Enseñó don Gaspar Astete que el cuarto mandamiento de la ley de Dios es honrar a padre y madre; pero extendió él el concepto de Padre a todos los “mayores en edad, dignidad y gobierno”. Aunque predico de Jaime Jaramillo Panesso la irrevocable condición de amigo, nunca olvidé ni soslayé en el trato personal, que su condición era la de superior y jefe. Siempre quise y supe honrarlo, como manda Astete.

Jaime era autoridad encarnada. Corren muchas fotos y videos suyos, riente o, por lo menos, sonriente. Su autoridad era alegre como él; suave, didáctica, dialéctica, democrática. La autoridad del sabio.

¡Tantos caminos recorridos juntos desde los años setenta cuando lo conocí! Él fue quien nos convocó en Antioquia a la fundación del Comité de defensa de los derechos humanos, primero, y más adelante, del movimiento político ‘Firmes’. 

Jaime hacía parte de una élite de intelectuales y políticos de la izquierda colombiana, que fundaron con él el Comité y ‘Firmes’. Y muchos antioqueños concurrimos a acompañar su llamado.

Después de más de un lustro de esfuerzos oposicionistas, de vicisitudes en la vida profesional, de episodios terribles de la vida nacional como el fracaso del ingenuo proceso de paz del presidente Belisario -a quien, ingenuamente, también, nosotros acompañamos con entusiasmo- y de su triste epílogo, el holocausto del Palacio de Justicia; lo que debía ocurrir, según la naturaleza de las cosas en ese momento, 1985, era la disolución de ‘Firmes’. Ello habría conllevado, seguramente, un abrazo y un amistoso adiós con Jaime. Pero el maestro Molina y Jaime concibieron otro proyecto para el pequeño núcleo de dirigentes en el departamento, un hecho que nos unió de manera indeleble. Conscientes de que ‘Firmes’ padecía ya su (muy acelerada) disolución, Molina y Jaime se propusieron mantener cohesionado el grupo de Antioquia, fusionándolo con el sector encabezado por un joven (35 años) dirigente liberal, Álvaro Uribe Vélez, quien iniciaba una campaña al senado cuya plataforma se sintetizaba en la palabra “democratización”.

En enero de 1986, en Medellín, en la modesta sede del Directorio Liberal de Antioquia, Sector Democrático, firmamos el acuerdo. Recuerdo la casa atestada de público jubiloso; recuerdo al negro “Jornada” -bautizado así porque en 1948 recorría la ciudad voceando a grito limpio el periódico de Gaitán-, que abrazó a Molina, mito viviente para los viejos liberales, pues fue él la primera y más calificada pluma del ideario de la izquierda liberal; recuerdo a la vieja Susana que besó a Jaime, el líder ‘anapista’ con quien se reencontraba en el directorio de Álvaro Uribe.

Hace poco, el ex presidente de Uruguay, Julio María Sanguinetti, contó en la revista Bocas que, en un almuerzo en México, le había preguntado al nobel, García Márquez: ¿Y Colombia, maestro?, y que para su sorpresa, Gabo le había dicho: “Mire, yo pienso que Colombia precisa un tipo con huevos, y ese hoy es Uribe”. Y asegura Sanguinetti que Gabo “ayudó a Uribe en un intento de pacificación con el ELN, cuando recurrió a él para hacer un puente con Fidel”. Y remata: “Me sorprendió, pero esa era su opinión en ese momento. Cuando se mira en perspectiva parece algo llamativo”.

Pues ahí, en la sombra, desarrollando con Uribe una propuesta que caló tan hondo, hasta el punto que hacer hablar así al nobel; una propuesta que ganó la voluntad mayoritaria de los colombianos, estaba Jaime.  Su aporte ideológico a la formulación de la política de Uribe, esa por la que -según Sanguinetti, García Márquez le dijo que quería votar, fue sustancial. Sí. En la formulación de la “Seguridad Democrática”, que así se llamó esa política, Uribe tuvo un compañero invaluable: Jaime Jaramillo Panesso.  

