Empezaron robándose el resultado del plebiscito, alegando que el acuerdo que fue improbado por el pueblo el 2 de octubre de 2016, había sido mejorado y que, a través del congreso, se validaría “uno completamente nuevo”. La realidad es que los cambios que le hicieron fueron puramente cosméticos, motivo por el que opositores como el exprocurador Alejandro Ordóñez apuntaron que aquel era un “acuerdo Revlon”, en referencia a la marca de maquillajes.

De la Calle fue, sin duda alguna, el cerebro de ese desfalco a la democracia, de ese golpe dictatorial. Amparado en el discurso sensiblero de la paz como un valor supremo de la democracia, el negociador de Santos pisoteó con toda la soberbia posible a la democracia de nuestro país.

Es típico de las personas que proceden sin dios ni ley, sentir que son omnipotentes. De la Calle es ejemplo perfecto de aquello. Explicación ninguna ha dado por su labor como consejero de los mayores ladrones de la historia reciente de nuestro país, los primos Nule. Tampoco ha explicado los multimillonarios contratos que ha celebrado su firma de abogados que hoy administra su hijo, José Miguel.

Santos y De la Calle pasaron por encima de la voluntad popular. Tan grande debían ser sus compromisos no escritos con los narcotraficantes de las Farc, que el voto de más de 6 millones de colombianos quedó en un segundo plano.

Y ahora, se prepara un nuevo conejo, el segundo “round” del robo al plebiscito por cuenta de la peligrosa propuesta de De la Calle que de materializarse, convertirá a Colombia en un inviable narcoestado.

Dice el fallido candidato del liberalismo que por razones de “seguridad nacional”, antes de extraditar a los cabecillas de las Farc que con posterioridad a la firma del acuerdo incurran en el delito de narcotráfico, éstos deben pagar su pena en Colombia. Eso es, básicamente, una nueva garantía de impunidad, una licencia amplia y vitalicia para delinquir.

El mensaje que se le manda a los narcos es que están en libertad de seguir organizando todos los embarques de cocaína que deseen pues no pisarán en su vida las cortes norteamericanas que los reclamen.

Lo que resulta aún más inaceptable de la narcopropuesta de Humberto de La Calle es que él la maquilla diciendo que su interés es el de garantizar el derecho a las víctimas de las Farc a conocer la verdad de los hechos que se presentaron. ¿Acaso alguien sinceramente cree que esa guerrilla terrorista tiene interés de contar la verdad y de reparar a sus víctimas? Aún resuena la frase cínica del capo alias Jesús Sántrich cuando cantando respondió que “quizás, quizás, quizás” la guerrilla reconocería sus desmanes y agresiones a la sociedad colombiana.

A las cosas hay que llamarlas por su nombre. Humberto de La Calle, a lo largo de su carrera política ha sido un hombre generoso con el narcotráfico. Como ministro de Gobierno –hoy Interior- coadyuvó la redacción y suscripción de los decretos que le arreglaron la vida a la mafia. Lo indignante es que dichas normas, conocidas en el mundo político como los “narcodecretos, fueron escritas al alimón con los abogados de los capos del cartel de Medellín.

Al conocerse que la operación de narcotráfico de las Farc no es un hechos aislado en el que únicamente participó alias Jesús Sántrich, De la Calle salió al rescate de ese cartel de la mafia, proponiendo dejar sin efectos prácticos la extradición, que gústele a quien le guste, es una herramienta de singularísima importancia en la lucha contra el narcotráfico.

Genio y figura hasta la sepultura. De la Calle culminará su fracasada carrera política sacándole lustre a lo único en lo que ha sido coherente: su defensa de la mafia.

@IrreverentesCol

Publicado: mayo 2 de 2018