Al menos démonos la oportunidad de librarnos de algunos de nuestros prejuicios; demos, como diría el Papa, ese primer paso.

En estos días tuve una conversación bastante incómoda con una amiga a propósito de la visita del Papa Francisco a Colombia.  Estábamos discutiendo la mejor fecha para hacer una reunión y, al objetarle su propuesta de fecha por coincidir con la visita del Santo Padre al país, me increpó: “¿a quién le importa la visita de ese Papa degenerado?”.

No pude contener mi molestia y tuve que pedirle respeto con la institución y la persona del Papa, así como con las creencias de quienes somos Católicos, nada más y nada menos que unos 1.285 millones de fieles en todo el mundo (ver “Anuario Pontificio”, 2017).

Mi amiga, en lugar de disculparse, empezó a justificarse: “yo también soy creyente, pero ese Papa comunista…”  Entendí porqué muchas veces se dice que en política y religión nadie tiene la última palabra, mucho menos si se combinan las dos, y a veces es mejor evitar este tipo de conversaciones.

Aún así, preferí continuar con la discusión y explicarle mi punto de vista.  Creo firmemente que al Papa Francisco lo mueve el Espíritu Santo, ese mismo que no conoce de razones de Estado, porque su reino no es de este mundo, y que se pondrá siempre del lado de la misericordia de Dios.  Nuestro señor Jesucristo lo sentenció claramente cuando dijo: “al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios” (Lucas 20:25).

El Papa Francisco tiene la particularidad de que habla constantemente de lo divino y lo humano y eso es precisamente lo que lo hace tan popular.  Reconozco que a muchos nos incomodó su abierto proselitismo a favor del “sí” en el plebiscito del pasado 2 de octubre, pero basta tener un poco de sensatez y criterio para darse cuenta de que su rol de líder espiritual le exige abogar siempre por la reconciliación, aún en los escenarios más adversos.

Más allá de cualquier consideración política o religiosa, ¿por qué tratar de “degenerado” al prójimo? ¿Por qué nos cuesta tanto reconocer la grandeza ajena y somos tan mezquinos a la hora de juzgar a los demás? Espero que de algo nos sirva la visita del Santo Padre a nuestra tierra el mes entrante, al menos démonos la oportunidad de librarnos de algunos de nuestros prejuicios; demos, como diría Él, ese primer paso.

Algunos han cuestionado los supuestos altos costos de la visita, otra necedad en medio de un debate que refleja, una vez más, nuestra pobreza mental y de espíritu.

Este asunto me recuerda un libro que leí hace varios años titulado “La culpa es de la vaca”.  En una narración corta sobre los altos costos del cuero colombiano y su baja calidad, un investigador entrevista a los todos los actores involucrados y cada uno de ellos culpa al eslabón productivo inmediatamente inferior.  Cuando se acabaron las justificaciones, llegaron a la conclusión de que la culpa era indefectiblemente de la vaca.  Así nos pasa ahora, queremos culpar de nuestra desgracia y mediocridad al chivo expiatorio de moda: el Papa Francisco.  Por eso será que Él mismo nos pide que recemos tanto por Él, lo hago en este momento.

Dios nos ampare y bendiga al Papa en su visita a Colombia.

@jjUscategui

Publicado: agosto 28 de 2017