La sociedad colombiana es proclive a las dramatizaciones y exageraciones. El caso de la tal Ñeñe Política, ha estado cargado de especulaciones, verdades aumentadas y muchísimas mentiras. La primera de ellas: que el presidente Duque compró los votos que lo llevaron a la presidencia de la República en 2018.

Hay que hacer referencia a la señora María Claudia Daza, quien se venía desempeñando como integrante de la unidad de apoyo legislativo del señor presidente Álvaro Uribe, y quien tuvo que renunciar a su cargo, luego de que el exmandatario de Colombia, revelara que conoció una versión sobre la cercanía de Daza con el señalado Ñeñe Hernández, tesis que lo obligó a escribir un trino en el que textualmente dijo: “Periodista confirma que la transcripción corresponde a Caya Daza, de mi UTL, que se cotejen los audios. De parte de ella, sería un abuso mayor con el presidente Duque y su transparencia, y con mi persona que he luchado con toda pulcritud”.

Quienes han tenido el privilegio de conocer al presidente Álvaro Uribe Vélez, saben que él no es un hombre que se deje llevar por el calor de las emociones para emitir prejuzgamientos, mucho menos hacia quienes tienen cercanía política o personal con él. 

Uribe, ha dado sobradas muestras de lealtad hacia sus compañeros de brega política. Al decir popular, él ha puesto el cuero por su gente, sin hacer cálculos de ninguna naturaleza. 

Así de grave y delicada es la versión conocida por él, que se sintió con la obligación de comparecer ante el país, con el propósito de fijar posiciones claras, empezando por la de defender la verticalidad, transparencia, honorabilidad y legitimidad de la elección del presidente Duque, mientras marcaba distancia de Daza Castro. 

Que nadie se llame a engaños: la campaña de Duque no compró votos. El uribismo, es una corriente política que cabalga sobre las ideas y no sobre los bultos de dinero, como los que tanto seducen a Gustavo Petro. 

Ahora bien: si en efecto llegara a comprobarse lo hablado por el Ñeñe y la señora Daza, esos recursos claramente no ingresaron a la campaña, tal y como lo certificó el gerente de la misma, Luis Guillermo Echeverri. Ese eventual dinero tampoco fue utilizado en actividades proselitistas, pues los mismos dirigentes uribistas de La Guajira, han certificado la austeridad que se registró en aquellas elecciones.

Entonces, ¿dónde quedó la plata? La respuesta salta a la vista de todos, pero tendrán que ser las autoridades judiciales las que ordenen los respectivos análisis contables y financieros con el fin de determinar realmente cuánto se recogió y en manos de quién o quiénes se quedaron esos recursos. No es descabellado evaluar la hipótesis de que todo esto se trata de una empresa criminal en la que participaron personas cercanas al uribismo y que, abusando de la personería jurídica de la campaña Duque Presidente, recaudaron dineros en efectivo, los cuales fueron literalmente robados. 

Quienes hayan violado la ley, tienen que recibir el castigo proporcional a su falta. Pero hasta que la justicia no diga la última palabra, aquellos que sean involucrados en las indagaciones, incluida la señora Daza Castro, deben ser tratados con el respeto que merece una persona que se presume inocente. 

Es claro que esta situación ha causado un brete que asoma en un momento de especial dificultad. Además de la debilidad política del gobierno, está la crisis económica global de la que Colombia no es ajena. El presidente Duque, sabrá adoptar las medidas necesarias para salir de este episodio lo menos lesionado posible, porque independientemente de la gravedad de la situación, hay algo que es cierto y que no se puede negar: él es un hombre decente, que jamás cohonestaría una operación de corrupción, mucho menos algo que tenga relación con la compra de votos, una práctica sucia y deleznable que riñe con el código moral de los doctores Duque y Uribe, cerebros y motores de la campaña que le devolvió el poder al uribismo en 2018.

@IrreverentesCol

Publicados: marzo 11 de 2020