El tema de Palestina no es un asunto que deba avocarse con reduccionismo ni de manera simplista. Colombia, a lo largo de las décadas, ha observado una actitud de neutralidad, siempre propendiendo por la búsqueda de una solución negociada que lleve la paz a la región.

El anhelo palestino es perfectamente legítimo. Aquel pueblo tiene todo el derecho de contar con un Estado, siempre y cuando la existencia de éste sea motivo para la pacificación de oriente medio y no para aumentar las diferencias y recrudecer la violencia.

Las diferencias son profundas. Desde que la denominada OLP –Organización para la Liberación Palestina- declaró la independencia de Palestina, estableciendo un gobierno en el exilio, las dificultades se agudizaron, pues se ratificó que el territorio que los palestinos reclaman como propio estaba bajo ocupación de Israel.

No es un asunto de fácil resolución. Israel defiende su soberanía territorial y países poderosos se han abstenido de catalogar a Palestina como un Estado con independencia de facto. Estados Unidos, la mayoría de los países de la Unión Europea, Australia, Japón y Noruega  no han reconocido la independencia palestina.

La condición ha sido siempre la misma: cuando haya un acuerdo de paz sostenible, que sea aceptable para las partes, que goce de legitimidad y tenga vocación de permanencia. Cuando aquello se cumpla, las principales potencias serán las principales promotoras del reconocimiento de Palestina como Estado de pleno derecho.

Colombia, México y Panamá eran los únicos 3 países de América Latina que se habían abstenido de darle estatus a Palestina. De hecho, Juan Manuel Santos en múltiples comparecencias públicas, ratificó la neutralidad colombiana, aseverando que el interés de nuestro país seguía siendo el mismo: la búsqueda de un entendimiento pacífico en la región como condición para hacer el reconocimiento de Palestina.

El viernes 3 de agosto de 2018, será recordado como el día nacional de las decisiones de último momento. Faltaban 96 horas para que extinguiera el accidentado régimen santista y desde la cancillería se suscribieron decretos a diestra y siniestras. En medio del montón de nombramientos, se coló una nota verbal signada por la entonces ministra María Ángela Holguín dirigida al ministro de relaciones exteriores palestino, Riad Malki, en la que le informa sin mayores preámbulos que “en nombre del gobierno de Colombia el Presidente Juan Manuel Santos ha decidido reconocer a Palestina como un Estado libre, independiente y soberano”.

Santos era Jefe de Estado y Jefe de Gobierno hasta las 3 de la tarde del 7 de agosto y estaba en todo el derecho de tomar decisiones y ejercer el poder hasta ese momento. Pero hay decisiones que tienen consecuencias y una de ellas era el del reconocimiento de Palestina. El gobierno entrante del presidente Duque no fue consultado. Escasamente se le informó a manera de notificación.

El problema está causado. Una vez reconocido el Estado palestino, no hay marcha atrás, pero las consecuencias serán inevitables. Estados Unidos e Israel, aliados de primer nivel de Colombia, resentirán esa decisión y seguramente habrá consecuencias en el corto plazo.

Marco Sermoneta, embajador de Israel en Colombia, en tono agresivo e inaceptable en un diplomático no dudó en calificar la decisión del gobierno de Santos como una “bofetada a un aliado fiel”, a la vez que pidió que Colombia “revierta esa decisión”.

Sea lo primero decir que la responsabilidad no es del gobierno Duque. Fue Santos el que de manera clandestina, inconsulta, silenciosa y taimada, hizo el reconocimiento, sin hacer ningún anuncio público.

Esta fue una decisión que tomó por sorpresa al gobierno entrante y al canciller Carlos Holmes Trujillo quien tan pronto conoció la nota verbal, desde San Andrés emitió un comunicado muy concreto en el que expresó que “ante posibles omisiones que podrían desprenderse de la forma en que se dio esta decisión del Presidente saliente, el Gobierno examinará cuidadosamente sus implicaciones y obrará conforme al derecho internacional”.

Acá se requiere mesura, ponderación y serenidad. Se equivoca de manera grave el embajador de Israel en Bogotá al adoptar un tono altanero con el nuevo gobierno, pues ninguna responsabilidad le cabe a esta administración. Tampoco es admisible que un representante diplomático intente fijarle la agenda y marcarle los tiempos al Estado que lo recibe.

A todos los interesados les corresponde aportarle a la calma y el sano juicio. Se equivoca de manera grave el empresario Samuel Azout quien muy molesto con la decisión que va en detrimento de los intereses de los judíos, escribió en su cuenta de Twitter un mensaje absurdo y amenazante: “Ruego que el Todopoderoso no castigue a los colombianos por los errores históricos de sus dirigentes”.

El canciller Trujillo sabrá manejar esta situación, sin zaherir a sus aliados, ni maltratar al pueblo palestino. Para eso, anunció también que convocará cuanto antes a la comisión asesora de relaciones exteriores, donde se analizará la situación y se buscarán las alternativas necesarias para evitar que se desate una crisis con Estados Unidos e Israel.

Lo cierto es que Santos, con esa decisión, le ha dejado a Colombia una manzana envenenada que indefectiblemente traerá consecuencias.

@IrreverentesCol

Publicado: agosto 10 de 2018