Colombia, país en el cual la violencia ha dejado de ser una simple palabra que años atrás permitía saber con certeza quién o quiénes eran los que ponían los muertos, es en la actualidad un inmenso laberinto en donde todas las salidas posibles parecen estar taponadas por cada uno de los tentáculos de ese gran “pulpo” en que se ha convertido la violencia.

Ante esa triste realidad, resulta imposible poder determinar a ciencia cierta si los cadáveres que hoy ruedan por campos y ciudades pertenecen a los defensores del Estado, a los grupos subversivos, a los paramilitares, a la delincuencia organizada o común, a los defensores de los derechos humanos, o a una población civil que se cree ajena al conflicto bélico que atraviesa la nación.

Lo cierto de todo es que hoy innumerables madres, esposas e hijos lloran a uno o varios de sus seres queridos, así estos hayan o no participación alguna en la ola de terror y de desangre que impide cada  vez más la consecución de una auténtica paz con justicia social y equidad para un pueblo colombiano ansioso de ella.

El famoso acuerdo de paz firmado entre el gobierno de Juan Manuel Santos y la guerrilla de las Far-Ep, resultó un completo fracaso; por cuanto, la violencia se acrecentó a lo largo ya ancho del país, con los mismos actores, pero con distinto nombre para engañar al pueblo soberano y no perder los “privilegios” que venían disfrutando gracias al narcotráfico en sus diversas manifestaciones.  

Frente a ese desolador panorama  de destrucciones y muertes en que se halla sumido el país se ha perdido el respeto por la persona humana. “Nos volvimos un país animalesco, selva, es decir, reinado del más fuerte, del más astuto”. 

Se asesina indiscriminadamente porque se tiene la convicción que el asesinato de unos colombianos es un bien para otros colombianos.

Tal como se presentan las cosas,  “unas de las partes del conflicto armado parecen afirmar que estamos en una sociedad justa y que sus adversarios están demoliendo esa situación buena; por consiguiente, ellos son injustos y deben ser eliminados para que la justicia se mantenga. De la otra parte, se alega que la situación en que vivimos es de injusticia y que la guerra busca eliminar los elementos injustos para instaurar una sociedad justa”.

Estamos en un tenebroso juego en donde nadie quiere perder ni ceder un milímetro del poderío que se cree ostentar para defender sus privilegios. 

Y así quienes conforman los tentáculos del “pulpo” de la violencia matan con igual saña al viejo enemigo que al transeúnte desconocido. 

Pedir, clamar a gritos para que quienes tienen las fórmulas y mecanismos dentro del ámbito legal que salven a nuestra querida patria, se puede pensar que es tiempo perdido.

Sin embargo, no todo está perdido. La inmensa mayoría de colombianos mantenemos un hálito de esperanza en que se abra un sendero que conlleve a la tan anhelada pacificación de esta herida y resquebrajada Colombia; pero para ello se requiere que todos tengamos una verdadera y auténtica conciencia de  estar dispuestos a defender el Estado Social y Democrático de Derecho para que no caiga en manos de los que hoy se utilizan el mecanismo del “todo vale”, en aras de generar caos, confusión y zozobra a fin de desestabilizar la institucionalidad en beneficio de los  intereses que persigue el socialismo del Siglo XXI. 

Por lo tanto, no podemos ser indiferentes y debemos estar alertas frente al peligro que representa la corriente política del  socialismo del Siglo XXI. Y la única manera de derrotarlo es en las elecciones del 2022, cuando se elegirán tanto congresistas como de presidente de la República, empero  se requiere de buenos candidatos con principios nobles y altruistas,  y lo suficientemente capaces de defender la democracia colombiana para la consecución de una verdadera paz fundamentada en la justicia y no la impunidad. 

@Soluepastas

Publicado: octubre 27 de 2020