Colombia es un país acostumbrado a vivir en crisis. Los problemas han sido una constante en una sociedad que lleva 200 años tratando de construir una nación.

No se trata de hacer una radiografía sociológica, pues es un trabajo imposible. Los colombianos, que se definen como un “pueblo rebozante de felicidad” tienen una infinita capacidad de autodestrucción. Luchas intestinas por razones ideológicas, a lo largo de las décadas han sido una talanquera que impide el desarrollo y el progreso.

El narcotráfico, partera de todos los males, se ha encargado de sumarle el componente violento a la polarización y a las divergencias ideológicas.

La izquierda socialcomunista ha sido el mayor cartel del narcotráfico de la historia. Pablo Escobar era un aprendiz al hacer una comparación entre su cartel de Medellín y las Farc, grupo que hoy, a pesar de la suscripción del supuesto acuerdo de paz, sigue controlando -a través de las tristemente célebres disidencias-.

No deja de ser preocupante que los desmanes de orden público -de una magnitud que no se había visto en muchísimos años- se produzcan a los pocos días del anuncio del gobierno respecto del reinicio de la fumigación de cultivos ilícitos, decisión que se constituye en un golpe demoledor contra el narcotráfico.

Los interrogantes son pertinentes: ¿De dónde sale el dinero para financiar las marchas, y organizar a las bandas delincuenciales que están aterrorizando a los colombianos? ¿Quién fondea las actividades criminales que lugartenientes del petrismo adelantan en otros países?  Nada de lo que se está viendo surge espontáneamente.

Si bien es cierto que no es del caso inscribirse en alguna teoría de la conspiración, no menos lo es que el crimen organizado es el principal beneficiario del caos que ha generado el petrismo en Colombia.

Lo ha dicho de manera clara y directa el presidente Uribe, a través de su cuenta Twitter: “El problema social nadie lo niega, por eso pedimos recursos para la atención. Los promotores de violencia buscan imponerse sobre FFAA, derrocar al Gbno, destruir la democracia y arruinar la empresa privada. Se requiere ciudadanía desarmada ayudando a FFAA a remover bloqueos”.

La reforma tributaria fue una simple excusa de la que se valieron los revoltosos para incendiar a Colombia. Si el proyecto de Carrasquilla no hubiera existido, el argumento de los forajidos habría sido cualquier cosa: el precio de la gasolina, o las tarifas de los servicios públicos. En fin…

Las matanzas que se han producido en Cali, donde los vándalos disparan contra las fuerzas del orden, o los saqueos, incendios y asaltos a mano armada, las puñaladas a policías y demás actos de ferocidad y barbarie tienen un responsable: el terrorista del M-19 Gustavo Petro quien desde su narcomansión en las afueras de Bogotá ha estimulado a la violencia, incentivando a jóvenes ignorantes para que salgan a las calles a destrozar todo lo que se les aparezca.

Todo indica que el neocomunismo pretende borrar del mapa al presidente Duque para entronizarse a la brava en el poder. Así que de la permanencia del gobernante depende la supervivencia del régimen democrático colombiano. Ojalá el presidente entienda la magnitud de la crisis y de las amenazas que lo acechan para que, en su sabiduría, adopte las medidas y haga las convocatorias políticas correspondientes. 

@IrreverentesCol

Publicado: mayo 5 de 2021