Los desafíos que está enfrentado la economía colombiana son enormes.

Por esa razón, el debate y las propuestas sobre su futuro deben ocupar un lugar de preeminencia en la campaña presidencial que se avecina.

No se trata de negarle importancia a ninguno de los temas que los colombianos consideran prioritarios como la seguridad ciudadana, estado del sistema de salud, corrupción, empleo, y educación, entre otros.

Lo que sucede es que si la economía no crece aceleradamente será imposible dar respuesta a las legítimas expectativas de los ciudadanos.

Esa es la base para mejorar los índices de desarrollo humano.

De otra manera, no se podrá estimular la inversión, crear empresas, generar más y mejor empleo, y fortalecer las finanzas del Estado, en virtud de la mayor actividad del aparato productivo.

Una mirada panorámica a la historia nacional nos pone de presente que, así como en el pasado dependíamos del precio del café, hoy en día dicha dependencia es del petróleo.

Se desplomaron los ingresos provenientes de ese recurso y el choque fue brutal.

Las exportaciones, según cifras oficiales, cayeron  en 38.2%, la inversión extranjera disminuyó en 67%, y los ingresos petroleros del gobierno, que representaban el 20% del total, sufrieron una caída del 97%.

Es verdad que se hicieron algunos esfuerzos para controlar el impacto devastador de semejante tsunami económico.

Sin embargo, ninguno de los indicadores que hoy se tienen permite ser optimista, en el caso de que las condiciones actuales sigan existiendo.

La producción en todos los sectores ha caído, las inversiones no repuntan, el ahorro es débil y el consumo sigue deprimido.

De otro lado, la disminución del gasto no es satisfactoria, sigue creciendo la deuda, y los déficits fiscal y de cuenta corriente se encuentran en niveles preocupantes.

Como si fuera poco, la situación internacional tampoco es halagüeña.

El ciclo de las materias primas es muy débil, al tiempo que Colombia enfrenta aquellas dificultades propias de los países dependientes de ellas.

Inquieta mucho la visión que acaba de darnos Joseph E Stiglitz, durante la cátedra que dio con motivo de la conferencia académica inaugural 2017, de la Universidad del Rosario, en el sentido de que el mencionado ciclo puede prolongarse, y se avizoran cambios estructurales en la economía global, que podrían afectar el modelo basado en las exportaciones.

Lo anterior significa que el entorno internacional muestra elementos negativos para al país, además de estar caracterizado por la incertidumbre.

Por otra parte, el famoso “dividendo de la paz”, del que tanto se habla, no caerá como maná del cielo ni producirá efectos redentores inmediatos.

Con la situación fiscal que padecemos, que exige tapar un hueco del 3.6% del PIB, y una reforma tributaria con la que, en el mejor de los casos, se recogerá adicionalmente apenas un 0.6%, a lo que se suma la inflexibilidad de la estructura del gasto público, las decisiones que deben tomarse exigen decisión y audacia.

Por supuesto que hay que controlar lo que gasta el gobierno, bajar el endeudamiento y combatir severamente la evasión.

Pero, lo de fondo es diversificar el aparato productivo colombiano, crear condiciones para estimularlo y fomentar su competitividad.

Cuando se dio el paso hacia la liberalización, el gobierno de la época creyó que la mano invisible del mercado señalaría los sectores que adquirirían la condición de líderes.

Se desestimó en aquellos años la visión asiática consistente en identificar algunos e impulsarlos para convertirlos en verdaderos motores del crecimiento.

La primera visión fracasó, así que es hora de transitar la segunda ruta, lo cual exige la presencia de un Gobierno concertando, facilitando y promoviendo.

Si Carville, quien cambió la agenda del debate político y ayudó a elegir a Clinton, frente a un Bush prestigioso y probado, estuviera a mi lado, exclamaría: diga que “es la economía, estupido”.

@CarlosHolmesTru

Publicado: febrero 20 de 2017