Todos los domingos el niño García visitaba a su padre en la cárcel. Su padre era un preso político: lo habían confinado en una mazmorra porque militaba en un partido de izquierdas que había sido proscrito por la dictadura militar.

El niño admiraba a su padre, lo escuchaba con veneración. Lo veía como un quijote, un idealista, un defensor de los pobres. Aunque su padre había sido acusado de agredir violentamente a la policía, el niño lo creía inocente, lo sabía inocente. A menudo pensaba:

-Cuando sea grande, voy a ser político, voy a ser presidente, voy a sacar a mi padre de la cárcel.

No hubo que esperar tanto tiempo para que el preso político recuperase su libertad. Al caer la dictadura, fue liberado. Todavía adolescente, García se inscribió en el partido de izquierdas de su padre. Ese partido, odiado por los militares y los empresarios, no había llegado al poder. El joven García se prometió vengar esa afrenta, ganar algún día las elecciones, llegar al poder.

Muy alto, casi dos metros de estatura, muy inteligente, lector infatigable de historia y poesía, muy simpático, cantante aficionado, el joven García se marchó a Europa poco después de cumplir veinte años y vivió unos años en Madrid y luego en París, teóricamente estudiando, pero en realidad cantando más que estudiando.

Todavía en sus veintes, fue llamado por el jefe de su partido, volvió a su país de origen y fue elegido miembro de una asamblea constituyente y, dos años más tarde, diputado del congreso nacional. Sus discursos parlamentarios, transmitidos por televisión, eran formidables, electrizantes, memorables, unas piezas retóricas que hacían temblar a sus adversarios y ponían a levitar a los miembros de su partido. Muerto el legendario jefe de su partido, un hombre de vasta cultura que sabía apasionadamente de filosofía y hablaba varias lenguas incluyendo el alemán, el joven García no tuvo dificultades en convertirse en el caudillo de ese partido, aunque algunos líderes históricos se opusieron a su ascenso y fueron purgados y humillados.

Con apenas treinta y cinco años, el joven García fue elegido presidente de la nación, en unas elecciones que ganó abrumadoramente. Por fin su partido llegaba al poder, tras décadas de carcelería y clandestinidad. El padre de García, todavía vivo, fue testigo orgulloso de la portentosa redención que su hijo, seductor de multitudes, orador hechicero, obró en favor de su partido. De pronto todo el sufrimiento del padre, los años injustos de oprobio en una celda hedionda, parecieron cobrar sentido: mi hijo es presidente, pensaba el señor García, porque me vio preso tantos años y quiso corregir esa injusticia. Es decir que el joven García a buen seguro no habría dedicado su vida tan tempranamente a la política ni llegado al poder, de no haber admirado a su padre, de no haberlo visitado tantos domingos en la cárcel, de no haberse jurado restaurar el honor y la libertad de su padre.

El gobierno del joven García duró cinco años y fue catastrófico. Envanecido, ensoberbecido, intoxicado por sus discursos incendiarios, extranjero a la prudencia y la sensatez, presidió un gobierno de izquierdas rabiosas, rencorosas, enloquecidas: capturó a los bancos privados, espantó a los inversionistas, disparó la inflación, envileció la moneda, multiplicó la pobreza, hambreó a los pobres. En ese contexto de caos y miseria, el terrorismo avanzó ominosamente. En los años finales de su mandato, al borde mismo del abismo, cercada la capital de la nación por una sanguinaria banda terrorista, probablemente el padre de García dejó de sentir orgullo por su hijo y se preguntó si el muchacho no padecía algún trastorno siquiátrico, alguna forma de locura.

