Juan Manuel Santos es uno de los más grandes corruptores de la historia reciente de nuestro país. Compró su elección de 2010 y su reelección de 2014 con dinero corrupto de Odebrecht, y a pesar de que el delito está ampliamente comprobado, él ha logrado pasar de agache frente a la administración de justicia. 

Existen abundantes evidencias que dan fe de la operación criminal que se montó en 2014, a través del partido liberal -con Simón Gaviria a la cabeza- para irrigar con miles de millones de pesos a la tesorería de la campaña reeleccionista.

Dos de los articuladores de esa empresa criminal, Andrés Sanmiguel y Esteban Moreno, a lo largo de este año han hecho toda suerte de maniobras para evitar que la fiscalía les impute cargos. Es claro que hay muchas personas poderosas interesadas en que no se conozca la verdad de lo que sucedió, ni mucho menos que se descubra en manos de qué personas terminó una buena parte de los dineros entregados por Odebrecht, pues si bien es cierto que una importante porción fue destinada a la campaña política, no menos lo es que un porcentaje de los mismos fue a parar a las arcas de los partícipes de esa empresa criminal.

Santos ha hecho hasta lo imposible por dilatar la investigación. Lo propio ha hecho el expresidente César Gaviria en aras de proteger a su hijo Simón. 

El juez natural de Santos es la comisión de acusaciones de la Cámara de Representantes y no el Consejo Nacional Electoral. Él, que es un campeón del engaño y la mentira, concurrirá a la citación de ese tribunal enfermizamente politizado, lanzará una sarta de mentiras y luego, exultante, dirá que le “puso la cara a la justicia”, en un proceso que de entradita ya caducó, pues el término es de 2 años y los hechos ocurrieron a mediados de 2014, ergo el plazo ya está más que cumplido. 

Hay que hacerse a la idea: el proceso de Odebrecht no va a avanzar en Colombia. La justicia no quiso o no pudo dar resultados concretos y esto terminó en una pantomima con un exviceministro de medio pelo condenado, un exsenador suplente respondiendo ante la justicia y un par de directivos del sector privado tras las rejas. Los peces gordos: como Juan Manuel Santos y sus lugartenientes, se salieron con la suya. Esa es la frustrante conclusión a la que debe llegar el país, pues no importa quién sea el próximo fiscal general de la nación. Los implicados son tan poderosos, que tarde o temprano lograrán mantener el asunto acumulando polvo en algún olvidado anaquel de la putrefacta justicia colombiana. 

El epílogo de esta historia era previsible desde el comienzo. Santos, ese mismo que corrompió los más profundos cimientos de nuestra sociedad, tiene ganada la partida desde el día uno. Él, que se pasea por el planeta entero exhibiendo su medallita del Nobel, se aseguró de dejar todo -al decir del generalísimo Franco- “atado y bien atado” y eso, por supuesto, incluye la impunidad frente a todos los crímenes que cometió durante su paso por el gobierno nacional.

@IrreverentesCol

Publicado: diciembre 11 de 2019