Borges sintetiza así la idea del eterno retorno:“de nuevo nacerás de un vientre, de nuevo crecerá tu esqueleto, de nuevo arribará esta misma página a tus manos iguales, de nuevo cursarás todas las horas hasta la de tu muerte increíble”.  Eterno retorno que estamos confirmando y sufriendo con el nuevo coronavirus (porque, sí, el coronavirus es viejo).

Las pestes, las pandemias, las epidemias, como quieran llamar estas tragedias cíclicas, hay que tomarlas en serio. Enfrentarlas, como proponen ahora en Europa, como una guerra. Pero hay gentes que suelen salirse de la fila y del molde; que saludan a la muerte con desprecio, insolencia y arrogancia, las tres palabras que utiliza el diccionario para definir la palabra desplante.

Doña Claudia López, la alcaldesa de Bogotá, planeó un simulacro de cuarentena que comenzó el viernes 20 de marzo y debía terminar el lunes 23. Muchos bogotanos, guasones o prácticos, ustedes calificarán, optaron por transformar el aislamiento de clima frío, en esparcimiento de tierra caliente, y se fueron de la ciudad. En el ínterin, el presidente Duque, aconsejado por la estadística y la ciencia médica, decidió que era la hora de pasar de los simulacros a la compulsión y ordenó la cuarentena general. Comenzará el miércoles 25 en el primer minuto, a las 00.01 am.

La alcaldesa había manifestado su disgusto con los guasones o los prácticos, a quienes un periódico les redondeó la descalificación con un despectivo ‘los vivos’: “Los viajeros que salieron de Bogotá antes del inicio del simulacro de cuarentena no podrán regresar el lunes”, les dijo. Es decir, en sana lógica, la gente tendría solo un día, completo, el martes, para regresar a Bogotá o para salir de Bogotá, antes de internarse definitivamente en la cuarentena, la que va hasta el 13 de abril. Las medidas fueron bien recibidas. Si bien la alcaldesa había dado su buen varapalo a los ‘vivos’, obligándolos a respetar el lunes como día de simulacro, el presidente Duque les daba la oportunidad de reintegrarse a sus casas y, viceversa, a quienes estaban en Bogotá y debían o preferían ir a otros lugares para pasar el largo aislamiento, también les otorgaba veinticuatro horas.

No sé por qué, el sábado se anunció que cambiaban las reglas: que el simulacro de Bogotá se alargará hasta el martes, o que la cuarentena se anticipará al martes. Para efectos prácticos es lo mismo: la gente que salió de Bogotá no podrá regresar ni quienes deban o quieran salir podrán hacerlo.

Las razones que se aducen son científicas, pero algunos recelosos y/o maliciosos, ven la mano rencorosa de la alcaldesa, quien desde el jueves estuvo echando chispas contra los indisciplinados. Mi columna de hoy no es sobre cómo terminará solucionándose el zaperoco de los que están fuera y quieren entrar y los que están dentro y quieren salir, que es cosa que estará resuelta cuando usted lea esta columna. La reflexión es otra: sobre el eterno retorno de las cosas, para el caso, la furia con la que siempre se ha descalificado a quienes no se inmutan cuando llega la peste y mantienen un espíritu festivo.

La peste de Atenas, narrada por Tucídides en Historia de la Guerra del Peloponeso, ocurrió en el año 453 a.C. Su escrito es magistral en todo sentido; lo encomian los críticos literarios, los historiadores y hasta los científicos de la medicina. Pues bien, Tucídides, que también fue político como Claudia, además de describir magistralmente el momento terrible, hizo la primera catilinaria contra los ‘vivos’ que no mantuvieron la compostura solemne ante la calamidad, los que no se expresaron con compasión y generosidad ante el dolor. Dijo así: “nadie estaba dispuesto a sufrir penalidades por un fin noble, puesto que no tenían seguridad de no perecer antes de alcanzarlo. Lo que resultaba agradable de inmediato, eso fue lo que pasó a ser noble y útil. Ningún temor de los dioses o ley humana los detenía (…) y en cuanto a sus culpas, nadie esperaba vivir hasta el momento de celebrarse el juicio y recibir su merecido”.¡Pues sí, doctora Claudia! Siempre habrá una guerra a muerte entre Epicuro (a quien encarnan “los vivos”) y los estoicos, a quienes, en este caso, representan el presidente Duque y usted. En cada peste y, consecuentemente, frente a cada encierro o cuarentena, unos serán como San Roque, santo patrono de los apestados; pero los más tomarán las cosas como Boccaccio, quien aprovechó la peste de Florencia (1348) para inspirarse y escribir cien cuentos, ninguno de ellos parecido a las Novelas Ejemplares.

@JOSEOBDULIO

Publicado: marzo 23 de 2020