Un accidente de tránsito lo puede llegar a tener cualquier persona, aunque no esté a bordo de un vehículo, pues en teoría; siempre se juega con las probabilidades. Pero, ¿qué pasa cuando la accidentalidad se convierte en segunda causa de muertes violentas en un país? Pasa que todo el sistema sufre; en especial los sectores de la salud y la economía, porque la accidentalidad es millonaria en costos económicos y abrumadora en pérdida de vidas.

Quizás no es fácil dimensionar este flagelo, pero en Colombia, según cifras del primer trimestre del año del Ministerio de Transporte, fallecen 15 personas al día por accidentes de tránsito. Si profundizamos un poco, resulta que cada 94 minutos una persona muere en un siniestro vial y lo más preocupante es que en el 72% de los accidentes está involucrada una moto según Fasecolda. La misma agremiación  asegura que $3,6 billones le cuesta al país la accidentalidad, y todo esto debe llevarnos a reflexionar.

El exceso de velocidad, la impericia, el desacato de las normas básicas y hasta el alcohol siguen incidiendo en una catástrofe en la que las direcciones de Tránsito Departamental y secretarías de movilidad en los municipios se han venido desgastando en un problema que crece. 

Mucho se ha invertido en prevención desde el orden nacional con el ministerio de Transporte, Invías, la Policía de Tránsito y las entidades territoriales, pero tal parece que los ciudadanos no son muy receptivos o algo estamos haciendo mal. 

Pese a que desde el año 2002 se implantó la obligatoriedad de un casco reglamentario para conductores y parrilleros de motos, pues hasta hoy en los barrios periféricos de las principales capitales la gente aún se rehúsa a portarlo, exponiéndose de paso no solo a una multa e inmovilización del vehículo, sino arriesgando de manera irresponsable hasta la propia vida, y la de terceros.

Por cultura general, en Colombia el conductor de una motocicleta, y los más propensos a accidentarse son justamente quienes difícilmente obedecen a trancones, semáforos en rojo o límites de velocidad. Agreden a las autoridades de tránsito, las insultan y hasta amenazan en redes. Violan de manera sistemática las más simples normas de conducción, como zigzaguear en las venidas, adelantar por la derecha, andar sin luces, y en muchos casos los responsables de accidentes ni siquiera portan el SOAT, lo que complica el cuadro para los primeros respondientes, y en general para el sistema de salud, toda vez que en estos casos es el estado por medio del Fosyga quien termina sufragando el costo. 

La accidentalidad no es un juego, es una catástrofe que sigue cobrando vidas. Urge por lo tanto cambiar el modelo de conducta y en esto tienen una gran responsabilidad las Escuelas Conducción. Corresponde a la Superintendencia de Transporte verificar con lupa a quiénes se les está entregando licencias como si de vender salchichas se tratara. Cuáles son los criterios médicos y de aptitud que se tienen en cuenta para declarar que una persona está psicológica y físicamente apta para conducir.

Finalmente está en nosotros, en qué tanto hemos aprendido a ser tolerantes y respetuosos al volante; está en nosotros y en qué tanto valoramos nuestra propia vida. Feliz semana.

@JenniferAriasF

Publicado: agosto 15 de 2019