No es fácil hablar de alguien como Álvaro Uribe Vélez. Sobre todo porque pocos hombres representan tanto para la democracia colombiana; su legado en la historia es de tal magnitud que resultaría impertinente poner si quiera en duda el aporte que le ha hecho a Colombia en toda una vida de incansable trabajo.

Conocí a Álvaro Uribe cuando me delegaron para realizar el primer Taller Democrático que adelantó en Villavicencio, una vez dejó la presidencia. Para mí fue un verdadero honor poder darle la mano a un líder de su talla, y por supuesto, lejos estaba de imaginar que un día yo trabajaría a su lado.

Quienes me conocen saben que mi familia y yo fuimos víctimas directas de todos los grupos al margen de la ley, vivimos en carne propia el actuar delictivo de estas organizaciones criminales, hecho que nos obligó a exiliarnos en el exterior y durante este tiempo no creíamos posible regresar, porque para entonces Colombia estaba casi doblegada por un conjunto de fuerzas terroristas que mediante el secuestro, la extorsión, y el asesinato selectivo y múltiple, llenaban de sangre cada espacio del territorio nacional. Esto duró hasta cuando Uribe llegó a la Presidencia en el año 2002, y le demostró al país que sí había una salida.

Desde entonces, Uribe empezó a consolidarse como el muro de contención contra un comunismo que históricamente dejaba una estela de hambre y miseria por los pueblos donde pasaba, los ejemplos son muchos; basta ver lo que dejó en los países de la mal llamada “Cortina de Hierro”, y cómo la disolución de la ex URSS (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas) dejo a bosnios, croatas, armenios, y chechenos entre otros, inmersos en cordones de miseria y presos de una guerra descarnada de la que hasta hoy todavía tratan de salir. No yendo muy lejos, veamos la triste situación de Venezuela.

Produce escozor el solo recordar los campos de concentración de las Farc, donde se cometieron todos los vejámenes a que pueda ser sometido un ser humano, y que en  poco o nada se diferencian de los campos concentración Nazi durante el fatídico holocausto que esclavizó, torturó y asesinó a más de 10 millones de personas entre judíos, gitanos y otros.

Esa era la realidad del país que teníamos, sin contar el atraso económico, y sociocultural, en una época en que la vida, tal como dijo Álvaro Gómez, Q.E.P.D, “estaba más devaluada que el peso”, y también en una época en la cual los ciudadanos no se atrevían a manifestarse públicamente contra los terroristas, porque la intimidación y el miedo eran la constante.

En 2002 los comunistas ya sabían que a la Presidencia de Colombia había llegado el único hombre que no estaba dispuesto a que siguieran arrodillando al país y a sus instituciones, y por eso desde el mismo día en que asumió funciones, minutos después que Uribe entrara a la sede del Congreso para posesionarse como Presidente de los colombianos, dos explosiones se registraron a pocos metros del lugar, asesinando entonces a 14 personas, y dejando alrededor de 60 heridos.

La situación para entonces era crítica en todos los aspectos; las fuerzas militares eran incapaces de contener la arremetida terrorista que destruía poblaciones enteras, y se estaba perdiendo el norte por su insostenibilidad económica. De otra parte, la deuda externa nos ahogaba y el gasto público se traducía intereses impagables, por lo que la primera consigna fue, austeridad en el gasto público, la economía entonces estaba por el orden de 1.9% en materia de crecimiento; tras 8 años de su gobierno llego al 7%.

Uribe tomó el plan Colombia para combatir al narcotráfico y fortaleció a la fuerzas Militares, dotándolas no solo de tecnología y capacidad de reacción, sino además haciéndoles saber que el país entero estaba con sus militares y policías. Fue el soldado por excelencia, visitando los más recónditos lugares, y llevando la fuerza pública justo allí donde la ciudadanía estaba sola, y a merced de los paramilitares y la guerrilla, creando con esto una percepción de seguridad sin precedentes, luego que hasta centenares de alcaldes de municipios apartados tenían que despachar desde las ciudades capitales porque la muerte los rondaba como el lobo a su presa.

