Sin lugar a dudas, este es uno de los relatos más dolorosos que se ha dado en la historia de violencia de nuestro país: una familia que lleva décadas viviendo en la incertidumbre, una mujer que fue secuestrada y cuyo derecho a una vida digna fue brutalmente arrebatado por aquel grupo terrorista que, contra la voluntad de los colombianos y sin reparar a la totalidad de sus víctimas, actualmente tiene escaños en el Congreso de la República con reprochable impunidad.

Ana Raquel Rojas Ruiz fue secuestrada por las Farc hace más de 23 años, y desde entonces, sus familiares nunca volvieron a saber de ella. Se agradece y reconoce la valentía de Claudia Ruiz Rojas, quien pese a los afectos que remueve, decidió compartir la historia de su madre con el propósito de hacer eco en la justicia.

Los hechos tuvieron lugar una mañana tranquila del sábado primero de marzo de 1997,  cuando Claudia Ruiz Rojas se dirigía hacia Calima, El Darién, junto a su madre Ana Raquel Rojas de Ruiz y su padre Rigoberto, quien iba conduciendo. A eso de las 10:20 de la mañana, en cuestión de segundos, en el kilómetro 26 de la vía Buenaventura – Loboguerrero, una motocicleta conducida por un hombre y con una mujer de pasajera rebasaron el vehículo en que iba la familia, obligando a que Rigoberto disminuyera la velocidad.

En ese momento entraron a una curva y se toparon con un árbol derribado que obstruía el carril, Rigoberto tuvo que bajar más la velocidad para esquivarlo y cuando regresó a su carril se encontraron de frente con un grupo de unos 30 hombres armados con fusiles AK-47,  intimidantes, quienes traían uniformes privativos de las fuerzas armadas. Algunos llevaban capuchas y otros tenían los rostros pintados de camuflado militar. Estos hombres detuvieron el vehículo y uno de ellos le pidió a Rigoberto su cédula de ciudadanía, todos dentro de la camioneta se encontraban nerviosos y confundidos pues no comprendían lo que estaba ocurriendo. Después de confirmar su identidad, lo obligaron a bajar del vehículo mientras le decían: “Acompáñenos, esto es un secuestro”.

Claudia solo sentía su corazón latir con potencia descomunal, no encontraba manera de asimilar la situación. Inmediatamente estos hombres pasaron a Rigoberto al costado izquierdo de la carretera, en dirección hacia el norte, el Chocó. Poco después le preguntaron a Ana Raquel si ella era la esposa, para confirmar su identidad, a lo que ella respondió que sí. Lo siguiente dejó a Claudia completamente descompuesta, ellos le dijeron que también se la debían llevar. Al ver que se llevaban a sus dos padres, Claudia se armó de valor, salió de la camioneta e increpó al hombre que se llevaba a su madre: “¿Por qué se lleva a mi mamá si ya tienen a mi papá? Él, un hombre de aproximadamente 1,60 m de estatura, con algo de sobrepreso y el rostro pintado de camuflaje le respondió sin más: “Esa es la orden”.

En un intento desesperado para evitarle tal experiencia infrahumana a alguno de sus padres, Claudia se ofreció voluntaria como rehén. El mismo hombre que se llevó a su madre le pidió autorización a un hombre mucho más joven, fornido y de unos 1,80 m de estatura, le comentó: “¿Comandante, llevamos a la hija?” A lo que el hombre más joven respondió: “No, solo a él y a la esposa. Esa es la orden”. Entre lágrimas y desconsuelo Claudia se despidió de su madre. Ana Raquel, en su cólera, le dio amorosamente la bendición a su hija, acompañada de un “Te quiero mucho”.

Llevaron a Ana Raquel al mismo lugar donde se encontraba Rigoberto, simultáneamente le entregaron a Claudia un papel con las instrucciones específicas que debían seguir. Al juzgar por la letra y la ortografía, ella pudo afirmar que quien la escribió tenía bajos niveles de educación. La nota incluía instrucciones cómo: comprar un radio de comunicación con determinadas características, fecha, hora y lugar exactos en que ella y demás miembros de su familia debían contactarse más el santo y la seña con los que debían identificarse. Añadieron una ‘recomendación especial’ sobre no dar aviso a las autoridades. Después de recibir el papel el guerrillero le dijo a Claudia: “Niña, no se preocupe, siga estas instrucciones y a ellos no les va a pasar nada, esto es un secuestro financiero”. 

Los hombres le preguntaron a Claudia si sabía conducir, ella respondió que sí, a lo que le ordenaron seguir su camino. Ella pidió que pararan un momento el tráfico, puesto que debía devolverse a Buenaventura para informarles a sus hermanos lo sucedido. Para Claudia ese momento fue un estado extraño en el que todo le pareció irreal, no sabía cómo actuar, no hallaba palabras para describir sus sentimientos; lo único sólido era el peso de la responsabilidad al ser la mayor de cuatro hermanos, cuyos padres estaban en peligro inminente. Ella tenía 26 años y el menor de sus  hermanos tenía 19. Tras reunirse con su familia la reacción inmediata fue llamar al abogado de Rigoberto quien, además, era amigo cercano de la familia. Asimismo se comunicaron con Oliverio Pérez, gran amigo de Rigoberto, y quien acababa de salir de un secuestro. Esta calamidad se informó a la familia cercana y a los colaboradores. 