Todavía muy joven, con apenas cuarenta años, García concluyó su gobierno, entregó el poder y se recluyó en una casa mesocrática. Tenía fama de loco y ladrón, pero sus enemigos sufrían tratando de probar una cosa o la otra. El partido de García preservó una importante representación parlamentaria. Dos años después, el presidente dio un golpe de Estado y capturó todos los poderes. Con el apoyo de los militares, cerró el Congreso, despidió a los jueces y diplomáticos honorables y mandó arrestar o matar al expresidente García. Rodeada su casa por los sicarios del dictador, García disparó unos tiros al aire y escapó saltando por los techos como un felino obeso, pero aún con los reflejos intactos. Varias casas más allá, se dejó caer en los jardines de la casa de un amigo, un político de otro partido, pero de gran decoro personal. Ese político comprendió que la vida de García estaba en juego y lo escondió. Los esbirros del dictador no pudieron hallar al expresidente. Tiempo después, el político sacó a García de su casa, escondido en el maletero de su auto, y lo llevó a una embajada, donde el expresidente se asiló y obtuvo garantías para partir al exilio. Vivió ocho años en París, con su familia. El gobierno socialista francés le otorgó amplia protección. En su país de origen, la dictadura y sus corifeos reforzaron su fama de loco y ladrón. García tuvo que padecer una larga travesía por el desierto. Pero no pasó una sola noche en la cárcel. Con notable astucia y temeridad, se salvó de ir a una mazmorra, evitó el destino aciago que tuvo que sufrir su padre. Estando en París, García supo que su padre había muerto. No pudo asistir al sepelio. Juró, por la memoria de su padre, no pasar una sola noche en la cárcel.

Al caer el dictador que quiso arrestarlo o matarlo, y al prescribir todos los juicios contra él, García regresó a su país, se postuló a la presidencia y resurgió de las cenizas: perdió con honor en segunda vuelta y se convirtió en el jefe de la oposición. Cinco años después, humillando a quienes le habían dicho loco y ladrón, apoyado ahora por los empresarios y hasta por sus antiguos enemigos, García volvió a ser presidente de su país y evitó el triunfo de la izquierda autoritaria.

El segundo gobierno de García fue todo lo contrario de su primer mandato: ahora no era un izquierdista rabioso y virulento, sino un liberal de derechas que comprendía las ventajas del capitalismo, del libre mercado, de la globalización. El país progresó, la clase media prosperó, los empresarios multiplicaron sus exportaciones y ganaron fortunas, la política exterior tomó saludable distancia de las dictaduras bananeras de la región, de los espadones y fantasmones de La Habana y Caracas, y de sus adulones en Quito, Buenos Aires, La Paz y Montevideo.

Padre de seis hijos con tres mujeres diferentes, García entregó el poder, se dedicó a escribir ficciones históricas y eventualmente se marchó al exilio, a Madrid, donde podía caminar o montar en bicicleta sin que lo interrumpiesen. Había cumplido la misión capital de su vida: llevar al poder, no una sino dos veces, al partido de su padre. Había honrado el juramento que le hizo a su padre, que se hizo a sí mismo: no pasar una sola noche en la cárcel, no dignificar a sus enemigos entregándoles su libertad, sometiéndose mansamente a ellos.

Sus enemigos, por supuesto, querían meterlo preso, habían querido aprisionarlo por décadas, desde que concluyó su primer gobierno. Pero García los había burlado, derrotado y humillado siempre: escapando por los techos, marchando al exilio, volviendo al poder, reconquistando el favor popular, ganando incluso la confianza y el aprecio de la prensa que antes lo denostaba. Cuando terminó su primer gobierno, lo acusaron de robar dineros en la compra de unos aviones franceses, en la construcción de un tren eléctrico, en operaciones monetarias con el dólar subsidiado, artificialmente barato. Cuando acabó su segundo gobierno, lo acusaron de recibir sobornos de los narcotraficantes y de empresas constructoras extranjeras. Pero García era condenadamente inteligente y astuto y nunca pudieron encontrarle la prueba inequívoca, irrefutable, de que había robado.