La educación estaba entre las menos calificadas de América Latina, por eso su revolución fue fortalecer a las escuelas, colegios, universidades públicas, y entidades de educación media como el Sena, que estaba a punto de ser clausurado. Solo en su primer cuatrienio como jefe de Estado gestionó 1.085.015 nuevos cupos escolares, de ellos, 457.187 nuevos cupos fueron para la población vulnerable; disminuyendo la deserción en establecimientos oficiales de 7,53% en 2002 a 4% el 2006.

Son muchos los logros; la salud, el agro, el empleo, el comercio exterior y otros importantes renglones vivieron una transformación de la que hasta hoy ningún mandatario puede presumir. Con pocos errores y muchos aciertos, Uribe se convirtió en el mandatario que más popularidad ha alcanzado en Colombia, llegando dos veces a la presidencia, con votaciones históricas, y creando un ambiente de confianza inversionista que le permitió a la postre convertirse en uno de los hombres más influyentes en la política moderna del mundo.

Esto no ha sido gratis, y es evidente que sus enemigos nunca le perdonarán su denodada lucha contra el narcotráfico, el paramilitarismo, la guerrilla y otro tipo de manifestaciones delictivas; esto le meració innumerables reconocimientos nacionales e internacionales. Con determinación inquebrantable extraditó a quienes se constituyeron en una amenaza para el país, y logró la reducción de una guerrilla que pasó de dominar el negocio del narcotráfico con más 26 mil combatientes en el 2002, a ser solo 7000 hombres en el 2010.

Hoy Álvaro Uribe podría estar dedicado a sus nietos, a su casa, y tal vez a la cátedra en las más importantes universidades del mundo, algo propio de los grandes estadistas. Pero no… él ha preferido seguir trabajando por el país, aun cuando lo difamen, y aun cuando algunos de esta nueva generación de colombianos lo odien sin conocer la realidad de entonces, ni tener el más mínimo argumento válido, toda vez que olvidaron, o no recuerdan, o nadie les ha querido contar la historia del país inviable que recibió y transformó.

Es tal el la amenaza del comunismo, que basa su poder en el dinero que producen empresas criminales como el narcotráfico, la minería ilegal o el asesinato de personas. Han permeado las instituciones y una de ellas es la Justicia. Sí, la misma Justicia que hoy, sin el menor asomo de vergüenza, lo pone en la picota pública, antes que castigar a los verdaderos delincuentes a quienes ha premiado hasta con beneficios económicos y hasta curules en el Congreso y les ha conferido una absoluta impunidad en materia de penas y reparación a sus víctimas.

Algunos llegaron a pavonearse arrogantes por los lugares más emblemáticos de la institucionalidad, en la mayor afrenta y burla que hayan sufrido las víctimas del terrorismo en en país. Fueron tan inferiores al compromiso de la paz, que hoy de nuevo amenazan a los colombianos desde la clandestinidad; aliados con carteles internacionales, y protegidos por el gobierno de Nicolás Maduro y otros estados fallidos del orbe. Afianzan su lucrativa empresa criminal con la consigna de tomarse el poder a como dé lugar, para expandir el más destructivo y cruel de los sistemas políticos, como es el socialismo del siglo XXI.

No nos van a amilanar; sus infamias nunca podrán lacerar el honor del Gran Colombiano. El tiempo del miedo y la intimidación se acabó con la era Álvaro Uribe Vélez, el hombre que nos enseñó que por esta Patria hay que hacernos moler, y estoy convencida que las fuerzas oscuras del terrorismo y el comunismo que nos amenaza nunca podrán con millones de colombianos que hoy le decimos gracias al mejor presidente de la historia. Feliz semana.

@JenniferAriasF

Publicado: octubre 10 de 2019