Los días que vivieron hasta que llegó la fecha estipulada para que Claudia y sus hermanos se contactaran con la guerrilla, fueron por mucho el mismo infierno. Asistieron a la cita, les dieron el valor que debían pagar para recuperar a sus padres -una cantidad exorbitante y absurda de dinero- más la fecha de una nueva cita. Poco después, el viernes 7 de marzo en horas de la mañana, Rigoberto fue liberado. Lo dejaron en la carretera y le dieron $10.000 para que pagara el transporte. El primer vehículo que pasó fue una volqueta, él se identificó y pidió al conductor que lo dejara en la casa de un amigo a la entrada de la ciudad.

Si bien fue un alivio para la familia tener de vuelta a Rigoberto, la imagen que con que llegó fue devastadora. Estaba muy asustado, su tono de voz era extremadamente bajo, hablaba con susurros; casi un fantasma. Él les explicó que susurrando era la única manera en que podía hablar con Ana Raquel,  para que no los escucharan. Narró una vivencia atroz, por la que ningún ser humano debería pasar; contó cómo los llevaron a la selva y cómo los guerrilleros se abrían camino usando su cuerpo como herramienta, al llegar al lugar estipulado fue encadenado del cuello a un árbol junto a una quebrada. Solo lo soltaban para hacer sus necesidades fisiológicas. Ver a su padre en ese estado descompuso a Claudia y a sus hermanos, había bajado 7 kilos –uno por día-, tenía mucha tos y poco después fue diagnosticado con neumonía.

Rigoberto contó que el día anterior a su liberación, el 6 de marzo, iban a liberar a Ana Raquel para que trajera las instrucciones del valor y forma de pago pactadas con Rigoberto. Sin embargo, ella se negó y pidió que liberaran a su esposo, puesto que él estaba muy enfermo y era el encargado de las finanzas de la familia. Rigoberto aceptó salir, mas, al ver las condiciones –las mismas a las que él apenas sobrevivió- en que dejaba a su esposa, y con el fin de evitarle más sufrimiento innecesario, le dijo que enviaría a uno de sus hijos para hacer un canje, mientras todo terminaba, Ana Raquel se negó rotundamente, expresó que un hijo suyo jamás debería pasar por tal atrocidad. 

Cuando liberaron a Rigoberto, una de sus mayores preocupaciones era de dónde iban a sacar semejante suma de dinero; Claudia lo tranquilizó diciéndole que ella ya había reunido 150.000 dólares y los tenía empacados como le indicaron. Puesto que mientras su padre se recuperaba, ella se reunió con los gerentes regionales de los bancos en los que él tenía portafolios financieros; ellos le tramitaron créditos ante sus superiores  para empezar a pagar el dinero de la extorsión. Todos fueron aprobados sin  más respaldo que la honorabilidad de Rigoberto y Ana Raquel, debido a su responsabilidad y buen manejo financiero. Esto ante la seguridad que si a ellos les llegaba a pasar algo, Claudia y sus hermanos, al ser los únicos herederos, se harían correspondientes de estas obligaciones.

Llegó el momento de la segunda cita, en la que la guerrilla indicó el valor total que debían conseguir, la denominación de los billetes y cómo tenían que ser empacados. Cuando liberaron a Rigoberto, ellos le dieron fecha para la primera entrega. Él acudió al lugar y hora señalados, dejó el dinero donde le indicaron y recibió una segunda fecha para otra entrega.  Quedó para el 1 de mayo de 1997, ya habían transcurrido dos meses desde que Ana Raquel estaba en cautiverio. A lo largo de este tiempo, ella envió cartas de su puño y letra como prueba de supervivencia. A su vez, Claudia recibió un mensaje de su madre por parte de otra mujer que estuvo secuestrada con ella; y confirmó que seguía con vida  porque, según le informaron después, Ana Raquel estuvo secuestrada junto a un concejal de Buenaventura. 

Los días hasta la fecha de la segunda cita pasaron cual si fueran años. Ese primero de mayo, Rigoberto asistió según lo acordado, pero la persona con la que debía encontrarse no llegó. A partir de ese día, todos los días del mes de mayo y varios meses siguientes, Claudia y su familia intentaron comunicarse con la guerrilla en la misma frecuencia y kilómetro en la vía, pero fue infructuoso. Desde entonces buscan a Ana Raquel sin cesar. Preguntaron a cada secuestrado que fue liberado de la zona, a personas que tuvieron contacto con los mandos del frente 30 de las Farc; a entes militares y gubernamentales que operaban en el lugar y tenían conocimiento del caso, a las ONG’s que apoyaron a los secuestrados, a los periodistas que hubieran tenido contacto con guerrilleros y secuestrados, pero no lograron obtener razón alguna sobre Ana Raquel.

Una madre, una esposa, una hija, una amiga, que como a miles de personas en Colombia, se le arrebató su libertad. Tuvo que sufrir un trato infrahumano y vivir cada día de su cautiverio lamentándose y preocupándose por sus seres queridos, sin ninguna posibilidad de volver a reunirse con ellos. Un secuestro que destrozó los corazones de una familia, que opacó, quizás por siempre, la felicidad en sus vidas, que negó las experiencias que toda persona quiere compartir junto a su madre y su esposa. Este escrito se convierte en un llamado al no olvido: por Ana Raquel Rojas de Ruiz , por su familia y por las miles de víctimas que siguen sin obtener justicia, aclaración de hechos y reparación.

@jarizabaletaf

Publicado: febrero 7 de 2021