Hoy me caí de la moto.  Estaba lloviendo fuerte. Salí de mi clase de derecho constitucional a las 9 de la noche, pensándome inmensamente afortunado por el conocimiento adquirido. Mi profesor tiene ese talento, ese don extraordinario que le permite trasmitir la pasión que siente por una materia a las personas a las que les enseña. Pensaba mientras me mojaba en las posibilidades que me daba entender lo que había aprendido, iba dibujándome nuevos sueños en la cabeza, nuevos logros por alcanzar.  Me estaba mojando y un compañero de clase con el que he hablado muy poco se me acercó con su sombrilla. Me ofreció acompañarme a mi parqueadero, aunque iba en la dirección contraria y cuando le conté que manejaba una moto me dijo que la dejara.  Es mejor coger un taxi. Mañana la recoge.

Estuve tentado a hacerle caso. Llegué al parqueadero y pregunté cuanto me costaba dejar la moto durmiendo allí. Después de las primeras doce horas le cobramos por minuto, me dijo un tipo con cara de bonachón, a penas mayor que yo. Pero desde el parqueadero se escuchaba la lluvia y quizás por eso agregó: Yo le hago el favor, usted me paga ya las doce horas de hoy y volvemos a contar hasta mañana. Mal hechas las matemáticas el chiste me salía en 20 mil pesos contando el taxi a mi casa.

Fresco, yo me mojo, le dije, despreciando su oferta. ¿Seguro? Sí hombre seguro.

Cuando me monté a la moto pensé enseguida que había sido un error. Me di cuenta muy pronto que no podía ver los huecos, ni las líneas del pavimento que mojadas son un crimen contra la vida, una negligencia incomprensible del Estado que se conjuga mal con la imprudencia generalizada de los motociclistas.

Pero mi manera de manejar no era imprudente. Estaba pensando que tenía que tener cuidado. A ambos lados del carril central que yo transitaba pasaban carros demasiado rápido. La estela que producía su velocidad me mojó una y otra vez. Solo quería llegar a mi casa.  Sobre la moto, mojado, el frio era impropio de Bogotá. Pensé que debía parar. No valía la pena el sufrimiento. Más valía pagar cara mi tacañería que perpetuar ese trato inhumano con el que la ciudad me castigaba. Pensé en buscar un parqueadero, pero no lo hice.

Son 10 minutos de la universidad a la casa. A lo lejos vi la 72. El Edificio de los Venados y pensé: Ya lo lograste.  Ya llegaste.

Y de pronto fue como si se robaran el piso. No me caí intentando mantener el equilibrio. No tuve tiempo de darme cuenta de las razones, de evaluar las posibilidades para evitar la caída, o para minimizar el impacto. Nada.  Sentí el casco raspando el pavimento. Pensé en el carro que tenía detrás con pánico. Y luego sentí un impacto más. No sobre mí, sobre la moto. Pensé horrorizado que lo que le había pegado podía pasarme por encima, pero el golpe nos separó a la moto y a mí. De repente estaba de píe. Constaté que estaba bien. Mi moto no tanto.

El conductor del SITP que golpeó mi Vespa se bajó temblando. Cuando se dio cuenta de que todo iba a estar bien me dijo: Hermano cuanto me va a reconocer por el rayón del bus. Vi mi moto tirada en el piso regando aceite y gasolina y emanando un humo blanco que supo desconsolarme y el rayón diminuto en el bus y no pude más que sonreír ante la insensatez del conductor.

Es la segunda vez que me caigo de la moto. Ya después de la primera me había jurado tener más cuidado. Pero la vida nos va llevando a olvidarnos de esas promesas conforme vamos olvidando las razones que las motivan.

Yo no soy una persona religiosa. Me cuesta sin embargo no ver las advertencias. Me cuesta adjudicárselas a alguien tanto como me cuesta no hacerlo. No se aún si algo o alguien me protegió, primero a través de las personas que me sugirieron olvidarme de tomar la moto, luego cuando el bus se detuvo después de golpear mi vehículo, pero antes de tocarme. O no sé si en cambio mi suerte es mala y pisé con la llanta una mancha de aceite que no debió estar ahí, o una línea de pintura que no podía haber visto.

Escribo esto porque quiero compartir estas reflexiones muy mías.  No porque en ellas se encierre una pretensión de sabiduría. No creo ni en mi sabiduría ni en la capacidad humana para aprender de las experiencias ajenas. Escribo para dejar un documento sobre este momento que es diferente a la mayoría de mis momentos. Para evitar que el tiempo lo difumine en mis recuerdos.  La vida se ve a través de un prisma extraño cuando nos enfrentamos, aunque por un solo instante, nuestra mortalidad.

Creo que el regalo inmerecido que es la vida lo tomamos a diario por sentado. Sé que yo lo hago. La rutina, los planes a largo plazo, la monotonía de los días, los sueños, las ambiciones, todas cuestiones necesarias para alcanzar nuestro modelo bien preestablecido del éxito, nos invitan a olvidar la fragilidad de todo ello. La paradoja es que debamos olvidarla, que necesitemos hacerlo para perseguir nuestras metas, que en la consecución de ellas o en su derrumbamiento caigamos reincidentes en el error de no apreciar lo lindo que es tener la posibilidad, cualquier posibilidad, la de tratar de darnos un sentido, o incluso la de desperdiciar con indolencia nuestra vida.

@daraujo644

Publicado: agosto 19 de 2017