Se dice que el resultado electoral del último domingo pone de manifiesto la polarización del país entre la izquierda que sigue a Petro y la derecha de Duque, por lo que hay que buscar una solución centrista que supere el enfrentamiento de esos dos extremos.

Ese modo de ver las cosas persevera en la idea de que las tendencias políticas pueden clasificarse a partir de los conceptos de izquierda, derecha y centro, cuando se trata de una clasificación simplista que no da cuenta cabal de la complejidad del pensamiento político.

En realidad, los dilemas que deberá enfrentar el electorado en las elecciones presidenciales venideras son de otra índole.

Ya he señalado en escritos anteriores que la ciudadanía deberá decidir entre el gobierno de transición que las Farc esperan que se aplique a cumplir rigurosamente lo convenido en el NAF  o un gobierno de contención que ponga freno a sus apetitos. Petro, Fajardo (¿Farcjardo?) y De La Calle  están comprometidos con la primera de esas opciones. Duque y Vargas Lleras, en cambio, son partidarios de matizar unos acuerdos que, si se los pone en práctica tal como se los firmó, podrían hacer trizas a Colombia. Piénsese tan solo en los compromisos presupuestales que entrañan para un fisco que Santos entregará arruinado.
Hay otros aspectos de la confrontación que escapan a esa fatua dicotomía entre izquierda, derecha y centro.
Recuerdo que hace años escuché de labios del maestro Harold Martina que, según Rossini, solo hay dos clases de música: la buena y la mala. Lo mismo puede decirse de las políticas: cualquiera sea su orientación, las hay buenas y las hay malas.
Para redondear el pensamiento, digo que la primeras son serias, mientras que las segundas son frívolas. Y eso es lo que diferencia nítidamente a Duque de Petro. Duque, como fiel discípulo de Uribe Vélez, es un candidato responsable y serio, que afronta cuidadosamente la realidad. Petro es, en cambio, un charlatán poseído por el espíritu de aventura.
Varias veces he citado en mis escritos para este blog a quien estimo uno de mis grandes maestros “a distancia”, el célebre historiador italiano Guglielmo Ferrero. En su luminoso estudio sobre el poder advierte sobre ese espíritu de aventura que tantos desastres ha producido en las sociedades que se entregan a gobernantes que se dejan llevar por el mismo. Sus consideraciones al respecto pueden verse en Genios invisibles de la ciudad.
Petro es un aventurero altamente peligroso. Es de sobra conocido su desprecio por el régimen institucional y su gusto por lo que bien podemos llamar la “democracia tumultuaria”. Demostró en su paso por la Alcaldía de Bogotá su carácter arbitrario y sus graves deficiencias como administrador de la cosa pública. Ahí están a la vista las glosas de la Contraloría Distrital a su gestión (Vid. Embargan cuentas de Gustavo Petro).
Sus críticos han señalado su tendencia a avivar el odio de clase, su desenfreno demagógico. Asume la pose de un reencarnado de Gaitán, como si estuviera predestinado a cumplir lo que el caudillo liberal no pudo llevar a cabo.
Lo suyo es un gaitanismo anacrónico que pretende nutrirse de la ideología del Socialismo del Siglo XXI, que tan funestos resultados ha producido en Venezuela. Así niegue o disimule sus nexos ideológicos con el castro-chavismo, sus antecedentes lo identifican claramente dentro de esa perversa tendencia.
Y esto nos lleva hasta el fondo de lo que está en juego ahora, que no es la dialéctica izquierda-derecha o Petro vs. Duque, superable a través de una síntesis centrista personificada en De la Calle y Fajerdo, o como algunos están diciendo, en “Sergio de la Calle”, sino algo de mayor calado, que es la subsistencia de una democracia liberal pluralista, todo lo defectuosa que pueda ser, frente a un proyecto totalitario y liberticida, que es nítido en Petro y anida tras bambalinas en Sergio de la Calle.
No hay que olvidar que De la Calle es responsable en grado sumo de la humillante claudicación ante las Farc que consagra el NAF, ni que los dos socios políticos de Farcjardo, la Alianza Verde y el Polo Democrático Alternativo, que son además los que le sirven de soporte electoral, pues su Opción Ciudadana se hundió casi tan estrepitosamente como el partido de las Farc, hacen parte del Foro de San Pablo y, por consiguiente, del proyecto de expansión del comunismo en América Latina. Farcjardo es , pues, candidato de dicho Foro.
En síntesis, si Ud. apreciado lector desea pavimentar el camino que le abra vía franca al castro-chavismo, puede votar por lo que he llamado la linea dura de Petro o la blanda de Farcjardo y De la Calle. Si prefiere que Colombia conserve su  democracia liberal y pluralista, la mejor garantía para ello la encuentra en Iván Duque.
Jesús Vallejo Mejía
Publicado: marzo 16 de 2018