La prolija obra de John Maynard Keynes, “teoría general de la ocupación el interés y el dinero” que se dio a conocer al mundo en 1936, es, con justa causa, el epicentro del funcionamiento del sistema económico, sobre el que se plasma el devenir en un marco circunstancial de pleno empleo y políticas de Estado laxas respecto del incremento del gasto a cualquier costo “futuro” posible.

84 años después, su obra sigue vigente y cada que la economía entra en un proceso oscuro de desaceleración, donde los ciclos económicos son afectados por choques externos, en el peor de los casos, desconocidos, como pasa actualmente en el mundo entero, se consulta con esperanza, la fórmula Keynesiana para salir de la encrucijada.  Cierto es, que, en condiciones de alto desempleo y penuria económica, dirigirnos a la política fiscal es el camino más rápido y justo para sobrellevar el calvario de lo que se conoce como crisis económica.

No obstante, de lo anterior, Keynes, también vio la posibilidad de acomodar las circunstancias macroeconómicas de un país en crisis, hacia la recuperación de su mercado, en condiciones de pleno empleo, con efectos directos en la demanda, si la población tiene suficiente liquidez, es probable que se elimine el exceso de incertidumbre sobre el consumo interno, manteniendo la producción a flote, al tanto que se recuperan los mecanismos de oferta para controlar el desequilibrio.

Pues bien, parafraseando la frase “en el largo plazo estaremos todos muertos” implica referirnos a un escenario donde la intervención del Estado, sea lo suficientemente grande como para equilibrar los eventos destructivos causados por la crisis, y en ese escenario juega un papel preponderante el empleo, pero al mismo tiempo, las expectativas de los consumidores, lo cual nos lleva a otro escenario, aquel que se da, cuando los motivos de transacción de los individuos son opacados por el riesgo que implica gastar hoy, y tener mañana. Tres motivos fundamentales por los que reacciona la demanda y que son: el motivo transacción, el motivo especulación y el motivo precaución. Los dos primeros funcionan muy bien cuando la economía marcha correctamente, pero el motivo precaución solo funciona en la medida que el ahorro tanto del Estado como de las personas sea lo suficientemente grande como para permitirnos una historia de paro, sin restricciones al consumo.

Precisamente, el ahorro es una magnífica forma de solucionar transitoriamente una situación penosa, pero acaba teniendo un costo social elevado, pues profundiza la brecha entre ricos y pobres, de manera tan álgida, que el consumo de transforma en una medida de criterio marginal, donde a grandes rasgos, consumir, se vuelve un lujo. De ahí, que el Estado tenga una intrincada relación en la función de consumo de sus habitantes.

Lo anterior se explica, porque estamos en una situación donde naturalmente, todos queremos la solución más pronta y de más grueso calibre en la mejora del bienestar, el empleo y los ingresos a cualquier precio posible, no obstante olvidamos la mitad de la teoría; porque, si queremos todo al mayor precio posible para el Estado, pero al menor costo para la población, difícilmente la política fiscal a través de la expansión del gasto pueda tener los resultados esperados para sobrellevar la crisis.

En este escenario, hoy, como en las crisis del 98 y del 2008, volvemos a ser keynesianos, miramos hacia el Estado con la petición conjunta de, aumentar el gasto social inmediatamente para contener hambrunas futuras y el desplome generalizado de toda la economía. Sería acertado en todo caso, que para una economía cerrada esto pueda funcionar, sin embargo, el problema se halla cuando la economía es interdependiente, ampliamente abierta y con un nivel de inversión tan sofisticado como para declarar una nueva batalla a la deuda y al financiamiento externo.

Con todo lo que implica hoy la política fiscal, sobre sale un estado crítico a esta, y tiene que ver directamente con el desbordamiento del déficit y la proyección del gasto futuro, es un costo que hay que asumir y que con certeza tiene que ver con la fórmula de Keynes para mantener condiciones favorables en la demanda y prevenir el deterioro de los ingresos en los habitantes, sobre todo, porque la aplicación de una política contra cíclica tienen sus mejores efectos en el corto plazo, ya en el largo, tienden a cambiar las expectativas y sus resultados comenzarán a esterilizarse.

Ahora bien, dicho lo anterior, el Gobierno nacional ha retomado la senda de la expansión del gasto, ha invocado las cláusulas de la regla fiscal que le permiten aumentar el déficit, ha llevado a cabo el funcionamiento de programas de emergencia como el FOME y el PAEF y ha fortalecido los programas de transferencias monetarias no condicionadas, por lo tanto, hemos vuelto a la fórmula Keynesiana, esperando que el nivel de ocupación también se recupere. No obstante, en el pasado, hablábamos de una economía cuyo efecto en el sector real había sido causado por un efecto conocido que provenía de situaciones de desplome naturales en la economía, pero, esta vez, hablamos de un efecto desconocido que proviene de un escenario mundial donde todo el planeta está detenido, atrapado en la burbuja de la incertidumbre.

Así, es de esperar, que este gobierno, que acudió en forma rápida a expandir el gasto en la población y en la industria, tenga un reto inimaginable, en la acomodación de la política fiscal contra cíclica y se encuentre ante un contexto del cual saldrán escenarios futuros de estabilidad económica, muy positivos desde el lado del empleo y el ingreso. Pero hay que aclarar que la población no puede caer en el circulo vicioso de la desinformación, pues contrario a ver un Estado que hace todo lo posible por sus habitantes, terminan favoreciendo una visión populista, increíble de llegar, insostenible para la realidad económica y social y con un alto costo futuro.

De Keynes, hasta aquí, debemos aprender que la ocupación, el interés y el dinero tienen una función altamente correlacionada con el bienestar económico y solo funciona si el Estado es lo sufrientemente capaz como para intervenir con el gasto en forma casi perfecta, logrando focalizar los recursos hacia la población, pero al mismo tiempo conteniendo el desplome de la producción.

No es fácil, y la respuesta no se halla en la inmediatez o en la crítica severa contra el Gobierno, hay que moderar el discurso populista y pensar que generar bienestar para 45.6 millones de colombianos, es una tarea que está haciendo el Estado y que en este momento no contamos con algo tan funcional y capaz como la política fiscal expansiva. Más adelante vendrán los efectos de la política monetaria y las reacciones de la política comercial. El Estado de bienestar sigue tan vigente, como la obra de Keynes.

@CIROARAMIREZ

Publicado: julio 2 de 2020