Una de las palabras más hermosas que tiene el castellano es coherencia. Es la articulación entre lo que se expresa en ideas y lo que hace. Es la atadura que hay entre el cerebro y el corazón. Es el lenguaje, racional y emocional, que debemos comunicar.

El DANE ha mostrado las cifras de deserción escolar en 2019 y 2020: 2.7% y 16.4%. El Ministerio de Educación indicó que, en el 2020, año del inicio de pandemia, 240.000 alumnos se quedaron sin ir al colegio. Esto es un envión al oscurantismo y hundir su tabla de salvación: la educación. Con responsabilidad y todas las medidas de seguridad, para profesores y alumnos, se ha recomendado volver a la presencialidad en las aulas. El maestro es irreemplazable. Se ha demostrado además que los problemas de salud mental en los niños se aumentaron durante la virtualidad.

La futilidad de la gestión del alcalde de Cali, quien autorizó bajo el lema “alegría que inspira” su feria y otros eventos hace dos semanas ha pedido que se aplace la presencialidad. Mayúscula incoherencia: fiestas sí, colegio no. Rumba sí, educación no…

Hoy el ministro de Trabajo anuncia la obligatoriedad del carné de vacunación a todas las personas que tengan contacto con el público (Resolución 003 del 13 de enero 2022). Exigirlos en los sitios en donde la aglomeración se convierta en riesgo de aumento del contagio (conciertos, discotecas, escenarios deportivos etc). En otras palabras: establecimientos o eventos de contactos masivos. Y el Ministerio de Salud delegó en los alcaldes reglamentar este decreto de orden público y la obligación de hacerlo cumplir. Coherencia y protección del derecho fundamental: la salud. Para lograrlo: prevención y vacunación.

Nos gusta la tradición, disfrutamos el folclor. Hace parte del cromosoma del caribe sabanero. Un buen porro, amanecer en un fandango y una tarde de toros nos llega al alma. Pero no hay duda de que este no es el momento para eventos masivos: cabalgatas, conciertos, reinados y corralejas, ¡pueden esperar! Cuando la OMS en su boletín epidemiológico informa que en esta semana el COVID-19 se ha aumentado el 55% y Colombia registra en ascenso el número de contagios, suena irresponsable y ligero que se convoque a este tipo de concentración.

Es un canto de sirena que estos eventos reactivan la economía. Qué cuesta más: las ganancias que obtiene la alcaldía por el pago de impuestos o los costos que tendrá el raquítico sistema de salud para atender la avalancha de contagios. Seamos sensatos: la salud y la vida no tienen precio, pero los recursos son limitados para atender este derecho fundamental. Para cobertura total de nuestra población debemos apoyarnos en la prevención.

Hay que escuchar a la ciencia y seguir las recomendaciones de la academia. Cuando se habla de los kits de autodiagnóstico y todas las pruebas anticipadas para disminuir el riesgo de contagio, vale la pena preguntar: ¿Sincelejo y nuestros pueblos están en condiciones de hacerlos? O más simple: ¿tienen la logística de exigir carné de vacunación en la tarde de corralejas o la noche de los conciertos?

Tan erráticos nuestros alcaldes que desconocen la trascendencia del legado de las costumbres, valores culturales y se sienten dueños de nuestras tradiciones. Es la epigenética heredable que se repite en el tiempo y para que perdure debe generar bienestar y no disfrazar realidades. ¡Nuestra identidad no pertenece a ningún politiquero! Son bienes públicos que corresponden a una región y ellos, funcionarios transeúntes, solo perduran cuando con responsabilidad, transparencia y seguridad ciudadana logran perpetuarlos.

Diptongo: un buen alcalde no es quien llena los palcos de una corraleja o de un concierto. O por desatino convierte el “Cumbiódromo”  de la calle 40 en “Covidromo”. Es quien mantiene los hospitales vacíos por la eficacia de sus medidas preventivas.

@Rembertoburgose

Publicado: enero 20 de 2021