Los lamentables hechos ocurridos por estos días en la frontera con Ecuador, los escándalos por el robo de los dineros del Fondo Colombia en Paz y por el tráfico de drogas en el que están envueltos miembros de las Farc, incluido uno perteneciente al Comando Central y futuro congresista nacional; el aleve asesinato de ocho policías de la patrulla de restitución de tierras en Urabá y el paro armado en el Catatumbo, han ido desvelando esa gran estafa llamada: Acuerdo Final para la Terminación del Conflicto y la Construcción de una Paz Estable y Duradera.

Afrentosa la frialdad, la insensibilidad con la que el señor Juan Manuel Santos se refirió en plena Cumbre de las Américas, al brutal asesinato de los tres periodistas que estaban secuestrados por individuos de las FARC: Este hecho se produjo en el Ecuador y alias “Guacho” es un ciudadano ecuatoriano, pero sabemos que solamente colaborando con las Fuerzas Armadas ecuatorianas es que podemos poner a buen recaudo a ese criminal”.

¡Por Dios! Esa no es la respuesta de un buen vecino y, menos aún, de un mandatario que ostenta el premio Nobel de Paz. Palabra más, palabra menos, dio a entender que  ese asunto no era de su incumbencia, pero que como él sí estaba capacitado les iba a ayudar a dar con el paradero del bandido. ¡Qué desfachatez! En vez de solidarizarse y asumir su responsabilidad puesto que sabía bien que los periodistas estaban en Colombia y que alias “Guacho”, independientemente de su lugar de nacimiento, es un sanguinario militante de las FARC, tanto así, que estuvo escampando un par de meses en una Zona Veredal Transitoria de Tumaco y que como otros cientos de bandidos, una vez descansados y con sus problemas médicos resueltos, se fue a seguir delinquiendo en esa zona fronteriza que durante estos ocho años de abandono estatal, se convirtió en reino de los hampones de las FARC y los capos de carteles mejicanos.

Vergonzoso también, verlo a los tres días aceptando a regañadientes y en voz baja, como para que nadie se enterara, que esos bochornosos hechos sí ocurrieron aquí en Colombia.

Sin embargo, es tal la cantidad y la gravedad de lo que ha venido ocurriendo, que la comunidad internacional ha empezado a darse cuenta de que eso de “el sol de la paz brilla por fin en Colombia” y “las FARC no existen”,

es mentira, y ya está entendiendo, además, por qué los colombianos dijimos NO en las urnas.

El mundo ve que las FARC siguen delinquiendo, que son los mismos terroristas, asesinos y narcotraficantes de siempre, y que la única diferencia es que ahora dejan a sus mujeres y niños en Zonas Veredales gratuitas y cuentan con un brazo político con diez curules en el Congreso y son protegidos y financiados por el Estado.

¿Paz? ¡Gran estafa!

@cdetoro

Publicado: abril 23 de 2018