Vivimos una Semana Santa diferente, no cabe duda, la disfrutamos muchos con mayor recogimiento de lo tradicional. Tener a mano las ceremonias y la libertad de horario para disfrutarlas, fue un regalo espiritual y una gracia.

Nos conmovió el Vía Crucis del Vaticano en esa plaza enorme y vacía, sobrio, y la expresión de bellos y dolorosos testimonios de reclusos, sus familias, condenados inocentes y guardias dispuestos a paliar los sufrimientos de los presos, se siente la cercanía de Dios para mitigar el sufrimiento.

Llama a la reflexión en esta pandemia el hacinamiento de las cárceles de Colombia que al poner a prueba la salud de los reclusos clama a la justicia un acto valeroso de perdón. Sería justo liberar aquellos que durante mucho tiempo no han sido juzgados y todos lo que no hayan cometido crímenes atroces o de lesa humanidad, ¿no están libres los peores criminales de la historia gracias a un proceso de paz y un tribunal a su medida a que los demás no tienen acceso?

En la ceremonia de la Santa Cruz el padre Cantalamessa pronunció una homilía magistral, podría, dejar aquí un enlace para que los lectores puedan buscarla, pero prefiero trasmitir unos apartes:

“¿Cuál es la luz que todo esto arroja sobre la situación dramática que está viviendo la humanidad? También aquí, más que a las causas, debemos mirar a los efectos. No sólo los negativos, cuyo triste parte escuchamos cada día, sino también los positivos que sólo una observación más atenta nos ayuda a captar. La pandemia del Coronavirus nos ha despertado bruscamente del peligro mayor que siempre han corrido los individuos y la humanidad: el del delirio de omnipotencia. Tenemos la ocasión —ha escrito un conocido Rabino judío— de celebrar este año un especial éxodo pascual, salir «del exilio de la conciencia». Ha bastado el más pequeño e informe elemento de la naturaleza, un virus, para recordarnos que somos mortales, que la potencia militar y la tecnología no bastan para salvarnos. «El hombre en la prosperidad no comprende —dice un salmo de la Biblia—, es como los animales que perecen» (Sal 49,21). ¡Qué verdad es!”

“El otro fruto positivo de la presente crisis sanitaria es el sentimiento de solidaridad. ¿Cuándo, en la memoria humana, los pueblos de todas las naciones se sintieron tan unidos, tan iguales, tan poco litigiosos, como en este momento de dolor? Nunca como ahora hemos percibido la verdad del grito de un nuestro poeta: «¡Hombres, paz! Sobre la tierra postrada demasiado es el misterio». Nos hemos olvidado de los muros a construir. El virus no conoce fronteras. En un instante ha derribado todas las barreras y las distinciones: de raza, de religión, de censo, de poder. No debemos volver atrás cuando este momento haya pasado. Como nos ha exhortado el Santo Padre no debemos desaprovechar esta ocasión. No hagamos que tanto dolor, tantos muertos, tanto compromiso heroico por parte de los agentes sanitarios haya sido en vano. Esta es la «recesión» que más debemos temer. De las espadas forjarán arados. De las lanzas, podaderas. No alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra (Is 2,4). Es el momento de realizar algo de esta profecía de Isaías cuyo cumplimiento espera desde siempre la humanidad. Digamos basta a la trágica carrera de armamentos…”

“Después de tres días resucitaré”, predijo Jesús (cf. Mt 9, 31). Nosotros también, después de estos días que esperamos sean cortos, nos levantaremos y saldremos de las tumbas de nuestros hogares. No para volver a la vida anterior como Lázaro, sino a una vida nueva, como Jesús. Una vida más fraterna, más humana. ¡Más cristiana!”.

El Rincón de Dios

“Queridos hijos, hoy os invito a todos a que vuestros corazones ardan con el amor más intenso posible hacia el Crucificado y no olvidéis que por amor a vosotros dio su vida para que os salvarais. Hijos míos, meditad y orad para que vuestro corazón se abra al amor de Dios.” Mensaje de la Virgen de la Paz en Medjugorje.

@rafuribe

Publicado: abril 17 de 2020