En 3 meses los bogotanos elegiremos al nuevo burgomaestre de la ciudad. La persona encargada de llevar las riendas de la urbe que aporta el 25% del PIB y el 43% del impuesto de renta de todo el País. No es una tarea fácil. En especial, porque no podemos volver a caer en una administración populista que prefiere promover discursos de odios de clases en vez de poner a Bogotá al nivel de una metrópoli internacional -como debe ser-.

Sin embargo, esta decisión no solamente debe tener en cuenta la trayectoria profesional y académica de los candidatos -por supuesto que eso es vital-, sino que, además, hay que observar quiénes son como personas. El “don de gente” que llaman algunos, porque eso determina en buena forma el talante con que gobernarían la ciudad.

Y es en este aspecto donde Claudia Nayibe López pierde todos los puntos. La deslealtad que ha marcado su carrera política y la veleta ideológica en que se ha montado sencillamente expone una desmedida ambición de poder sin principios ni coherencia con una visión de País. Veamos.

En primer lugar, recordemos que López tuvo sus inicios en la política de la mano de la primera alcaldía de Enrique Peñalosa. Sí, Enrique Peñalosa, el gran visionario que ha transformado el desarrollo urbanístico de Bogotá. No obstante, a pesar que buena parte de su éxito electoral se lo debe a las oportunidades que él le brindó hace 20 años, ahora decidió convertirse en su más feroz opositora con tal de subir en las encuestas.

¿Antes le gustaban sus políticas pero ahora no? ¿Qué cambió tanto para que pasara de ser su escudera en la primera vuelta presidencial del 2014 a ser su antítesis en esta campaña?

En segundo lugar, para nadie es un secreto que Claudia Nayibe ha sido acérrima detractora del Gobierno Uribe, a tal punto que lo ha señalado de tener vínculos con el paramilitarismo y este ha sido buena parte de su discurso político.

Sin embargo, si ella estaba tan en desacuerdo con las políticas del Presidente Uribe, ¿por qué aceptó ser contratista del Ministerio de Vivienda cuando él ocupaba la Casa de Nariño? ¿En ese momento -cuando había contratos- sí le gustaba el Gobierno Uribe? ¿Acaso era ella cuota burocrática de Gina Parody -su entonces pareja- en ese Ministerio?

En tercer lugar, Claudia López se ha querido autoproclamar como la cara de la lucha contra la corrupción. La opositora a las prácticas políticas tradicionales. Pero, si esto es así, entonces ¿por qué apoyó irrestrictamente la segunda vuelta de Juan Manuel Santos, donde toda la maquinaria movió cielo y tierra para ganar?

Esta situación, indudablemente, es sumamente curiosa. Ella terminó montada en el bus del Ñoño, de Musa, de Santos, de Vargas Lleras y de la Unidad Nacional. Todas las castas políticas que tanto aborrece, pero frente a las cuales no tuvo el más mínimo escozor de unirse con tal de ganar la Presidencia.

Fue Peñalosista, Uribista y Santista. Ha estado en todos los bandos y unida a todos los sectores. Sin embargo, con tal de salir bien librada en las encuestas abandona a aquellos que le dieron la mano, que le permitieron ser quien es. Ayer militaba en la derecha, hoy en la izquierda y mañana quién sabe.

Bogotá no merece caer en manos de una ruleta ideológica que por el afán de poder no conoce de valores esenciales como la lealtad y la coherencia. La política sin estos principios deja de ser política para convertirse en politiquería barata, acomodada a las coyunturas y sin una visión de País que trascienda las siguientes elecciones y se proyecte en las próximas generaciones.

@LuisFerCruz12

Publicado: julio 31 de 2019