Es natural que una banda de genocidas como las Farc tenga a alias El Mono Jojoy, como uno de sus principales ídolos. No hay por qué declararse estupefactos, ni mucho menos. Nadie puede sorprenderse que un violador de niñas como en efecto es Timochenko, recuerde con especial cariño a su compinche Jojoy, o que una validadora histórica de los crímenes de las Farc como la senadora Aida Avella justifique el ignominioso homenaje que una caterva de desadaptados le hizo a ese sanguinario en un barrio del sur de Bogotá.

Jojoy era, de lejos, el peor criminal de las Farc. La sevicia con la que ordenó secuestros y masacres, los cientos de niñas que violó, embarazó y obligó a abortar, los miles de colombianos que fueron secuestrados por orden suya y la forma brutal como terminaron en campos de concentración en medio de la selva, son hechos que jamás serán olvidados y mucho menos perdonados.

Jojoy, ese mismo que mataba con su propia mano a los soldados y policías que los terroristas bajo su mando capturaban, por siempre y para siempre será recordado como un asesino despreciable, uno de los peores enemigos públicos de la sociedad colombiana, el sujeto que hizo del reclutamiento de menores una práctica sistemática y generalizada en las Farc, el delincuente que convirtió a las carreteras de nuestro país en espeluznantes campos de batalla en los que los ciudadanos eran secuestrados masivamente, práctica que él mismo bautizó como “la pesca milagrosa”.

Las Farc, que siguen burlándose desafiantemente de la sociedad colombiana, al homenajear al psicópata Jojoy, en la práctica están escupiendo la cara de todas y cada una de sus víctimas.

Ese evento infame que tuvo lugar en Bogotá debe ser debidamente denunciado ante las instancias que corresponda, pues es una irrefutable prueba de que los terroristas que pactaron con Santos no tienen la más mínima disposición de pedir perdón por sus crímenes.

@IrreverentesCol

Publicado: septiembre 25 de 2018