Jean Guitton (1901-1999) fue uno de los pensadores franceses más interesantes del siglo XX. Él mismo decía que era el último de los pensadores católicos en su país. Hizo parte, en efecto, de una pléyade intelectual que agrupó a personajes de la talla de León Bloy, Charles Péguy, Jacques Maritain, Étienne Gilson, Maurice Blondel, Francois Mauriac, Emmanuel Mounier, Paul Claudel, Claude Tresmontant, Michel Villey, Olivier Messiaen  y otros más que dieron a través de sus creaciones testimonio vivo de su fe católica.

Guitton se formó en la escuela laica que impuso la III República, hizo sus estudios de Filosofía en la Normal Superior, ascendió en su carrera de profesor desde los liceos y las universidades provinciales hasta llegar a la Sorbona, la Academia Francesa y el Instituto. Estuvo preso durante la guerra en una cárcel alemana. El presidente Mitterrand lo distinguió con la Legión de Honor. El papa Pablo VI, de cuya amistad íntima gozó, lo invitó a participar en el Concilio Vaticano II. Disfrutó de la cercanía de Bergson, del que fue no sólo discípulo, sino ejecutor testamentario, encargado de la custodia de sus escritos. Publicó 54 libros, el más importante, a su juicio, “La Existencia Temporal”, que leí en mi juventud, y el más exitoso, “Dios y la Ciencia”, amén de unos 300 opúsculos. Pasó la vida pensando, escribiendo, enseñando y dando testimonio de su fe. Se distinguió, además, como pintor.

Pues bien, a la edad de 96 años, con ciertos impedimentos físicos, pero dueño de una envidiable lucidez intelectual, dio a la luz “Mon Testament Philosophique” (Presses de la Renaissance, París, 1997), en  el que nos brinda sus ideas fundamentales, no en forma de ensayo, sino diríase que novelada, en un relato no exento de gracia que anticipa sus horas finales, su muerte, sus exequias y su comparecencia  ante el Supremo Juez, y en el que van desfilando como visitantes y testigos el Maligno, Pascal, Bergson, Pablo VI, el Greco, Senghor, De Gaulle, Sócrates, Blondel, Dante, Santa Teresa de Lisieux y Mitterrand.

La descripción de esos encuentros es exquisita. 

La inesperada visita del Maligno lo tienta con la duda, que estimula el uso de razón. Sí, he dudado, le dice Guitton, pero dudo de mi duda. Es un episodio que trae a la memoria el del tercer tentador de “Asesinato en la Catedral”, de Eliot, que le ofrece a Beckett la corona del martirio, a lo que el Arzobispo responde de modo desafiante:”¿Quién eres tú, que me tientas con mis propios deseos?”

Con Pascal dialoga acerca de la naturaleza y las modalidades de la religión, así como sobre su creencia en Dios. El punto de partida es la convicción que todos abrigamos sobre el Absoluto, que puede ser concebido como impersonal, según lo postula el panteísmo, o personal, como lo creemos los teístas. El desarrollo de su pensamiento es análogo al que ofrece Claude Tresmontant en “Cómo se plantea hoy el problema de la existencia de Dios”, que parte de la distinción entre el Ser Necesario y el Ser Contingente, para llegar a la conclusión de que ninguno de los sustitutos que urdimos para negar a Dios está dotado de la cualidad de que no puede no ser.

Con otros visitantes dialoga sobre por qué es cristiano y, en particular, católico. Es precioso su diálogo imaginario con Bergson, que a la argumentación del moribundo Guitton sobre los milagros, le responde: los dos grandes milagros son las apariciones del amor y el perdón “dans ce monde glacé” (p. 69).

Esos diálogos imaginarios versan sobre diversos tópicos que atrajeron las inquietudes intelectuales de Guitton. Destaco el diálogo final con Mitterrand, que quizás sea, como los diálogos con Pablo VI que leí hace poco, fiel reconstrucción de un intercambio  efectivo de opiniones sobre la libertad, la moralidad, la vocación,  el destino, el infierno. Mitterrand tuvo una formación católica que después abandonó, como tantos otros. Pero al final de su vida, aquejado por un cáncer terminal, se acercó a la imagen de Santa Teresa de Lisieux, la que conocemos como Santa Teresita del Niño Jesús, en la que encontró apoyo para entregar su alma al Creador. Los dos, Santa Teresita y el Presidente, comparecen como testigos en  el juicio que imagina Guitton que definiría la suerte de su alma para toda la eternidad.

La eternidad y la temporalidad, que fueron dos de los grandes temas que abordó a través de su fecunda vida intelectual que se nutrió de las enseñanzas de Platón, Aristóteles, Plotino, Pascal, Bergson, y, sobre todo, San Agustín.

Jesús Vallejo Mejía

Publicado: julio 23 de 2021