El saldo no puede ser más doloroso. Desde el pasado 21 de noviembre cuando comenzaron las protestas, tenemos la muerte  de un joven estudiante, y al menos 440 civiles y 344 miembros de la Fuerza Pública han resultado heridos en medio de actos de vandalismo que no tienen precedentes.

De otra parte, las pérdidas económicas que dejan las protestas ya superan los 200 mil millones de pesos en daños al bien público y privado, y en afectación comercio, que ha sufrido los embates de un vandalismo casi sistemático, lo que necesariamente deriva en aumento del desempleo y ausencia flujo de capital.

Esta violencia desatada desde el 21, y que hoy deja tan lamentables resultados, era una tragedia anunciada desde el mismo momento en que el ex terrorista del M-19, Gustavo Petro, en un acto de irresponsabilidad y perversa manipulación comenzó a incitar desde sus redes a jóvenes y adolescentes estudiantes de secundaria y universitarios, a salir a las calles a protestar sin un norte claro, con el ánimo de desatar el caos y capitalizar políticamente el vendaval de violencia que desató su incendiario modus operandi.

Hace días que los colombianos nos preguntamos si realmente Petro tiene la capacidad mental para dimensionar el nefasto resultado de su maquiavélico actuar. Hay que querer muy poquito a este país para querer llevarlo a estado de anarquía, manipulando al estudiantado, hasta el punto de poner en riesgo la integridad de unos niños que deberían estar en sus aulas preparándose para un día no muy lejano, ser quienes lideren el país que vamos a legarles.

Pero ¡NO! Olvidando la responsabilidad constitucional que tiene un servidor público, Gustavo Petro se ha dedicado a lo que mejor sabe hacer; aplicar terrorismo a partir de acciones premeditadas, y buscar mediante la violencia lo que no ha logrado en las urnas, y hoy el país ya se está concientizando de lo funesto que puede llegar a ser un hombre que viene de la misma organización que, aliada con Escobar, el peor narcotraficante de todos los tiempos; causó la muerte de más de 100 personas, entre ellas 12 magistrados de la más insigne Corte Suprema de Justicia que haya tenido nuestro país.

Colombia tiene que acabar con todas las formas de terrorismo, y Petro representa sin duda ese lastre. Su ego desmedido y su obsesión enfermiza por alcanzar el poder sin importar los medios y resultados, le está haciendo un daño enorme a Colombia. Tal como Nerón incendió a Roma y se sentó a ver cómo ardía, parece disfrutar el resultado de su actuar y lo deja entrever en sus redes sin ningún asomo de vergüenza.

La dolorosa y absurda muerte de Dilan, los cientos de civiles y policías heridos, uno de los cuales perdió un ojo y otro  se encuentra entre la vida y la muerte por cuenta de una papa bomba, son absoluta responsabilidad del terrorista Gustavo Petro. Esta tragedia es el resultado de su odio visceral por la Democracia, las instituciones y el pueblo de Colombia que es el gran perdedor en esta debacle.

Esta violencia debe parar ya, y para eso la Fiscalía,  la Procuraduría y las Altas Cortes, deben tomar acciones urgentes e inmediatas para salvar al país, y el primer paso es detener a un pirómano que desde la comodidad de su mansión capitalista,  juega manipulando, y arriesgando la vida de millones de colombianos que solo quieren ser escuchados, y a eso le apuesta el Gobierno del Presidente Iván Duque, que en una muestra de generosidad y amor por el país, les ha abierto las puertas a un Gran Dialogo Nacional que se base en la justicia social; un diálogo que, obviamente Petro seguirá tratando de torpedear, y todo para capitalizar la tragedia que él mismo engendró para sus mezquinos intereses. Feliz semana.

@JenniferAriasF

Publicado: noviembre 28 de 2019