Guiado por la vanidad, esa diosa embustera que habla susurrando, cometió el error de postularse a la presidencia por tercera vez y obtuvo una magra votación. Tal vez comprendió que debía retirarse de la política profesional y volver a Madrid, donde podía vivir como un hombre libre, íntegramente libre.

Pero sus enemigos más feroces le tendieron una emboscada. García, el ajedrecista que ganaba todas las partidas simultáneas, movió la pieza equivocada. No debió regresar a su país. Debió quedarse en Madrid. Pero pensó que sería un viaje corto, un mero trámite, presentarse ante la justicia, declarar su inocencia y volver enseguida a Madrid.

Fue así como la épica y novelesca vida de García entró en su fase terminal. Al presentarse a la justicia, lo sorprendieron con un cheque que había cobrado por una conferencia, siendo expresidente. Se dijo que el cheque le había sido pagado por una empresa brasileña famosa por pagar sobornos en toda la región. La justicia requisó el pasaporte de García y le prohibió salir del país. De pronto García, el ajedrecista imbatible, se vio jaqueado, cercado. Pidió asilo en una embajada. Le fue denegado. Al salir de la embajada, de nuevo jaqueado, arrinconado, ya tenía una pistola y pensaba en matarse. No pasaré una sola noche en la cárcel, pensaba obsesivamente, recordando a su padre, tantos años preso, y eso mismo les decía a sus familiares y amigos más íntimos. No todos pensaban que García hablaba en serio. Está fanfarroneando, son bravuconadas, no va a matarse, pensaban algunos.

Atrincherado en su última casa, vestido de negro, una pistola en la mano, García espera su cita con la historia. ¿Vendrán los fiscales a arrestarlo? ¿Podrá escapar de nuevo por los techos y fugar al exilio? ¿Encontrará la manera de prevalecer ante el avance sistemático de la justicia contra él? ¿Es culpable o inocente? ¿Recibió sobornos de la empresa constructora brasileña?

En la víspera del ocaso y la caída, tal vez presagiando que habrá de caer el telón en el gran teatro de su vida sobreactuada, García acude a la universidad, da clases, se despide de sus alumnos. Luego se refugia en su casa de Miraflores. Solo, invicto y solo, inconquistable y solo, García habla por teléfono con su mujer y su hijo, que están en Madrid, que lo esperan en Madrid. El eco de aquellas voces cálidas, impregnadas de afecto, le otorga la certeza de que siempre vivirá en ellos. Soy inmortal, piensa. Soy inmortal porque viviré en todos los que me quieren, me aman, me saben inocente, se da ánimos.

Al amanecer, llegan los fiscales como llegan los chacales y las hienas cuando han rodeado a su presa y se disponen a devorarla. Llega también la prensa, lista para capturar aquella imagen perseguida por décadas: la de García rindiéndose, entregándose a la justicia, siendo esposado, conducido a un calabozo, como tantos otros políticos de su país, como su padre antes de que él naciera. Pero García no es uno de tantos: García tiene otros planes.

En ese momento capital de su vida, a pocos días de cumplir setenta años, García debe gobernar no ya a su partido o su país: debe gobernar su futuro, su lugar en la historia, lo que le queda de vida y honor. En ese instante penúltimo, García recuerda a su padre preso, ve a su padre en la cárcel, reitera el juramento que le hizo a su padre, que se hizo a sí mismo: ni una sola noche en la cárcel. Seguro de que su padre lo espera en el más allá para darle un abrazo que será eterno, García acerca la pistola a su cabeza. Es el fin. Ha llegado la hora de partir. La misión ha sido cumplida. Ninguna hiena o chacal hará un festín con mi honor, piensa. No pasaré el resto de mi vida en una celda hedionda, despojado de mi honor y mi libertad. Es el fin. Debo partir. Me espera el abrazo eterno de mi padre.

Con insolente libertad, García aprieta el gatillo.  

@jaimebaylys

Publicado: noviembre 2 de 2020