La semana pasada recordé especialmente al doctor Álvaro Gómez Hurtado con ocasión de un aniversario más de su magnicidio, lo recuerdo frecuentemente: como no recordar un hombre de dimensión universal y moral. Álvaro Gómez fue estigmatizado, despreciado y arrinconado por una clase política sectaria y mercantil, por una sociedad al servicio y dependiente del establecimiento, aquel establecimiento que combatió con rigor y argumentos por ser la responsable de los males de la nación; el mismo establecimiento que decidió asesinarlo cuando emergió, como lo hacía siempre, en el faro moral de Colombia.

Álvaro Gómez fue un pensador, un filósofo de la política contemporánea, un generador de ideas, no necesitó del apellido o la sombra de su padre (Laureano Gómez expresidente de la República) para brillar y ganar espacios en esta sociedad elitista y cortesana, su inteligencia y talento lo ubicaban en escenarios superiores donde la palabra es inmortal, imbatible.  Recuerdo a la perfección cómo el doctor Álvaro Gómez asumió casi en solitario la defensa del honor de Colombia, de la Constitución Política, de la institucionalidad, cuando sus más destacados líderes políticos, empresariales, académicos, sociales, cívicos y sindicales prefirieron convivir con el pecado y el género, el de tener como Presidente de la República a Ernesto Samper elegido y financiado con dineros del crimen y el narcotráfico del cartel de Cali.

Tal vez los males que nos agobian son ancestrales y gestados en nuestro ADN, pero el abismo inmoral y decadente en el que estamos se agudizó hasta hacer metástasis cuando a la sociedad le pareció normal que su Presidente de la República fuera un vulgar delincuente, y que para mantenerse en el cargo hubiera utilizado todos los instrumentos legales e ilegales, presupuestales y oscuros. ¡Ahí no jodimos!

Hoy cuando no se recuerda ni la grandeza de Álvaro Gómez y, por el contrario, se promueven homenajes y actos honoríficos a reconocidos criminales y terroristas como “Alfonso Cano” y el “Mono Jojoy” y emergen como referentes de no sé qué, de adolescentes, profesores, militantes de izquierda y uno que otro periodista y analista, la angustia y la desesperanza se apodera de quienes nos negamos a aceptar esta decadencia moral, política e intelectual que creció como la maleza este espurio gobierno de Juan Manuel Santos.

Álvaro Gómez sentenciaba con tranquilidad, sin aspavientos, sin cálculo electoral, que las crisis colectivas de las sociedades, de las naciones, se resolvían acudiendo a la grandeza no bajando a la minucia, porque ahí se sucumbe. Cómo hace falta Álvaro Gómez en este momento polarizante, en esta crisis, en esta putrefacta corrupción, en este momento sinigual de la historia, para que nos recuerde que descendimos a la minucia, a la escoria, a la fosa, para que nos recuerde que olvidamos la grandeza, la que perdimos cuando se aceptó y se celebra que un criminal incomparable como Timochenko pueda aspirar a la Presidencia de la República, porque el debate decante e inimaginable está en que él pueda aspirar y participar en el debate electoral, no que pueda ser elegido, ese escenario si sería el infierno, el final.

@LaureanoTirado

Publicado: noviembre 6 de 2017