En 1995, Uribe, Gobernador de Antioquia, y Jaime, su asesor, publicaron un escrito memorable, “Política de Paz y Convivencia”, que ya contenía los fundamentos de la doctrina de la Seguridad Democrática: seguridad con política social; seguridad con participación ciudadana en la gestión de los recursos; seguridad con libertades ciudadanas; seguridad con protección a los opositores… 

Algunos comentarios y una anécdota de Jaime confirman que García Márquez conoció el documento y simpatizó con el principio del ejercicio firme de autoridad que enarboló Uribe como senador, como gobernador, como presidente. “Mano firme, Corazón grande” fue la consigna de Uribe que sintetizó la idea ‘hobbiana’ de la seguridad como principio fundante de la libertad y de la democracia, garantía de la riqueza social y del bienestar de los ciudadanos. Era una consigna imbatible y así lo entendieron muchos. Un día recogí a Jaime en el aeropuerto. Llegaba, me dijo, de reunirse privadamente en Panamá con García Márquez y el gobernador Uribe. El nobel, compañero de Jaime en la  fundación de “Firmes” (partido del que, además, Gabo fue mecenas), disfrutaba del diálogo sincero con Uribe en quien veía la salida al insufrible problema que había creado el Partido Comunista, con la complicidad ingenua e idealista de la izquierda: las FARC y el ELN, y de su contracara, igualmente nefasta, las AUC.

Pero la diferencia entre Jaime y la mayoría de la izquierda, incluído el nobel, fue que Jaime decidió enfrentar al terrorismo no solo de palabra sino de obra. Fue intransigentemente consecuente con su diagnóstico. 

García Márquez escribió en 1992 un manifiesto dirigido a las dos organizaciones terroristas, que llevó la firma de otros intelectuales. La consecuencia necesaria de firmar semejante página debía ser un rompimiento y la total insumisión y ninguna componenda con las FARC y el ELN. En mi libro “Sofismas del Terrorismo” transcribí íntegramente el texto de García Márquez, que decía cosas como estas: “su acción ha fomentado un clima de confusión política e ideológica, que ha terminado por convertir a Colombia en un campo de batalla donde la libertad de expresión más usual es la de las armas. (…) Su guerra, comprensible en sus orígenes, va ahora en sentido contrario de la historia. (…) El secuestro, la coacción, las contribuciones forzosas, que son hoy su instrumento más fructífero, son a la vez violaciones abominables de los derechos humanos. El terrorismo (…) es hoy un recurso cotidiano. La corrupción (…) ha contaminado sus propias filas a través de sus negocios con el narcotráfico (…)”.Pero ese manifiesto no quedó en nada y los firmantes siguieron manteniendo un ‘neutralismo’, en la práctica, complicidad. Jaime, no. Él siguió la senda de la razón y la ética y decidió estar en la gesta contra el terrorismo. Igual que Plinio Apuleyo Mendoza, que Jorge Humberto Botero, que Luis Carlos Restrepo, que Alfredo Rangel, que el poeta Eduardo Escobar, que Darío Ruiz, que Darío Acevedo, que Libardo Botero, que Luis Guillermo Vélez Álvarez y tantos otros intelectuales que en algún momento ‘comprendieron’ los motivos de la izquierda. Igual, en fin, que Francisco Mosquera, ideólogo y fundador del MOIR, con quien Jaime, como parlamentario ‘anapista’, acordó una alianza para apoyar la candidatura presidencial de su carnal, Jaime Piedrahita Cardona. Mosquera escribió en 1985 una frase que parecía sacada de algún poemario de Jaime Jaramillo Panesso: “Seguir justificando las aventuras terroristas con los desajustes sociales, como suelen hacerlo los políticos astutos y los clérigos piadosos, significa simplemente que nunca habrá “paz”, pues las transformaciones históricas no se coronan en un santiamén ni brotarán de los arreglos de tregua”.    

Jaime Jaramillo Panesso, ese poeta alegre, llegó a puerto el 21 de noviembre de 2020. En el uribismo, que tanto le debe, las banderas ondean a media asta y muchos hacen por estos días memoria de sus hechos y de sus palabras. Estas mías son unas.

@JOSEOBDULIO

Publicado: diciembre 8 de 2020