Acaba de tener lugar una nueva versión del encuentro en Davos, Suiza, de la constelación de figuras del mundo económico y político, que se reúnen año tras año.

En esta oportunidad la mayor expectativa no se concentró alrededor del líder de China, si no del presidente Trump.

El primer año de su administración ha sido contradictorio y controvertido nacional e internacionalmente.

Al mismo tiempo, los anuncios durante su campaña, que hicieron presagiar guerras comerciales, y la decisión reciente del congreso de los Estados Unidos en materia tributaria, a raíz de las cuales se conocieron reacciones negativas en China y la Unión Europea, por ejemplo, alimentaron el interés por la presencia del jefe del ejecutivo americano.

Pero, quizás lo más importante este año es el nuevo clima económico, las perspectivas globales, las incertidumbres geopolíticas y el escaso interés en América Latina.

Resulta evidente que la recuperación internacional es la nota predominante del momento.

Sin embargo, la bruma de las dudas sobre el incremento y sostenibilidad del ritmo actual gravita en las reflexiones de los asistentes.

De otro lado, nadie se atreve a hacer pronósticos definitivos teniendo en cuenta el riesgo del alto endeudamiento de algunos países europeos, y las lecciones que se tienen cuando la situación se vuelve insostenible.

Recordemos, para mencionar solamente un caso, a Grecia y su impacto sobre las finanzas internacionales.

En este momento, con el fin de ilustrar el peligro, las inquietudes se ciernen sobre Italia.

Puede decirse que el sentimiento predominante en los pasillos de Davos fue de esperanza incierta.

No obstante, sería un error desconocer que se está frente a una tendencia positiva para cuyo aprovechamiento es necesario prepararse bien y actuar con celeridad.

En cuanto respecta a América Latina, que no esté hoy en el centro de atención obedece, muy seguramente, a que varios países importantes de la región están en pésima situación o en etapa de transición política.

El caso de Venezuela es trágico desde el punto de vista económico, político y social, Chile se encuentra a la expectativa de la nueva administración de Piñera, y los electores decidirán los nuevos gobiernos de México, Brasil y Colombia en 2018.

Así las cosas, es comprensible que nuestra región sea vista desde el foro económico mundial con ojos expectantes.

En estas circunstancias, Colombia debe elegir un presidente que le de tranquilidad a la comunidad internacional, con el fin de aprovechar las oportunidades del nuevo momento económico global.

Debe haber claridad en el sentido de que solo una administración amigable con la empresa privada, y la inversión, decidida a crear, con audacia, sin temores, incentivos para que se apueste en nuestro país, y resuelta a garantizar seguridad jurídica, reglas de juego estables, a quienes estén dispuestos a invertir en nuestro suelo, creará las condiciones para que el país se beneficie del momento existente.

Y esto hay que hacerlo pronto.

Una de las características del mundo de hoy es que todo pasa rápido, y los hechos se producen a velocidades inimaginables en años anteriores.

Por esa razón, la decisión de los colombianos tiene que darle certezas a los actores globales que viven un momento de auge, y que buscarán revestir de estabilidad las tendencias positivas, mediante esfuerzos en regiones y países que contribuyan con seguridad física y jurídica, es decir, que se alejen de las incertidumbres.

De ahí que sea indispensable la puesta en marcha, en Colombia, del “CRECER” (Consejo para la recuperación empresarial y el crecimiento económico rápido) en búsqueda de la concertación y el acuerdo con el sector productivo para que lo bueno que está pasando en el mundo ocurra, también, en la patria.

@CarlosHolmesTru

Publicado: enero 29 de 2018