En menos de 4 años, el panorama del Centro Democrático tuvo un giro de 180 grados. Como partido de oposición al gobierno de Santos, logró atraer a una inmensa porción de electores que vieron en la colectividad del presidente Uribe el camino idóneo para recuperar el rumbo perdido.

De cara a las elecciones de 2018, el CD adelantó un proceso de selección que desembocó en la nominación de Iván Duque quien sin mayores dificultades se alzó con la victoria.

En la votación para Congreso, el resultado fue óptimo. Con Uribe encabezando la lista al Senado pudieron establecerse como la bancada mayoritaria, y en la cámara superaron las 30 curules.

En estos tres años de gobierno, las cosas cambiaron para el uribismo. Al presidente Duque le ha correspondido lidiar con la peor crisis económica, social y política de la historia reciente. El COVID-19, sumado a la agresividad de la oposición socialcomunista y a la parálisis económica causada por la pandemia, mandaron al traste la plena ejecución del programa de gobierno.

A lo anterior su ha sumado la brutal persecución de que ha sido víctima el presidente Uribe, quien se vio forzado a renunciar a su curul en el Senado para poder concentrarse en la defensa de su honor ante los tribunales nacionales.

Para nadie es un secreto que sin Uribe jalonando la lista al Senado, al Centro Democrático le será casi imposible mantener el número de asientos que hoy posee. Igual, el desgaste del gobierno juega en contra del futuro de ese partido al que muchos terminarán pasándole la cuenta de cobro por los aprietos que ha tenido que afrontar la administración Duque.

No se vislumbra un horizonte alentador. La multiplicidad de precandidaturas presidenciales que no tienen posibilidades reales, en vez de sumarle, le restan seriedad al Centro Democrático. Los políticos tienen derecho a aspirar, pero los partidos tiene la obligación de establecer parámetros y requisitos, precisamente para proteger su mayor patrimonio: la credibilidad.

Hace unos meses, luego de la intempestiva muerte de Carlos Holmes Trujillo, importantes sectores del uribismo plantearon una posible candidatura de Tomás Uribe, alternativa que nació muerta por una razón potísima: el primogénito del presidente Uribe no tiene el menor interés de abandonar su próspera vida de empresario para inmiscuirse en aventuras electorales.

No hay una sola actividad humana que esté libre de tropiezos, reveses y problemas. Mucho menos la acción política, donde los escenarios cambian velozmente. Es el caso de Óscar Iván Zuluaga. En 2014, ganó la primera vuelta. Santos y su fiscal general -que en la práctica ejercía como un policía político- hicieron el montaje del supuesto hacker para torcer el resultado, como efectivamente sucedió.

Durante cerca de 7 años, Zuluaga y su hijo David estuvieron enredados en un proceso penal absurdo que hace pocos días concluyó. Era obvio que el tal hacker fue fruto de una operación criminal planificada por el jefe de la inteligencia del gobierno santista, que contó con el apoyo decidido de los entonces fiscales Montealegre y Perdomo.

Zuluaga está libre de toda sospecha, razón por la que muchos dirigentes del Centro Democrático empiezan a sugerir que sea él quien asuma la dirección política del partido con miras al año entrante.

La realidad de hoy -reflejada en las encuestas- indica que el uribismo no cuenta con el favoritismo ciudadano ganar la presidencia en el 22, lo que no significa que esté por fuera del tablero. Su fuerza electoral es significativa y su presencia en una coalición es más que necesaria. En resumen: el CD no tiene los votos para ganar, pero quien quiera ganar necesita de ellos.

Con el comienzo de la última legislatura que le queda al cuatrienio, el Centro Democrático tendrá que sentarse a analizar con serenidad y pragmatismo las posibilidades -que son escasas- para evitar un colapso en las elecciones venideras.

@IrreverentesCol

Publicado: julio 14 de 2021