Faltan dos semanas para acabar de una vez y por todas esta larga y accidentada campaña política. Para el Centro Democrático, el camino ha sido tortuoso, colmado de dificultades y de retos.

En efecto, la campaña presidencial uribista empezó el mismo instante en que Juan Manuel Santos, favorecido con el dinero corrupto de Odebrecht, logró reelegirse en 2014.

Siguiendo el ejemplo del presidente Uribe, el Centro Democrático se dio a la tarea de adelantar una campaña permanente, en diálogo directo con la ciudadanía y construyendo su programa de gobierno oyendo las opiniones de la comunidad.

Esa fue la forma como Iván Duque empezó a estructurar su campaña presidencial. Sin dejarse amilanar por el bajo reconocimiento de su nombre, acompañado por muy pocos parlamentarios del Centro Democrático, comenzó a recorrer distintos puntos de la geografía nacional para adelantar talleres con los ciudadanos.

Luego vino la campaña plebiscitaria, donde los desequilibrios eran evidentes. El gobierno abusó de su poder y del presupuesto público para hacer campaña a favor del SI; los grandes medios de comunicación, receptores de importantes dosis de mermelada, se emplearon a fondo para promover el voto a favor de la ratificación del acuerdo entre Santos y el jefe terrorista, alias Timochenko.

Los promotores del NO, encabezados por el presidente Uribe e Iván Duque, hicieron una campaña austera, con muy pocos recursos. Mientras el gobierno invertía ingentes cantidades de dinero en propaganda, el uribismo se dedicó a evidenciar los abusos, arbitrariedades, impunidad y desmanes contenidos en ese acuerdo.

Santos, apoyado por senadores como Armando Benedetti –que ofreció fusilar a quienes votaran por el NO- y Roy Barreras –promotor de la tesis de que los electores del NO eran enemigos declarados de la paz-, urdió un plan para acabar de una vez y para siempre al uribismo.

Según sus cuentas, que venían respaldadas por unas encuestas amañadas, el SI obtendría alrededor del 70% de los votos. Aquel resultado, además de legalizar la entrega de la democracia colombiana a las Farc, se constituiría en la partida de defunción del uribismo.

Pero la ciudadanía no se dejó manipular por el gobierno. La campaña de Uribe y Duque dio resultado. Aquel 2 de octubre, más de 6.4 millones de colombianos concurrieron a las urnas para decirle NO a ese acuerdo.

La participación ciudadana fue fundamental para enfrentar democráticamente los abusos de Juan Manuel Santos.

Ahora, viene una segunda vuelta y le corresponderá al electorado decidir cuál será el destino de Colombia. Hay dos alternativas: la de la democracia, la libertad y las garantías que defiende Iván Duque, o el camino cierto hacia el totalitarismo populista que encarna el candidato chavista, Gustavo Petro.

No hay alternativa distinta. Mucho valor tendría el voto en blanco si los dos candidatos en segunda vuelta fueran personas afectas y garantes de los principios democráticos. Pero en este caso la situación es distinta, razón por la que los colombianos están en el deber de votar masivamente por la defensa de nuestros valores republicanos.

Hasta ahora, Colombia ha sido tierra infértil para la tiranía. En los años 70 y 80 del siglo pasado, cuando en la región imperaban las dictaduras, nuestro país se mantuvo firme en la democracia. Luego vino el germen del denominado socialismo del siglo XXI que contaminó a buena parte de nuestro subcontinente. Los efectos fueron nefastos. Un país próspero y rico como Venezuela, fue llevado a la más absoluta ruina económica y social, hasta el punto de convertirlo en lo que es hoy en día: un Estado fallido.

Buena parte de las naciones que sucumbieron ante ese mal, se han podido sacudir y regresar por el camino de la democracia y la libertad. Ahora, la amenaza se cierne sobre Colombia. Gustavo Petro es el camino seguro hacia el castrochavismo. Su programa de gobierno es incompatible con los valores democráticos y eso debe ser entendido por los colombianos que están llamados a votar el próximo 17 de junio en la segunda vuelta.

El voto en blanco no es el camino, como tampoco lo es la abstención. El pueblo, que es soberano, tiene en sus manos el destino de nuestro país. Está en sus manos decidir si recuperamos a Colombia o si, por el contrario, la entregamos al nefando socialismo castrochavista.

@IrreverentesCol

Publicado: junio 5 de 2018