Estudiando desde sus inicios la historia política del país, para poder comprender el presente tan azaroso que estamos viviendo, no queda otra cosa que decir que nos hemos quedado estancados en el pasado. 

Confirmando con dolor que no se ha  avanzado mucho, y más parece estar dando giros en torno a la eterna división de los partidos políticos. Y más hoy, cuando surgen con mucho ímpetu los movimientos promarxistas que antaño no existían.

Observo con desilusión que nos hemos quedado en la eterna discusión que tenían Bolívar y Santander, cuando El Libertador le decía que estos pueblos no estaban preparados para tener gobiernos civiles como lo quería Francisco de Paula y si en cambio gobiernos de fuerte dosis castrense como lo proponía Simón. 

Tesis que se ve reflejada en la constitución diseñada por El libertador, que es prácticamente monárquica ya que no solo era absolutista sino que también se podía heredar. 

Creo que Bolívar tenía razón cuando lo proponía así, ya que no teníamos la madurez política para tenerlos. De allí se desprende la constante división. No las hemos pasado de guerra en guerra. Conflictos salidos de la incapacidad de los recién creados partidos liberal y conservador de gobernar entre sí. El liberal de estirpe santanderista y el conservador de estirpe bolivariana. 

Convirtiendo el bipartidismo en una fuente constante de agresiones, causal de muchas guerras, propiciada por los celos regionales, el fanatismo religioso, la deslegitimación de unos a otros, adobadas siempre por las presiones de los poderosos dueños de la tierra.

Así que después de la independencia, el bipartidismo será el eje central de los enfrentamientos belicista a todo lo largo del siglo 19: la guerra de 1830, la guerra de los Supremos en 1843, la dictadura de José María Melo, las guerras de 1860,1862 contra los conservadores, la Radical de 1876, las guerras de 1885 y 1895, hasta la de los Mil días. Todas esas guerras generaron lo que se llamó constituciones pos belicista. 

Es decir cada conflicto generaba una constitución. Pasando de una constitución a otra con asombrosa facilidad.  Nos la hemos pasado de constitución en constitución como si las palabras tuvieran la capacidad de solucionar los problemas reales, que no logran normalizar las tensiones del tan inestable contrato social. Incapaz de responder a las demandas de lo que debería ser una estructura unitaria y a la vez descentraliza del Estado. 

La penúltima, la de 1886, la de Núñez, que por gracia logró pacificar esa división por casi 100 años, basada en tres fundamentos: seguridad, orden y cohesión social (me parece estar oyendo al presidente Uribe). Hasta llegar a la situación de hoy en el marco de la última constitución, la de 1991, con la guerrilla promarxista de las Farc a bordo, auspiciada por el poderoso componente del narcotráfico. Cuyo retorno a la vida civil mediante el acuerdo de La Habana ha sumido a la nación en una nueva discordia, que nos tiene todavía dando giros en el remolino de la división.

@rodrigueztorice

Publicado: octubre 24 de 2019