueva nación.

Jaime Jaramillo Panesso

Publicado: diciembre 10 de 2019