Pocas figuras políticas se han desdibujado más que Juan Manuel Santos. Logró hacerse elegir en el 2010 en medio de una gran aceptabilidad producto de su promesa de continuar con la exitosa gestión del presidente Álvaro Uribe Vélez. Ya se había hecho lo difícil, que era trazar el camino y establecer una forma de gobernar que por primera vez funcionaba para Colombia, país que lamentablemente se había convertido en el “dealer” de drogas del mundo.

Juan Manuel, a secas, como se hizo llamar en campaña, no ahorró palabras y elogios para Uribe. En campaña decía cosas como: “Presidente Uribe, gracias por el legado, gracias por entregarme la posta, gracias por ser el mejor Presidente de Colombia”… “tengo un compromiso con usted, presidente, y con el pueblo colombiano no solo mantener sino perfeccionar y por supuesto mejorar dicho legado para que la prosperidad sea una realidad de todos los colombianos…para lograr que todos los colombianos tengan trabajo y mejores ingresos. Con la misma humildad que yo recibo el mandato Uribista, recíbanme ustedes en sus corazones, acompáñenme con sus luces y su trabajo.” (aplausos).

Ninguno de esos aplausos se habría producido si Santos hubiera dado luces de su verdadera intención: arrasar con el legado de Uribe y crear uno propio alimentado de su necesidad egomaníaca de ser superior a Uribe. Durante sus primeros 4 años de mandato, se dedicó, como si fuera una tarea, a destrozar todo lo que tuviera que ver con el Uribismo. Se trataba no sólo de destrozar la obra de Uribe, sino la manera de hacer las cosas. Santos, se enajenó del pueblo y no continuó con los consejos comunitarios, a mi parecer porque no tolera el contacto con la gente del pueblo. Descuidó la seguridad del país, para crear la ilusión de que estábamos sitiados por la guerrilla y que la única opción que teníamos era rendirnos ante todas sus peticiones para que dejaran de matarnos. Por si eso fuera poco, se ferió la bonanza del petróleo, gastándose nuestro dinero a dos y tres manos. Se amistó con los dirigentes de Cuba y Venezuela, dándoles un peligroso guiño internacional. Al sector empresarial lo abandonó, lo utilizó para hacerse reelegir con su campaña de “Soy Capaz”, para después hacer una reforma tributaria que ha afectado el bolsillo de los colombianos disminuyendo el consumo que hoy afecta a ese “capaz” sector empresarial (las cifras lo dicen, no yo). Adicionalmente, utilizando al más nefasto fiscal que ha visto Colombia, el señor Montealegre, le montó la cacería a la oposición, es decir, a esos mismos que hace unos pocos años se esforzaron por llevarlo a la presidencia. Así transcurrieron los primeros cuatro años de la presidencia de Juan Manuel, así, como un mico en un pesebre que destroza sin escrúpulos todo lo que se le atraviese.

 

Después, comenzó su campaña para la reelección atacando con ferocidad al Uribismo y en esa oportunidad, no ahorró palabras para descalificar a Uribe y a todo el que lo rodeara. Poco le importó que una porción importante del país creía en el legado de Uribe y dividió al país. En ese momento empezó la verdadera polarización del país entre los mal llamados guerreristas y pacifistas. Los primeros conformados por aquellos que creemos que la única forma de tener paz es con justicia respetando reverencialmente las instituciones, y los segundos conformados por aquellos que dicen que la paz todo lo vale. Durante esa campaña, Juan Manuel trató de acercarse al pueblo de nuevo y a raíz de ese acercamiento lo rebautizaron Juanpa porque una viejita de 85 años dijo que ese “man” le iba a regalar una casa. (¿Qué será de la vida de la viejita?).

Los tomadores de pelo de las redes sociales transformaron el Juanpa por Juhampa, por razones que resultan obvias. Recientemente Santos visitó al presidente Trump en Washington. Trump, que ya venía prevenido por los congresistas republicanos, el gobernador de la Florida y los presidentes Uribe y Pastrana sabía que Santos llegaría con toda la intención de vender el Plan Paz (la excusa para utilizar el dinero del Plan Colombia para costear en parte el tal post conflicto). La agenda de Santos se le vino al traste, en vez de Plan Paz, Trump lo increpó por el aumento de los cultivos ilícitos. Y en vez de felicitarlo por su liderazgo en la región le planteó el problema de Venezuela dejando entrever que el guiño de Santos había abonado al crecimiento de ese monstruo llamado Maduro. CNN que cubrió la rueda de prensa de Trump con Juhampa traducía Santos por Sánchez. Así de relevante es Juan Manuel Santos en el escenario internacional que tanto le trasnocha.

Juhampa Sánchez logró deconstruir un nuevo país, su legado será unas cifras económicas deplorables, un crecimiento desmedido de la inseguridad, unas fuerzas armadas desmoralizadas, una justicia sin credibilidad y sin resultados, una desinstitucionalización jamás vista y unos niveles de corrupción galopantes – nos hizo trizas –. Su legado se resume en un país sediento de cambio para retomar el rumbo que de manera irresponsable abandonó en el 2010.

@ANIABELLO_R

Publicado: mayo 26 de 2017