La ingratitud es, de lejos, uno de los defectos de carácter que causa más repulsión. Y aquello se pudo comprobar cuando al poco tiempo de haber sido liberada por la Fuerza Pública colombiana, el país fue notificado de una demanda presentada por Íngrid Betancourt contra el Estado, al que ella responsabilizaba por su secuestro.

La fogosa exsenadora estuvo encadenada en la profundidad de las selva durante seis años y medio y la responsabilidad de aquel execrable crimen recae única y exclusivamente en la banda terrorista de las Farc.

Desde el mismo instante de su plagio, a comienzos de 2002, el Estado, primero bajo el gobierno de Pastrana y luego en el del presidente Álvaro Uribe, realizó toda suerte de gestiones para procurar su liberación.

En un momento, el presidente francés de la época, Nicolás Sarkozy aseguró que liberando al denominado “canciller” de las Farc, alias Rodrigo Granda se facilitaría el retorno de Íngrid Betancourt.

El gobierno colombiano, de buena voluntad, permitió que Granda, narcotraficante, secuestrador y asesino, saliera de prisión. No obstante, las Farc no se inmutaron y continuaron con la señora Betancourt en su poder.

Vino entonces la célebre Operación Jaque, la cual fue planificada por el ejército nacional. Sin disparar un solo tiro, Betancourt y otras 13 personas recuperaron la libertad. Era deber del Estado colombiano traer de vuelta a las personas que miserablemente habían sido secuestradas por la guerrilla terrorista.

Uribe autorizó dicha operación, sabiendo que si salía mal su gobierno se iría al traste y seguramente la historia lo iría a castigar implacablemente. No hizo ningún cálculo y seguramente no esperaba ni el aplauso ni la gratitud de los liberados.

El resultado es que un grupo de colombianos y norteamericanos que estaban condenados a morir en la profundidad de la manigua, pudieron volver a sus hogares.

Nadie reclama que la señora Betancourt se convierta en militante del uribismo como gesto de gratitud con el presidente que la liberó de las ignominiosas cadenas que le pusieron las Farc.

Pero lo que sí resulta insólito es que 24 horas después de que el cabecilla de esa guerrilla terrorista, el extraditable alias Timochenko anunciara que las Farc votarán en la segunda vuelta por Gustavo Petro, Íngrid Betancourt haya hecho un anuncio en el mismo sentido.

En virtud de la adhesión de Timochenko, en la práctica el candidato de las Farc es Gustavo Petro.

Así pues, Íngrid Betancourt hará campaña y votará por el aspirante presidencial de quienes fueran sus secuestradores y torturadores.

Primero intentó demandar al Estado que la liberó y ahora anuncia que votará por el candidato que se ganó el voto y el respaldo de las Farc. Contradicciones que confirman que el honor y la dignidad son dos valores con los que no cuenta la señora Íngrid Betancourt.

@IrreverentesCol

Publicado: junio 7 de 2018