Como un estafador cualquiera, Juan Manuel Santos fingió tener dentro de su maletín un paquete de políticas públicas todas ellas encaminadas a darle continuidad a las que se implementaron durante el gobierno del presidente Uribe.

Se mostró ante los electores como el continuador de la Seguridad Democrática y de las demás iniciativas gubernamentales que sacaron a Colombia del atolladero político y económico en el que se encontraba antes de que Álvaro Uribe llegara a la presidencia de la República.

Cuando comenzaba la campaña de 2010, Santos estaba perfectamente perdido. Todas las encuestas daban por ganador al profesor Antanas Mockus. Al uribismo le correspondió emplearse a fondo para sacar adelante la candidatura de quien supuestamente sería el continuador.

Santos era un candidato imposible. Su incapacidad para hablar de corrido sin la ayuda de teleprompter, obligaba a tener que buscar intérpretes en las diferentes plazas públicas en las que el candidato lideraba manifestaciones públicas.

Los debates televisados eran un verdadero suplicio. Debía enfrentarse a un Mockus que gozaba de una gran aceptación y a un político avezado y canchero como Germán Vargas Lleras. Entre esos dos contendores, Santos con sus tartamudeos se hundía rápidamente.

En uno de esos debate, cuando se tocó el asunto de las drogas, Santos exhibió su cara de hombre serio –propia de todos los tramposos- y aseguró que él, como padre de familia, se oponía a la legalización.

Aquel mensaje caló profundamente en el electorado urbista que mayoritariamente se opone a la legalización de sustancias alucinógenas.

Una mentira más

Claramente en aquel debate Santos estaba diciendo una mentira más. Estaba engañando a sus potenciales electores. Estaba diciendo lo que el uribismo quería oír para sacar el voto, ganar la presidencia y luego implementar su verdadera agenda.

Queda claro que si Santos se hubiera presentado como un candidato a favor de la negociación con las Farc, a favor de la impunidad y la elegibilidad de terroristas, a favor de la legalización de las drogas, jamás habría ganado la presidencia.

En el discurso que pronunció con ocasión del Nobel de Paz que le fue concedido, el presidente de Colombia dio una puntada sobre su verdadera intención respecto del manejo de las drogas: la legalización.

Según él, la guerra contra ese flagelo se está perdiendo y es necesario buscar una solución diferentes. Aquello no es en absoluto cierto. En el caso colombiano, la guerra se estaba ganando. Las hectáreas cultivadas disminuyeron sustancialmente gracias a la Seguridad Democrática.

Los grandes capos fueron capturados y extraditados hacia los Estados Unidos. Los bienes del narcotráfico fueron, como nunca antes, perseguidos y confiscados gracias a la aplicación estricta de la ley de extinción de dominio.

La llegada de Santos al poder y el inicio de los diálogos con las Farc –el principal cartel de las drogas del planeta- significó detener la lucha que se libraba contra el narcotráfico. Se suspendieron las fumigaciones de cultivos ilícitos, los bienes de la mafia dejaron de ser perseguidos, mientras que disminuyó el número de narcotraficantes extraditados.

El debilitamiento de la política antidrogas se tradujo en un crecimiento inmediato del fenómeno. Hoy por hoy, Colombia es un mar de coca gracias al aumento exponencial de los cultivos ilícitos como consecuencia de la suspensión de la aspersión aérea.

Efectos nefastos de la legalización

Los efectos sobre la salud de las personas como consecuencia de una legalización de las drogas serían nefastos, ya que estas sustancias producen adicciones serias y no se puede determinar a futuro cuantos serán adictos. Si por cuestión del consumo de alcohol y tabaco se presentan un sin número de muertes, como resultado del consumo de estas drogas serían muchas más, teniendo en cuenta que cada vez son más frecuentes los casos de sobredosis que se atienden en los servicios de urgencias por esta causa. ¿Está preparado el sistema de salud colombiano para poder contener los efectos de las drogas?. Este problema no se puede abordar como un mero debate de legalización, es un problema de salud pública, no solo de seguridad, y deben establecerse políticas como tal que prevengan el procesamiento, comercialización y consumo de las diferentes sustancias psicoactivas, dentro de estas las sintéticas, que cada vez tienen mayor demanda en el país.

El presidente de Colombia no puede equivocarse. Pudo comprar su Nobel de Paz que al fin y al cabo era lo que añoraba. Que Santos no crea que esa medallita, que le costará a los colombianos millones de barriles de petróleo que sacará la empresa petrolífera noruega Statoil, además le concede licencia para entrar en el peligroso terreno de la legalización de las drogas.

@IrreverentesCol