Hace mucho tiempo era muy de uso en la crónica política colombiana la palabra “zambra”, para indicar que en una corporación de elección popular se había producido un jaleo, una pelea a puños o, incluso, un intercambio de disparos. Las zambras eran episodios del día a día del congreso, asambleas departamentales y concejos municipales. 

En otros tiempos los congresistas podían ingresar al Capitolio armados y adentro tenían permitido consumir alcohol. Esa “cultura” desembocó en hechos que abochornan la historia de Colombia, como la zambra del 8 de septiembre de 1949. Ese día, un debate sobre el régimen electoral desembocó en una balacera. Murió el congresista Gustavo Jiménez y quedó mortalmente  herido Jorge Soto del Corral.

Parece que con la anómala llegada de los terroristas del las FARC al Congreso de la República, volvieron las viejas y peligrosas prácticas de las borracheras parlamentarias, que, ojalá, no desemboquen en las peligrosas zambras que creíamos extinguidas. Debe saberse que existe una especie de voto de confianza que hace que los parlamentarios nunca sean requisados dentro del capitolio.

¿Por qué el temor a nuevas zambras? Resulta que el pasado martes 10 de diciembre, el “honorable senador de las FARC”, alias Pablo Catatumbo, llegó completamente borracho a la sesión plenaria, como lo comprueba el video que publicó un portal especializado en noticias del congreso, TNN@.

Esas borracheras de alias Pablo Catatumbo no son cosa nueva. Siendo guerrillero, su ebriedad consuetudinaria desembocó en tragedias como el secuestro de doce diputados del Valle del Cauca -abril de 2002- y la posterior orden -junio de 2007- de masacrarlos. 

En 2011, el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos (IISS), un respetado centro de pensamiento británico, lanzó el libro El dossier de las Farc: los archivos secretos de ‘Raúl Reyes’. Fue una reveladora investigación independiente, basada en la información de los computadores, discos duros externos y memorias USB del terrorista Raúl Reyes, recuperados el primero de marzo del 2008, tras el bombardeo contra su campamento. 

Ese libro develó cómo había ocurrido el crimen de los diputados. Catatumbo en sus delirios alcohólicos, creyó que estaba siendo atacado por el ejército y ordenó asesinar a los once diputados hacinados en su campamento. El libro documenta el intercambio de órdenes y opiniones que se cruzaron entre sí los miembros del Secretariado, que comprendieron, a las primeras de cambio, que Catatumbo les estaba mintiendo; que no había habido tal ataque del ejercito sino la alucinación o el ‘delirum tremens’ de un beodo.

Alias Monojojoy fue el crítico mas directo de ‘Catatumbo’ y de sus mentiras. Palabras más, palabras menos, dijo que todo había sido una gran “embarrada” de Catatumbo y  que tarde o temprano la verdad se iba a saber. Por eso Jojoy aconsejó decir la verdad en lugar de continuar con el sartal de mentiras.

Ese escepticismo e incredulidad de Jojoy y sus cómplices del Secretariado respecto a Catatumbo tenían como fundamento ciertos antecedentes “disciplinarios”. En la VIII Conferencia de la banda armada, celebrada en 1993, se le acusó de “comportamientos y vicios burgueses”, una manera eufemística de decir que Catatumbo era un alcohólico irremediable.  

Según el draconiano, cruel y sanguinario reglamento de las FARC, Catatumbo debió ser asesinado -o fusilado según se decía en el retorcido lenguaje comunista de las FARC-. Sus camaradas, por una vez, optaron por la clemencia, esa que nunca tuvieron con los niños enrolados a la fuerza que cometieron faltas infantiles o que se durmieron estando de centinelas. A ellos sí los fusilaron por millares. La sanción de Catatumbo fue amonestación y la suspensión por un año en las funciones como miembro del Secretariado.

Ahora Catatumbo, representante legal del partido FARC y jefe de su bancada en el congreso, ha vuelto por sus fueros y ha violado todas las normas de disciplina. La Mesa directiva del Senado, su Comité de ética y la Procuraduría tienen la palabra.

@IrreverentesCol

Publicado: diciembre 16 de 2019