Una de las razones de más peso para respaldar la decisión del Gobierno de ir prendiendo la economía —empezando por el sector de la construcción y el manufacturero—, es el hecho de presentar unos resultados muy esperanzadores en el manejo del covid-19 en el país. Hay quienes piensan que ha sido cuestión de suerte pues Colombia ha tomado más o menos las mismas medidas que el concierto de las naciones, pero en esto las sutilezas importan; las fallas y los aciertos se miden en número de contagiados y de muertos.

Lo cierto, sin duda, es que las comparaciones son claramente favorables. A los 30 días del primer muerto por covid-19 en Colombia (abril 21), se contabilizaban 189 fallecimientos, para un promedio de 3,7 muertes por millón de habitantes. En España, a los 30 días del primer fallecido (abril 3), ya tenían 10.935 víctimas mortales, que equivalen a 237,7 muertes por millón de habitantes. Nuestro vecino Ecuador, al mes del primer fallecido (abril 13), tenía 355 muertos, para un índice de 20,8 por millón. Y el país más golpeado en número de fallecimientos, los Estados Unidos, tenía al mes del primer muerto (marzo 28), tan solo 2.010 fallecidos, para una tasa de 6,1 muertos por millón.

Y digo ‘tan solo’, porque en ese entonces, hace un mes, nadie imaginaba la debacle que estaba por venir en ese país. El sábado anterior (abril 25), Estados Unidos registraba un total de 53.391 fallecidos, para una tasa de 159 muertos por millón de habitantes, solo superada por Bélgica (584 muertos por millón), España (482), Italia (429), Francia (332), Reino Unido (294) y Holanda (249). Nada comparable con lo que ocurre en el Estado de Nueva York, cuya situación es escalofriante, porque con 21.411 muertos en una población de 20 millones de habitantes, tiene un índice de 1.070 fallecidos por cada millón.

También hasta el sábado (abril 25), Colombia registraba 5.142 casos de contagio y 233 fallecidos, para una tasa de 4,6 muertos por millón. Y resultan muy significativas las cifras de Antioquia, particularmente, que apenas tiene 3 fallecidos en una población de casi 7 millones de habitantes, para un promedio de 0,4 muertos por millón en comparación con los 12 fallecimientos por millón que registra Bogotá, con un total de 84 decesos; o con Cali, que con 40 muertes tiene una tasa de aproximadamente 20 fallecidos por millón. No hay duda, entonces, de que, en general, nos ha ido bien.

Lógicamente, el Gobierno tendrá la potestad de ir ajustando el desescalamiento a medida que va analizando los datos para tener certeza de la evolución de esta peste. En ese sentido, si toca reversar, deberá hacerlo, lo que pone de manifiesto que reanimar la economía será una tarea más difícil que derrotar a la pandemia. Por eso, es hora también de que se implementen medidas de ‘economía de guerra’, como lo ha pedido el parlamentario y experto en temas económicos Óscar Darío Pérez.

En esta materia se han oído propuestas muy interesantes como la del presidente de Fenalco, Jaime Alberto Cabal, en el sentido de evitar los despidos aplicando durante tres meses la fórmula de que el Estado subsidie un tercio de las nóminas y que el empleador asuma otro tercio mientras los trabajadores renuncian al tercio restante de sus salarios. Algo similar propuso la presidenta de Acopi, Rosmery Quintero, quien sugiere reducir el salario de los trabajadores de las mipymes en un 30% durante tres meses.

Como era de esperarse, los dirigentes sindicales se manifestaron contra la propuesta y advirtieron que la Constitución prohíbe desmejorar las condiciones del trabajador. Pero, bien señala el experto Stéfano Farné que «Dadas las circunstancias, es una opción mejor que el despido, y hasta mejor que la licencia no remunerada o la suspensión del contrato». ¿Acaso no es obvio que es mejor el 70% que nada? ¿No es mejor un esfuerzo en el que todos ponen en vez de cerrar miles de empresas y dejar a millones en el paro?

Muchos creemos que el sector productivo no se salva con préstamos —y menos si no son a tasa cero y largos plazos muertos— sino con un rescate claro del Estado con recetas keynesianas que son precisamente recomendadas para estos casos, aun a riesgo de generar inflación. Y lo más indicado es que todos pongan, como en la propuesta de Cabal. Pero debe incluirse un subsidio a los informales, por lo menos de medio salario mínimo por tres meses, y el concurso de los trabajadores oficiales —esas rémoras improductivas que viven de nuestros impuestos—, que deberían renunciar también a un 30% de su ingreso y tener un tope que podría ser de 10 salarios mínimos, que sería el techo por los tres meses que dure el plan, prorrogable por otros tres. Así, todos los altos salarios del Estado recibirían un neto de 8.778.030 pesos y el resto iría a subsidiar salarios de miles de colombianos.

Sin embargo, no sobra recordar que estamos en Colombia, donde hay poderes de facto que poco a poco han ido limitando las facultades del Jefe de Estado, quien no puede decidir nada sin que brinquen las Cortes, los entes de control, la nefasta clase política y hasta la prensa solapada. Son muchos los que se dan golpes de pecho por la exitosa labor del presidente Duque en el manejo de la crisis sanitaria, y no están dispuestos a permitir que se anote un triunfo también en la solución a la crisis económica sobreviniente. Se opondrán a todo y no le darán espacio de maniobra para nada. Su apuesta es el caos y el descontento para alcanzar el poder en 2022. Duque debería saberlo.

@SaulHernandezB

Publicado: abril 28 de 2020