Los valores culturales de los pueblos como el trabajo o el honor se estrellan contra los fetiches del consumo.

¿Hasta dónde la globalización del comercio y de las comunicaciones son una amenaza para las culturas  nacionales? Esa parece ser la incógnita de nuestros días en que naciones tan maduras y de gran tradición democrática, como la Gran Bretaña, están envueltas en estos dilemas que son, en apariencia, asuntos de filósofos y no de estadistas y políticos. El problema se hace más evidente con el ascenso a presidente de Estados Unidos del ciudadano Donald Trump.

La prensa comienza a deletrear esta contradicción con los límites del pensamiento sintético: Internacionalistas Vs. Patriotas. ¿Qué ocurre después de tantos años de aplicar el modelo de globalización? Lo primero es tratar de separar los pueblos o multitud de habitantes, por una parte, y las grandes empresas transnacionales y monopolistas, por la otra. Estas últimas son las beneficiarias del sistema, han roto los diques de los estados nacionales, constituyen el manto que cubre la tierra con sus canales de televisión donde alienan a las masas teleadictas con los productos que abarcan desde una cerveza hasta un trasatlántico.

Es un juego de altos barones de la economía que intentan dirigir el mundo desde un amplio salón de un banco en Nueva York o en una sofisticada oficina de Singapur, señores y señoras que en nombre de las jugadas financieras, suelen decir, como los intelectuales modernos, “yo no tengo patria, soy ciudadano del mundo”. En efecto, “el mundo” es de ellos, pero no de los cultivadores de sorgo o algodón, ni  de los mineros bolivianos o ucranianos, ni de las chapoleras de los cafetales colombianos  o vietnamitas.

Los valores culturales de los pueblos como el trabajo o el honor se estrellan contra los fetiches del consumo que se rige por las leyes de la demanda y de la oferta, que a su vez están infectadas de la moda, lo pasajero, la fugacidad de las canciones y de los cantantes.  Una comunidad que siempre defendió el trabajo como la manera digna de adquirir bienes o riquezas no suntuarias, se topa con los golpes de la fortuna en las bolsas de valores bursátiles, mientras ellos enseñan a sus hijos los valores no transables ni comerciables. Estas expresiones de los pueblos del mundo están instaladas en el ADN de la tradición, con capas del tiempo, de los siglos y requieren educación y choques de adaptación si resultaren útiles y no desafiantes a su existencia como seres humanos.

La opinión pública global, la que se está formando al compás de los medios de comunicación, formidables y “milagrosos”, colectivos o unipersonales, se encuentra con puertas abiertas para conocer otras sociedades y otras costumbres. Aprende a apreciar lo suyo, pero también descubre que las transnacionales de la mercancía, del espectáculo, del deporte tienden a homogenizar el planeta. Ahí se encuentra con la corrupción globalizada y una internacionalización de las ganancias para unos pocos, entre los cuales se mezclan los comunistas chinos y los capitalistas alemanes o estadounidenses. Es la torre de Babel, no en los idiomas, sino en los valores y el sustrato cultural. La confusión se resuelve afianzándose en lo suyo que es, a pesar de todo, lo que conoce.  Esto  se parece a un manicomio. La distancia entre generaciones y entre padres e hijos no alcanza a ser resuelta, no obstante que ahí está la múcura llena de alimentos light, de gaseosas sin azúcar y sin gas, de huevos sin sal. Todo dizque mata. Mientras tanto “los ciudadanos del mundo” son un mundo sin ciudadanos.

Jaime Jaramillo Panesso

Publicado: enero 24 de 2017